jueves, enero 19, 2006

ASCENSION A LOS PICOS DE EUROPA

CASIANO DE PRADO

En 1845 comencé en las montañas de León y Palencia una serie de viajes e investigaciones, aunque interrumpidas algún año, que no han concluido todavía. Desde lo alto de Peña Corada, la más meridional de ellas, hacia la parte del Esla, he visto por la primera vez aquellos picos que me señalaban los pastores, y entré desde luego en deseos de subir a sus cimas. En 1851 hice al efecto una primera tentativa, que me salió fallida por las nieblas y la lluvia que sobrevinieron cuando ya me hallaba a alguna elevación. En 1853 traté de renovarla, y Mrs. de Verneuil y de Loriere, mis colegas en la Sociedad Geológica de Francia, con quienes había viajado ya en otra ocasión, luego que lo supieron se decidieron a acompañarme, pero tampoco he logrado entonces mi objeto, sino parte, como voy a referir.

Nos reunimos en Riaño, según habíamos convenido, y desde allí, siguiendo el curso del Esla por el valle de la Reina, llegamos a Portilla, donde hicimos noche. Nuestro patrón se nos ofreció por guía como conocedor que decía ser del terreno adonde nos dirigíamos. Aceptamos, y en esto hicimos mal, porque si sabía de los caminos ordinarios, que es por lo común lo suficiente, esto no nos bastaba a nosotros.

La regla en tales casos es tomar guía en el pueblo a cuyo término pertenece el punto o puntos que uno desea recorrer.

Era el día 28 de julio. Emprendimos la marcha muy de mañana, no sin observar antes las enormes masas colgadas sobre las casas de la población, de una roca sumamente dura a que en el país llaman “piedra habosa”, y es un conglomerado de cantos rodados de gran dureza que forma en algunas partes montes muy elevados, como la Peña de Curavacas, el Pico Lezna, los Collados de Naranco y otros.

Después de una marcha de 10 kilómetros por un país sumamente agreste y solitario, en que no se ven más que chozas de pastores, llegamos a la majada de Remoña, que se halla ya fuera de la cuenca orográfica del Duero, lo mismo que los picos a que nos dirigíamos. Allí dejamos los caballos siguiendo a pie, a tomar la Canal de Liordes, entre la Peña Remoña y la llamada Torre de Salinas, donde hay una trocha en extremo pendiente, y que ni aun con los recovecos que forma viene a ser en algunos puntos una escalera de peldaños informes.

A su conclusión pisamos el primer nevero y subimos en derechura a la Torre antedicha, en cuya pendiente nos hallábamos, por habernos dicho el guía que aquel pico era el que dominaba los demás. Poro la verdad es que lo ignoraba, no menos que el camino que debiéramos haber seguido, según luego supimos, para vencerlo con la menor fatiga posible, pues nos llevaba por la umbría, casi toda cubierta de nieve, que en algún punto atravesamos por un conducto a manera de cañón de bóveda que las aguas habían abierto en ella. Mucho tuvimos que sudar para llegar a la cumbre. ¡Arriba estamos!, pudimos exclamar por fin; pero nuestra satisfacción se vio, no obstante, algún tanto turbada, porque en estas expediciones no cree uno haber logrado su objeto si no puede decir que ha llegado a lo más alto, y desde luego conocimos que en ese caso no nos hallábamos nosotros.

De tres barómetros que habíamos sacado de París y Madrid, sólo uno llegó al punto sin haberse desgraciado, justamente el más viejo, que había servido ya en la isla de Candia y otras partes del Oriente de Europa al geólogo Mr. Raulin. Lo montamos y hemos visto que nos podíamos hallar a una altura de 2.500 metros, poco más o menos; sobre el nivel del mar. En cuanto al termómetro, señalaba 14,5 grados a las doce del día.

Contemplamos por largo rato el terreno que nos circundaba. ¡Cuántas peñas altísimas, de cuyos extraños perfiles que se proyectaban con fuerza en el azul del cielo, purísimo aquel día, no podíamos apartar los ojos! Naturalmente, debía de ocurrírsenos el preguntar los nombres de las más notables, pero nuestro buen guía los ignoraba. Decía que nos hallábamos en las Peñas de Liordes, y en esto no iba fuera de camino, porque tal nombre tiene, en efecto, el grupo que forman las principales, tomado acaso del de una famosa majada que se halla en el centro del camino, y del que más adelante hablaré.

Habíamos hecho subir una botella de vino, con que reparamos nuestras fuerzas. A Mr. de Verneuil se le ocurrió luego que podría servirnos para dejar allí, dentro de ella, nuestras tarjetas. Pero el guía, luego que se hizo cargo de lo que intentábamos, tomándolo acaso por una niñería, nos dijo y nos aseguró que por allí no iba nadie, y que sería lástima quedarse en aquel sitio, perdida una cosa que a él le vendría bien para el ajuar de su casa. Tal ocurrencia nos dejó parados. Al fin le dimos la razón: a lo menos el pobre y sencillo montañés debió de creerlo así al verse complacido. Pero, ¡oh inestabilidad de las humanas satisfacciones! Al tomar la tal baratija escurriósele de entre las manos y fue rodando por la nieve con más velocidad de la que él quisiera, a tiempo que, en la dirección que había tomado, un peñón la esperaba (a lo menos así lo parecía) para poner término a aquella escena. El descalabro no pudo ser más completo.

El bajar rara vez es tan penoso como el subir, y en parte lo hicimos cómodamente, y aun con placer, dejándonos escurrir por tres veces, sentados sobre la nieve, a lo que en aquellas montañas se llama "desvilgar", y en verdad que se hace sin peligro cuando la pendiente no pasa de ciertos límites y la nieve no está helada. Hubo, sin embargo, un momento en que yo me sentí arrastrar con demasiada violencia; pero para templar el movimiento, me bastó echarme de espaldas durante uno o dos segundos, volviendo después a incorporarme.

Comimos con el mejor apetito en la majada de Remoña, teniendo al lado una buena pella de nieve para enfriar nuestros vinos, y después volvimos Portilla, donde hicimos noche. Al día siguiente resolvimos ir a Caín, y nos dirigimos al puerto de Pan de Traves, desde donde anduvimos casi una legua en cuesta para llegar a Santa Marina, primer pueblo de Valdeón, por las vueltas que forma el camino. Otra legua después, bajando siempre, llegamos a Prada, siguiendo la orilla derecha del Cares, que en Asturias pierde su nombre, desaguando en el Deva, que baja de la Liébana. En Prada descansamos un rato y seguimos a Caín, que se halla legua y media más abajo, tomando en Posada por la orilla izquierda del río. Cordiñanes se deja a la derecha, después de andar dos kilómetros. Otros dos kilómetros antes de Caín dejamos los caballos. Desde allí al valle no es más que una hoz cubierta de piedras sueltas, muchas de ellas de gran tamaño, que fueron arrastradas por el río en las avenidas o que se desprendieron de aquellos derrumbaderos. En un punto pasa el camino por debajo de una de estas piedras, que en su caída quedó suspendida como la clave de un arco, distante del suelo poco más de un metro.

Una estacada de tres metros de altura con su puerta, cierra la hoz y el río un poco más adelante. Allí comienza la tierra de Caín, que puede compararse a un redil. Los ganados andan allí sueltos por todas partes sin pastores ni perros que los guarden, porque el río entra más abajo en una estrecha canal de paredes verticales por donde sólo un pájaro pudiera pasar; a los lados cierran el término peñas inaccesibles, y todo él se halla cerrado y formado de terreno tan fragoso, que los carros son allí muebles inútiles, no menos que las caballerías; así es que hasta la recolección de la yerba se hace sin otros vehículos que las espaldas de los vecinos.

A las tres y media de la tarde marcaba el barómetro, montado sobre el puente que allí tiene el río, 727,5 milímetros, lo que quiere decir que nos hallábamos bastante más bajos que las llanuras de Castilla.

Veinte vecinos tiene el pueblo, que se halla dividido en dos barrios, Caín de Abajo y Caín de Arriba, ambos a la izquierda del río y distantes uno de otro 300 metros. Su riqueza consiste, principalmente, en ganados. Cogen también algún lino y semillas y fabrican queso, que van a vender a Arenas de Cabrales, en Asturias.

En la ladera derecha, un poco más arriba del puente y a unos 450 metros de distancia, nace una fuente caudalosa, o por mejor decir, un río, cuyas aguas se precipitan al principal por un cauce a medio formar, cubierto de peñones apenas visibles por los grandes rizos y globos de espuma que los cubren. El estruendo que forman es tal, que a su inmediación apenas se puede hablar, no siendo a gritos. Llamase la fuente de la Jarda.

Una vecina del pueblo, a cuya casa habíamos ido a parar, brindónos con una pequeña merienda, que aceptamos de muy buen grado. Componíase de manzanas, de miel y de queso, que es tenido por el mejor de las montañas de León, si se exceptúa acaso el de Cebrero, con pan moreno o con borona, a escoger, pues en aquel concejo, así como en el de Sajambre, ya se coge maíz, lo mismo que en toda la vertiente septentrional de la cordillera Cantábrica. El vino procedía de las riberas del Duero y no era regalado; pero tampoco pecaba de desagradable. Se parecía mucho a los de Francia, y sin duda alguna le aventajaría si en su preparación se procediese con un poco más de esmero. Dimos las gracias por su agasajo a doña María, que éste era el nombre de nuestra huéspeda, y salimos de allí tan complacidos como de un festín tenido en Londres o en París.

Al volver a Prada, donde habíamos de pasar la noche, nos llevaron a ver el pozo de los Lobos, que se halla cerca del sitio donde nos esperaban los caballos, en el fondo de una caña da transversal que en lo más bajo cierran zarzas y estacadas por ambos lados. La disposición del terreno es tal que, cuando uno de aquellos animales tiene la mala suerte de dejarse ver hacia aquel paraje, se le considera por una presa casi segura. Los vecinos concurren entonces por obligación al toque de las campanas del valle. Unos ganan los altos, para que la fiera no pueda dirigirse sino hacia la parte inferior de la cañada, donde otros la esperan resguardados en una serie de pequeños chozos, que tienen la entrada mirando al río, y salen con chuzos a hostigarla y empujarla, hasta que la obligan a tirarse al pozo. Según allí se nos dijo, en cuarenta y seis años se habían cogido sesenta y tantos lobos y sólo un oso, porque este último animal anda siempre por los sitios más apartados, por las peñas más altas y por las cavernas, adonde hay que ir a cazarlos.

En Prada paramos en casa del primer contribuyente del Concejo, que era alcalde aquel año y nos recibió con la mejor voluntad, porque allí no hay posadas ni es tránsito aquél para ninguna parte. Esto quiere decir que en aquella tierra, lo mismo que en la mayor parte de las montañas de León, se viaja como en los tiempos antiguos se hacía en todos los países, siendo entonces la hospitalidad uno de los deberes más sagrados.

Luego que nuestro patrón hubo oído la relación de la jornada que habíamos hecho en el día anterior, nos manifestó que se nos había guiado mal y que habíamos andado extraviados. Tenía setenta y tres años de edad, y era acaso la persona más enterada de las cosas de aquella tierra. Entonces pudimos saber los nombres de todas las peñas del contorno y que la montaña a que habíamos subido se llamaba la Torre de Salinas. Manifestónos que la más elevada era la Torre de Llambrión; y preguntándole si lo sabía porque alguno lo hubiese medido, nos contestó que lo decía porque cuando se descomponía el tiempo allí era donde agarraba la primera nube, y en acercándose el invierno allí era también donde aparecía la primera nieve, en lo cual no iba fuera de razón. Verdad es que ahora resulta que otra peña le iguala y aun le excede algo en altura; pero también es cierto que no se ve desde el valle […]

Al año siguiente emprendí de nuevo la marcha para aquellas montañas, no ya con el objeto de hacer una simple excursión, sino un reconocimiento algún tanto detenido de los terrenos del partido de Riaño, tarea que me había impuesto para aquel verano, y no podía prescindir de plantar el barómetro y el teodolito en lo más alto de las peñas de Liordes. Por Sajambre gané el puerto de Dovres, situado en un terreno apenas hollado y aguanoso además. Allí entré en el término de Valdeón, bajando a pie por un espeso monte de hayas y robles, cortado por todas partes de profundos barrancos, materialmente atestados de árboles, ya casi podridos la mayor parte, que los huracanes sin duda habían echado a tierra. Al fin de la bajada se hallan Caldavilla y Soto de Valdeón, en un valle transversal que tiene la cabecera en la collada de la Vieja, por donde se va a Valdeburón y el puerto de Pan de Ruedas, en el camino que va a Oseja de Sajambre y que termina en Posada, cabeza del concejo. Posada, Prada y Los Llanos puede decirse no forman más que un sólo pueblo, tan corta es la distancia que los separa. De suerte, que son ocho los que forman aquel concejo, y su población 904 habitantes […]

Como el tiempo no acababa de afirmarse, me trasladé de aquel valle al de Vegacerneja, y después a Escaro y Riaño, reconociendo el terreno. El 11 pude ya volver a Santa Marina a medio día, y después de comer y preparar la expedición, me dirigí a la majada de Liordes para pasar allí la noche, adonde esta vez subieron también los caballos llevados de la rienda.

Nos hallábamos a 1.880 metros sobre el mar, y a pesar de que la temperatura es tal en aquel punto, que ni aun en la fuerza de los calores se ven allí moscas ni mosquitos, no fue preciso hacer fuego.

A las dos de la mañana me levanté para observar el tiempo, pero nada indicaba que dejase de serme favorable. El cielo estaba despejado, el aire no se movía, y la naturaleza entera parecía hallarse en el más profundo reposo; sólo le turbaban el trémulo resplandor de los relámpagos sin truenos que de tiempo en tiempo se divisaban a lo lejos por la parte del Nordeste, o las estrellas fugaces que cruzaban por la esfera en diferentes direcciones y cuya luz me parecía mucho más viva que cuando se las observa desde las tierras bajas. Nunca como en la soledad de aquel sitio y en el silencio que me rodeaba el espectáculo del cielo estrellado hizo en mi alma una impresión tan profunda, y durante algún tiempo permanecí como en un éxtasis. Volví luego a mi yacija, pero ya no me fue posible cerrar los ojos.

Levantéme a las cinco, y ya el sol doraba las crestas de los montes cuando me puse en marcha con toda la cuadrilla: éramos siete hombres, entre los cuales se hallaba el ingeniero de minas D. Joaquín Boguerín, que era entonces mi ayudante. Por la falda del Sur se iba en menos tiempo, pero la subida a lo último es terrible, según había visto anteriormente, aunque no haya que pisar nieve en ningún punto; aun en invierno es poca la que allí puede detenerse, desprendiéndose en mueldas y boladas a lo hondo de los barrancos tan pronto como toma algún espesor. Resolvimos, pues, efectuar la ascensión por la umbría, aunque el camino es bastante más largo.

Fue preciso salvar, desde luego, la cuerda que se presentaba al Norte y va de la Torre de Llambrión al Collado de las Nieves, punto que sirve de mojonera común a las provincias de Oviedo, León y Santander. Esta primera subida no es muy penosa, y desde lo alto se presentó a nuestra vista otra cuerda más elevada, a que corresponden la Peña de Moñas, ya en Asturias, la Torre de Cerredo y el Cueto de Tazano. Bajamos a la cañada que entre las dos cuerdas se forma, y tomando a la izquierda a poco hemos entrado en la primera nieve. Pronto nos acometió la sed; pero en aquellas grandes alturas no hay manantial alguno. Agrietado y horadado el terreno, cubierto de piedra suelta, el agua se pierde en lo interior tan pronto como cae de las nubes o se produce por el deshielo, y fue preciso tratar de deshacer alguna nieve, pero se licuaba con tanta dificultad, que hubimos de contentarnos con humedecer la boca.

No había helado aquella noche, al parecer, y se marchaba bien: acaso esto consistía en que el sol había obrado ya sobre la nieve. La que cae en las montañas, si no se derrite pronto, pasa al estado de “nevé” que no se diferencia del hielo, sino en que no se halla en masas continuas y transparentes, como el de los carámbanos de las fuentes y cascadas, o el que se forma en la superficie de los ríos y lagos. Constituye una suerte de arenisca o almendrilla, cuyos granos se hallan aglutinados entre sí.

Cuando la pendiente comenzó a hacerse demasiado fuerte, dispuse que uno fuese delante, haciendo peales con un martillo, pues si alguno se escurriese no se sabe dónde iría a parar. En aquel nevero sería imposible bajar como tres años antes había hecho con mis compañeros de viaje, no sólo por la inclinación que ofrecía, sino también porque no se alcanzaba a ver dónde y cómo acababa. ¡Qué yermo aquél, poblado sólo de rebecos que huían delante de nosotros con forme seguíamos avanzando!

En la parte más alta y de mayor pendiente se veía en la nieve, o sea en el “nevé”, una serie de surcos paralelos, muy próximos unos a otros, y en un «thalweg» que allí se formaba entraban hacia adentro presentando un hermoso aspecto. Estos surcos no pueden proceder de otra cosa que de hallarse allí la nieve formando capas, como se ve en los Alpes, en las que son perpetuas. Yo creo que aquéllas lo son también, y habiendo sido el anterior invierno uno de los de menos nieve en todo este siglo, la que tenía a la vista podía proceder de una época bien remota. La disposición de los surcos era tal, que las capas no podían menos de hallarse inclinadas hacia afuera, lo que atribuyo al asiento que pudo haber sufrido la masa por su continua tendencia a descender […]

Ya bastante cerca de la cumbre comenzaron las mayores dificultades de la jornada. Los instrumentos pasaron de mano en mano en algunos puntos, y hubo que subir y bajar como por paredes, para lo cual tuve que descalzarme. La nieve, a lo ultimo, iba desapareciendo, lo que atribuyo, ya a la influencia de los vientos de tierra, ya a que allí se hacía lo que en aquellas montañas se llama con propiedad un ventisquero o una ventera, como se ve hasta en las calles de los pueblos cuando nieva, que en muchos puntos apenas se conserva nunca la nieve, por el viento que la traslada y acumula en otros.

¡Ea! Cuando menos lo pensaba me encontré en lo alto. En verdad que la plaza era bastante estrecha: ocho metros de largo y tres por lo más ancho. Apenas nos podíamos mover. Al tiempo de subir se levantaban de cuando en cuando algunas ráfagas de viento del Sur muy fuertes, y si nos cogieran en lo alto, seguramente hubiéramos tenido que echarnos a tierra, por lo cual lo primero que hice fue montar y observar el barómetro. Eran las once de la mañana y marcaba 559,30 milímetros; el termómetro unido al mismo, 12,7 grados, y el expuesto al aire libre 12 6. Felizmente, el viento no se dejó sentir mientras permanecimos allí, y la calma era perfecta. El cielo estaba despejado en lo alto. A lo lejos, en los llanos de Castilla y León, había calima. La Liébana, hoya, o por mejor decir hoyo, que en tiempos anteriores se llamó provincia por su situación aislada, sin duda, y cuya altura sobre el nivel del mar es bastante menor que la de Caín, se veía cubierta de nubes, que gradúo se hallaban 1.000 metros más bajas que la Torre de Llambrión.

He aquí la altitud de los Picos de Europa, según pude deducir de las observaciones en el punto de estación: La Torre de Llambrión, 2.676 metros; la Torre de Cerredo, 2.678, a la distancia de 2.858; la Peña de Moñas, 2.636, a la de 4.060; la Peña Santa, 2.605 a la de 9.184; el Naranjo de Bulnes, 2.592, a la de 4.302; la Torre de Salinas, 2.505, a la de 2.572; el Carbanal, 2.407, a la de 7.750; la Torre de Friero, 2.403, a la de 3.060; el collado de las Nieves, 2.368, a la de 2.470.

Este último se halla sobre la Liébana y en la unión, como ya dije, de las tres provincias de León, Oviedo y Santander; la Peña Santa en la raya de las de León y Oviedo; la Peña de Moñas y el Naranjo de Bulnes ya corresponden a la de Oviedo; las demás son de León, incluso la Torre de Cerredo, pues la raya no pasa por lo alto de la misma, sino por una traviesa, o sea, canal, que tiene inmediatamente al Norte. De todas estas peñas la única que en aquel país se tiene por inaccesible al hombre y aun a los rebecos es el Naranjo de Bulnes, magnífica pirámide, cuya forma, vista desde la Torre de Llambrión, se parece mucho a la de un cono truncado, que es casi un cilindro.

A pesar de la grande elevación del punto en que nos hallábamos, mucho estrechaban el horizonte las montañas inmediatas. Sólo por las abras que se hacían, en las que caen hacia el Sur, o más bien al segundo y tercer cuadrante, se veían otras más lejanas. El Espigüete, que tan imponente se presenta cuando se le observa desde los páramos de Valladolid o Palencia, ¡cuán humillado me parecía desde allí! ¡Cuán otro su magnífico perfil! Difícilmente lo hubiera reconocido, a no ser por la señal que en su cúspide había dejado dos años antes; y respecto de otras montañas, me sucedía lo propio: de tal modo varía el aspecto que ofrecen, según la situación del punto desde donde se las observe.

En rigor, no había subido a lo más alto, que era a lo que yo aspiraba; pero no por eso creía frustrada mi expedición. Y aun cuando la geología no tuviese ningún atractivo para mí y al encaramarme a aquellas cumbres no llevase otro objeto que contemplar el magnífico panorama que se ofrecía a mi vista, ¿pudiera no contar aquellas horas entre las más gratas de mi vida? Pero no; por más que desde mis más tiernos años tuviese gran afición a subir a los montes sin otro objeto que recrear la vista y hacer acaso prueba de mis fuerzas y robustez, otros eran los móviles que ahora me dirigían: estudiar unos terrenos cuya constitución física y geológica era desconocida y verme en ocasión de ser en algún modo útil a la ciencia que reveló al mundo en nuestra edad tantos hechos asombrosos, que es hoy día objeto de la particular atención de todos los Gobiernos, y a cuyo culto dedican tantos hombres esclarecidos sus desvelos y fatigas, derramados por todos los ámbitos de la tierra; sobre todo, fijar con la posible exactitud las circunstancias de un hecho que en ninguna otra región se ha observado todavía. El terreno carbonífero en la cordillera Cantábrica alcanza una altitud a que ni con mucho llega en ninguna otra; y si no es también el más rico en combustible, casi puede asegurarse que no es otra la causa que las repetidas y tremendas convulsiones y la denudación que allí sufrió el terreno. Pero no es ahora otro mi objeto que destruir la prevención con que se miran los viajes y correrías por nuestras bellas montañas y el desvío con que acaso se mira su estudio […]

Texto: DE PRADO, C.: «Ascensión a los Picos de Europa», Peñalara, nº 26y27 (febrero-marzo de 1916).

Fotos: JAFPA