Ignacio Abella
LA MONTAÑA MÁGICA
Con sus 1146 m. de altura a tan solo 5 Km del mar, el Pienzu es la montaña más elevada de este cordal calizo que se extiende imponente en un frente de 12 Km en dirección NE. - SW. Con la cabeza entre las nubes y las raíces que parecen alcanzar la playa de La Isla, el Sueve es desde antiguo una referencia vital para navegantes. Su orografía, perfectamente diferenciada de los sistemas circundantes, ha servido como reducto al mítico asturcón, el pequeño y resistente caballo que el imperio romano hizo famoso.
Pero probablemente, el rasgo más característico de este singular macizo, es la niebla densa y persistente que aquí llaman borrina. A veces sobreviene de forma súbita y puede ocultar el Sueve durante semanas. Entonces la cordillera desaparece ensimismada, inaccesible. El fenómeno es más patente en verano. La humedad marina queda retenida en esta colosal pared y se condensa en espesas nubes que envuelven la montaña, o se disipa, o desciende de forma impredecible en forma de lluvia fina, el orbayu (aquí se registran unas precipitaciones aún más elevadas que en el resto de la cornisa cantábrica). En este territorio quebrado, plagado de simas, fisuras y pequeñas dolinas, barrancos y lapiaces difíciles de atravesar incluso en un día despejado; muy pocos, contados son los vecinos de los pueblos aledaños que se atreven a transgredir la niebla cerrada.
Incluso en la rica mitología de la zona, el Nuberu, jinete de nubes, hace frecuentes visitas a estos picos y sus majadas, pero no caben aquí sus muchas leyendas, por ahora tan solo nos interesa resaltar la asiduidad con que la nube se demora en estas breñas, pues son precisamente el ambiente templado y con una elevada humedad atmosférica y su situación inaccesible (salvo por algunos pasos escarpados por los que no transita ningún tipo de vehículos), los factores que han favorecido la pervivencia de estos bosques antiguos y umbríos, para cuya descripción no encontramos puntos de referencia que se asemejen mínimamente.
Es este quizás el último reducto de la selva virgen europea, no solo por la arcaica predominancia del tejo que parece un recuerdo de otras eras, sino por esa aureola de "intocables" de los árboles centenarios que mueren desintegrándose en el lugar donde nacieron y de aquellos otros, colosales acebos, fresnos, hayas, tejos, que siguen rebrotando pese a haber alcanzado su máximo esplendor.
Las biescas* del Sueve no han conocido el hacha salvo en el momento puntual en el que se requería una pieza determinada para el carro o el arado. Las dificultades de extracción impiden desde siempre las talas (ya lo dice el refrán astur: "el que corta un palo en mala parte tien que lu sacar al hombro") y aquí el árbol y el bosque viven todo su tiempo. Sólo así es posible entender la enorme fuerza, la belleza, el misterio que nos envuelve en este mundo radicalmente silvestre y apreciar su incalculable valor desde todos los puntos de vista.
* bosque en la terminología local
(1) Un resumen de este trabajo puede verse publicado en el número 23 de la revista Biológica.
LA ÚLTIMA TEJEDA
En contra de lo que generalmente se supone, la tejeda es una formación bien diferenciada y característica. Es cierto que no hay demasiados ejemplos en los que la dominancia del tejo sea tan clara, pero ello se debe a la secular explotación de su madera, a la destrucción de los hábitats naturales y, posiblemente, a los cambios climáticos que habrían relegado la especie en favor de sus competidoras.
En cualquier caso creemos que el nombre de este bosque puede aplicarse con propiedad incluso a lugares en los que unos pocos tejos centenarios, son los únicos testigos supervivientes de agrupaciones mucho más extensas. En ocasiones, los recién llegados, especialmente las hayas, han ocupado el espacio con su altiva presencia y rápido desarrollo, eclipsando a unos árboles de dimensiones mucho más modestas pero que fácilmente quintuplican su edad.
En este sentido, la predominancia del tejo sobre el cortejo de especies que lo acompañan se hace más evidente cuando pensamos no tanto en el número de pies como en la edad real o potencial de los mismos, es decir, la ocupación del espacio en el tiempo. Así, en el Sueve encontramos que mientras los teixos pueden sobrepasar con creces el milenio; los fresnos, hayas y acebos alcanzan como mucho unos centenares de años y los avellanos, majuelos o serbales, por lo general, algunas décadas.
Por otra parte, existen en esta montaña algunos rodales de tejos centenarios de una cierta extensión, con presencia anecdótica de otras especies*. Pero la repartición es muy desigual y hay asimismo bosquetes donde el tejo simplemente hace acto de presencia con una docena de ejemplares, y otros en los que el acebo (principalmente), es el componente único o primordial. Entre ambos extremos pueden verse todas las posibles combinaciones de árboles y arbustos, formando parte de las tejedas en una gran diversidad de situaciones. Desde las crestas más rocosas y desabrigadas hasta los fondos encharcados de algunas dolinas. A menudo en laderas muy pendientes y pedregosas (Grinaldos) o en suaves rellanos (biesca de Busantiguo o la de Monasterio). El buen estado general de los tejos en emplazamientos tan diferentes, denota la conocida independencia de esta especie respecto al sustrato.
Su necesidad primordial es pues la humedad atmosférica y aquí es, insistimos, tan intensa que incluso podemos ver la grasilla (Pinguícola grandiflora), esa pequeña planta carnívora asidua habitante de fuentes y manantiales, creciendo en plena pradera.
Por otro lado, en invierno, tan solo el tejo, la hiedra y el acebo permanecen con su follaje y es entonces cuando podemos verlos en todo su esplendor y cuando cobra mayor importancia su papel de refugio y alimento para la fauna.
Al margen de su densidad de población en un lugar determinado, la presencia del tejo se agiganta aún a partir del otoño, cuando su llamativo fruto lo adorna y atrae infinidad de animales. A diferencia de otros árboles, la fructificación es siempre abundante en las ‘texas’ (hay tejos macho y tejos hembra y sólo en estas nacen los arilos). Conforme avanza la estación, será la protección del follaje frente a las inclemencias del tiempo la que continue sirviendo a la fauna. En el interior de la copa se mantiene una temperatura varios grados por encima de la del ambiente inmediato, incluso en condiciones climatológicas muy adversas**. También los animales salvajes y domésticos, principalmente los herbívoros, buscan la protección de la biesca, al pie de los árboles, cuando el frío arrecia. Nuestro árbol constituye además en primavera un excelente escondite y abrigo para las nidadas. Y cuando la nieve cubre los pastos bajos o estos escasean, los herbívoros no hacen ascos al tejo a juzgar por el intenso ramoneo que se observa en los brotes más bajos y las escasísimas plántulas que rara vez prosperan. Su toxicidad no parece afectar gran cosa a estos comensales entre los que pueden contarse el gamo, venado y corzo, además del ganado cabrío y vacuno.
Todas estas relaciones con los animales tienen otro efecto benéfico para el tejo, además de la diseminación sobre la que más adelante insistiremos. En efecto, la cercanía de aves y mamíferos proporciona con sus excrementos el nitrógeno que tanto favorece el desarrollo de este árbol (los tejos plantados en las cercanías de cementerios, gallineros o estercoleros crecen de forma espectacular, triplicando al menos las tasas de crecimiento habituales).
* Citaremos las biescas del cuetu la Texa, la de Biescalluenga y las que rodean el pico Corcovo, la "selva" de Ordiales y algunas zonas de la sierra de Guadalampa, en el extremo occidental del macizo o los magníficos bosquetes entre la fuente de La Texona y la fuente de La Texuca.
** Juan Cierco Ciencia y Futuro - ABC 15/ 2/89
ANTIGUEDAD, DIMENSIONES Y ALGUNOS PUNTOS DE REFERENCIA
La sobrecogedora atmósfera de este bosque impone un ritmo y un espacio sagrados, nos retrotrae hacia otras épocas remotas. Árboles corpulentos y antediluvianos de retorcidas raíces como esculturas, ramas y enredaderas entrelazadas y las copas densas que hurtan la luz y el cielo. ¿Quién cometería la estupidez de resistirse al hechizo para medir, contar y estimar? Sin embargo, las cifras y las comparaciones son puntos de referencia inexcusables que nos ayudarán a considerar una parte del incalculable valor y significado de este bosque.
Es el primer paso hacia la protección decidida y urgente de esta montaña y sus tejos que, aunque legalmente son paisaje y especie protegidas, en la realidad sufren la creciente amenaza del fuego y una excesiva población de herbívoros.
Si comparamos las más de 150 ha. de estas espléndidas tejedas* con las 25 a 50 (según fuentes) de la de Muckross, en el Parque Nacional de Killarney -Irlanda-, reputada como la mayor tejeda de Europa, nos haremos una buena idea de la importancia del Sueve. Lo mismo si la comparación se establece con el Teixedal de Casaio en la Peña Trevinca (Orense), en el que se han censado trescientos ejemplares; declarado por la Xunta de Galicia "espacio natural de especial protección" y con fama de ser la mayor tejeda de la Península. Apenas representa sin embargo una pequeñísima porción de estas biescas asturianas, con miles de ejemplares centenarios entre los cuales muchos centenares tienen más de dos metros de perímetro, por decenas pueden contarse los mayores de tres y, aunque son contados los que superan los cuatro, existe uno particularmente bello y gigantesco, de 4'40 y 20 m. de altura. Seguramente todas estas estimaciones parecerán escandalosas a los expertos, podemos asegurar que en todo caso están calculadas a la baja.
Podríamos asegurar, continuando con este discurso, que estamos ante el bosque de cierta entidad más antiguo de la Península (probablemente también de la Comunidad Europea), lo cual le otorga un extraordinario interés científico- ecológico y sobre todo un inestimable valor como santuario y verdadera reliquia, como superviviente de los ancestrales bosques masacrados en todo el entorno inmediato del Sueve.
Estas apreciaciones son pese a todo modestas si consideramos que los enclaves de las tejedas actuales se consideran reductos en los cuales unas condiciones climáticas y ambientales especialmente favorables, habrían salvaguardado los antiguos bosques, capeando glaciaciones, cambios climáticos, geológicos y ecológicos a lo largo del millón de años que tiene esta especie (o de los 160 millones de edad de su género Taxus). La localización de las tejedas en las situaciones más húmedas, hayedos, lugares de nieblas frecuentes y condensación de nubes, atestiguan este hecho. Concretamente la tejeda de Muckross, enclavada en la península del mismo nombre, posee un microclima templado por influencia de la Corriente del Golfo y una elevada humedad atmosférica que ha permitido también la pervivencia de especies como el madroño en latitudes que actualmente no le son propias.
La misma composición de las biescas del Sueve, con acebos y buen número de plantas ligadas a las antiguas selvas de tipo lauroide, de climas templados y húmedos, es significativa. Espeluzna pensar que los dinosaurios cuyas huellas quedaron marcadas en la vecina playa de La Griega, convivieron con los ancestros de estos tejos habitantes del Sueve (en el Jurásico ya hay fósiles de Taxus con características muy cercanas al actual T. baccata).
Todo esto debería matizarse si tiene algún fundamento la extraña teoría según la cual las tejedas culminan un ciclo que dura el tiempo de vida de los árboles que las habitan. Terminarían muriendo al cabo de sus siglos, a la par que otras nuevas se establecen en lugares distintos. La difícil regeneración de las viejas tejedas (que algunos atribuyen también al exuding químico desde el sistema radical del propio tejo) o la generación espontánea de jóvenes tejedas como la de Miserclós en Gerona, parecen confirmar esta hipótesis, cuya comprobación es en todo caso difícil dada la enorme duración del ciclo. Por otra parte, el intenso ramoneo que sufren las jóvenes plántulas, impide hacer ninguna valoración en este sentido por lo que respecta al Sueve.
Es interesante en cambio insistir en la protección y estudio que han merecido tantos bosques de tejos, a pesar de que en ocasiones sus dimensiones son bien modestas:
"Este árbol ha llegado a ser un verdadero "ermitaño" del bosque y los pocos sitios en los que aún forma un pequeño bosquecillo están protegidos por el Estado como sagradas reliquias naturales". (R.H. Francé- La maravillosa vida de las plantas- edición en castellano de 1949, la edición original y la protección de estos bosques en la Alta Baviera deben ser muy anteriores).
Tenemos asimismo el caso ejemplar de Sierra Tejea, donde un centenar de tejos propició la protección de la Administración Andaluza, la repoblación de esta especie, y un encuentro de ámbito nacional en Sedella, las jornadas sobre el tejo (Promovidas por el Ayuntamiento de Sedella y coordinadas por Antonio Pulido, se han celebrado ya en 1997 y 1998) Paradójicamente, la situación de este árbol en el Sueve, como a continuación veremos, es penosa, si bien organismos como el INDUROT y el Servicio de Conservación de la Naturaleza de la Consejería, empiezan a tomar cartas en el asunto.
*Estimación basada en fotografías aéreas y verificación sobre terreno. No se tienen en cuenta las pendientes ni los bosques con pequeña representación del tejo. Las 150 ha. de tejedas más o menos puras se encuentran en la región interior del macizo que abarca un área de unos 7 km cuadrados en la que se encuentran asimismo espléndidos bosques de acebo y mixtos. En cuanto al número de tejos, Jose Luis, guarda mayor del Sueve, contó 2000 con ayuda de los prismáticos desde un solo punto, el Pico Corcovo, desde el que se divisa una buena parte de las tejedas, quizá la mitad.
EL ABRAZO DEL TEJO
Un personaje muy particular en este extraño mundo, la hiedra, está presente en todas las biescas, abraza todo tipo de árboles, se eleva más alto que ellos sin ser uno de ellos. Toma la exacta forma del anfitrión hasta suplantar su follaje, y es tan frecuente en el Sueve que incluso se usa una palabra local "Edrau", para designar al árbol cubierto de hiedra.
Sin embargo el abrazo de esta trepadora no siempre es mortal. El tejo puede ahogar a la estranguladora. La costumbre de ésta de introducirse en las grietas y recovecos para aferrarse, puede resultarle fatal en un árbol de tronco comúnmente estriado, que parece estar formado por muchas columnas. Por las hendiduras entre estas, la hiedra trepa con facilidad, pero el crecimiento del tejo termina muchas veces abarcando el tallo de hiedra dentro de estas estrías o entre la unión de la rama con el tronco. Algunos tramos quedarán totalmente engullidos.
Pese a que la "simbiosis" hiedra- tejo se da en una enorme proporción de árboles, no hemos visto un solo tejo ahogado y aunque tampoco llegamos a encontrar ninguna hiedra seca a causa del apretón, parece evidente que el tejo (especialmente cuando crece en buenas condiciones) contiene el desarrollo de la trepadora, reduciéndola a proporciones muy limitadas.
Así pueden verse en estos bosques muchos ejemplares centenarios con hiedras más o menos gruesas cuyo follaje no se corresponde ni por asomo con el de otras cercanas sobre los acebos, majuelos, fresnos... De este modo el tejo se vería incluso beneficiado por la acción de esta "aliada", muchas veces letal para sus convecinos.
Pero el papel de la hiedra puede ser decisivo también en otro aspecto mucho más benévolo. Su aportación a la vida animal, que como vimos cumple aquí una función esencial (producción de nitrógeno, fecundación y diseminación de las diferentes especies de esta comunidad...). Así el ciclo anual de esta planta, con una floración y fructificación muy prolongadas, en épocas en las que las abejas y los pájaros (principales consumidores de polen y frutos) apenas encuentran otro alimento**, permite la subsistencia de estos, completando de forma eficaz la dieta y asegurando su presencia indispensable para casi todos los árboles que conforman el organismo tejeda. Durante las nevadas, son muchos los hervíboros que recurren a este follaje y los paisanos tienen por costumbre cortar arbolillos ‘edraus’ para que coman las caballerías atrapadas por la nieve.
Este es tan solo un ejemplo de las innumerables relaciones que existen en este bosque variado y complejo que apenas comenzamos a descubrir.
* Curiosamente, los tejos jóvenes con tronco liso y elevado que no parecen ofrecer ninguna resistencia a la hiedra, tan solo la soportan en contadísimas ocasiones. Su presencia es mucho más habitual en los árboles de esta especie que han alcanzado gran edad y desarrollo. Lo mismo parece ocurrir en la nueva tejeda de Miserclós en la que la hiedra permanece en el suelo. Es probable que el exuding químico del árbol sea también un factor limitador en este sentido.
** Mientras para algunas aves este fruto resulta tóxico, otras como el petirrojo lo consumen sin problema. La floración tiene lugar durante el verano-otoño y fructifica a lo largo del siguiente invierno-primavera.
DIVERSIDAD- UNIFORMIDAD
“En cierto modo, todas estas especies dispares están vinculadas. Pero, en realidad, no entendemos como funcionan esos vínculos ni como se producen. Si alguien desmontara este bosque, no podríamos reconstruirlo, ni siquiera nos aproximaríamos a ello” (Terry Erwin) (1)
Uno de los efectos más inquietantes del progreso civilizador, es la uniformización cultural, ideológica, técnica, de los modos de vida... De forma paralela, nuestra intervención sobre la naturaleza es la causa del exterminio continuado de especies silvestres tanto animales como vegetales y perdemos estúpidamente razas y variedades domésticas locales de un incalculable valor (a juzgar por el tiempo que la humanidad invirtió en mejorarlas), en un proceso inseparablemente relacionado con la uniformización de nuestras costumbres. Además, la introducción, deseada o no, pero en cualquier caso acelerada por el hombre, de todo tipo de organismos en hábitats extraños, tiene consecuencias muchas veces irreversibles.
En los términos de nuestra modesta montaña asistimos a la aniquilación sistemática de todas sus inmediaciones. Desde el País Vasco a Galicia. Prados y campos de labor en toda la fértil rasa costera, plantíos de castaños y robles seculares, han sido sustituidos en unas pocas décadas por el salvaje monocultivo del eucalipto. Un bosque ajeno de dificilísima erradicación que resulta rentable (para algunos) por su increíble capacidad para extraer todo el jugo de la tierra. La fertilidad acumulada a lo largo de siglos es finalmente consumida en un breve lapso por simple avaricia e ignorancia. En un principio solo ocupaba los montes, pero el abandono de sistemas agrícolas y ganaderos determinó su implantación en los prados y tierras de labor. Mientras, la autovía continúa extendiéndose por el estrecho pasillo entre la montaña y el mar.
Paradójicamente, sobre esta desolada región, el Sueve, se alza aislado de la cordillera vecina y alberga este bosque santuario en el que la vida se manifiesta en una asombrosa multiplicidad de formas.
El cortejo vegetal que acompaña a nuestro árbol es particularmente rico por lo que respecta a especies arbustivas. Hayas y fresnos, acebos, avellanos, espino albar, mostajo (sorbus aria), abedul, sauco, evónimo, cornejo, endrino, son algunas de las más frecuentes. Crecen también con profusión sobre estos soportes hiedras, madreselvas y clemátides. Entre las plantas más llamativas se encuentran al amparo de estos bosques euforbias, rusco, eléboros, mercurial, hepática, aleluyas, lauréola... La intensa umbría impide aquí el desarrollo de una gran diversidad de especies; en los linderos y claros de la tejeda crecen zarzas, brezos, endrinos y abundante cotoya (Ulex cantábricus)*, extraordinariamente favorecida por los continuos incendios.
Son sin embargo los helechos, musgos, líquenes y hongos en variedad y cantidad extraordinarias los que pueblan de texturas, matices e infinitas tonalidades el suelo, las rocas, cortezas de los árboles y maderas podridas.
La humedad constante y un verdadero ejército de seres muchas veces invisibles u ocultos, en su mayoría invertebrados; engullen y reintegran la materia orgánica de todo lo enfermo o muerto, para reiniciar el ciclo. La disgregación y descomposición son aquí intensísimas y en ellas participan plantas, hongos, insectos (con muchas especies de escarabajos), caracoles y babosas... todos ellos proliferan en este medio selvático y jugoso en el que encuentran alimento abundante (incluso en la savia de tejo, sobre las heridas "sangrantes" pueden verse caracolillos y babosas que al parecer acuden para alimentarse).
En cuanto a los hongos encontramos aquí dos claros ejemplos que ilustran a la perfección tanto el inestimable valor de la diversidad como la amenza continua de uniformización. El primero, Capnobotrys dingleyae, es una rara especie de la que tenemos referencias como habitante de hojas vivas y ramillas de Taxus baccata**, en el Sueve se encuentra con mucha frecuencia, en colonias extendidas sobre los troncos, casi siempre a baja altura, creciendo sobre las heridas de los tejos y alimentandose posiblemente de su savia, tiene un aspecto de esponja negruzca y suele estar empapado incluso cuando el musgo a su alrededor esta completamente seco. En su interior alberga comunmente, lombrices, cochinillas, ciempiés, aunque se halle a más de un metro del suelo.
El segundo, Anthurus archeri (estrella roja), forma una seta bellísima en forma de estrella de mar, la fotografiamos en el Sueve en 1997, pero para llegar aquí había hecho un largo camino desde las antípodas. Se sabe que en 1860 solo existía en Tasmania, en 1900 había ya ejemplares en Australia y Nueva Zelanda, los movimientos de tropas de la primera guerra mundial le hicieron recalar en el Noroeste de Francia en 1920 y en 1963 se cita por vez primera en Guipuzcoa donde unos años más tarde ya era común. Desconocemos el impacto que pueda causar esta especie sobre las tejedas del Sueve, probablemente sea en este caso nulo o insignificante. De cualquier modo, la introducción de especies foráneas en ecosistemas marítimos o terrestres es un hecho cada día más habitual y acelerado, de consecuencias impredecibles (a veces desastrosas), que nos permite entender la fragilidad de algunos hábitats de apariencia irreductible.
La singularidad de este medio en lo que respecta a vegetación y condiciones climáticas, son razones suficientes para considerar también su interés desde otros puntos de vista como el ornitológico, la potencialidad del Sueve es en este sentido asombrosa y nos parece sería de enorme interés la consideración de un estudio paralelo y relacionado con el de estos bosques.
* Hasta aquí hemos mentado algunas de las plantas y especies arbustivas propias de la tejeda. Otros espacios de bosque autóctono del macizo cuentan con una mayor diversidad de especies.
** Ellis Martin B. & Ellis J. Pamela.- Microfungi on land plants.- p. 258.- nº 1164.
(1) En referencia a los bosques lluviosos ecuatorianos. National Geographic – España- Feb. 1999
EL BOSQUE ACOSADO
La composición de estas biescas en comunidades de especies predominantemente "frutales", - tejo, acebo, majuelo, mostajo, sauco... - señala bien a las claras la identidad de quienes los sembraron: Mirlos, zorzales, petirrojos, arrendajos, son algunos de los principales repobladores; consumidores de frutos y arilos cuyas semillas devuelven junto con sus excrementos, favoreciendo la germinación. También el tejón, el zorro o la garduña hacen esta contribución interesada al bosque que los sustenta y cobija.
Por contra los picos, carboneros y otros se alimentan de la semilla del tejo. En particular es muy patente en esta montaña la febril actividad de las ardillas, que hacia noviembre cascan los piñoncitos con increíble habilidad y rapidez (hasta 12 por minuto), dejando caer las cáscaras vacías en una lluvia continua.
Aunque puede ser importante esta pérdida del potencial reproductivo, creemos mucho más dañino para la propagación del tejo, el intenso ramoneo por parte de gamos, ciervos y corzos, además del ganado. La clara orientación cinegética de esta reserva de caza y la ausencia de predadores naturales, esta propiciando la prosperidad de poblaciones desmedidas, al menos en los casos del gamo y del jabalí. Los efectos de este último por el hozado de las praderas y la fuerte competencia por el escaso pasto, determinan el consumo de follaje entre los herbívoros; las posibilidades de regeneración del tejo y otras especies arbóreas son escasísimas.
Tejos jóvenes, con diámetros inferiores de 10- 20 cm. , son tan raros que cabría investigar la responsabilidad directa que pudo tener en este vacío la reintroducción del gamo y su proliferación en un medio que posiblemente soportaba ya una gran presión. Con todo, la situación no sería a corto plazo desesperada, de no existir otro implacable y ciego predador, el fuego.
Desde tiempos ancestrales se utiliza para controlar el crecimiento de la cotoya (Ulex sp.) se queman las matas desarrolladas, que prenden con gran facilidad, consumiéndose de forma rapidísima. Los pastores acostumbran a darles fuego mientras bajan del monte: es también la seña convenida. Sus familiares ven el humo desde el pueblo y saben que el pastor vuelve a casa. Sin embargo la costumbre no incluía al arbolado, existía un pacto sobreentendido de respeto a la biesca que al parecer se ha olvidado (basta un solo pirómano para inflingir daños irreparables en la biesca y en la reputación de los ganaderos).
Aunque en un ambiente tan húmedo podría parecer imposible desatar un incendio, se han aprovechado muy conscientemente los días de fuerte viento y las épocas más secas para arrasar mayores extensiones. Esto reduce sistemáticamente el área de la tejeda, alcanzando tejos, acebos y otros árboles que mueren o quedan chamuscados. Generalmente estos fuegos solo afectan a la periferia, el interior de la biesca es más húmedo; pero durante la fuerte sequía de la primavera del 97, pudimos ver algunos fuegos intencionados dentro del bosque de Ordiales que podrían haberse extendido causando un desastre. Seguramente nadie hubiera acudido a apagar pues no peligraba ninguna casa o población y la conciencia del significado de esta agrupación vegetal es nula entre los paisanos y vecinos de la comarca. En el último año, una nueva suvención europea que se concede por res de vacuno que pasta en ‘el Puertu’, ha venido a agravar la situación aumentando la ya insostenible carga ganadera y al mismo tiempo los incendios para conseguir más pasto.
Añadiremos que esta voz de alarma no pretende de ningún modo culpar a un colectivo que desempeña su trabajo en condiciones difíciles y obtiene escaso reconocimiento por esa esencial labor.
Ciertamente, se deberían sancionar las quemas indiscriminadas y regular el pastoreo (además de erradicar el ganado cabrío y ejercer un control sobre las poblaciones de jabalíes y gamos). Pero no sin antes informar y hacer partícipes a los ganaderos de la singularidad de su entorno y articular mecanismos que compensen sus pérdidas. Al mismo tiempo, el necesario desbroce de argomales, zarzales, etc. debería garantizarse desde algún organismo público (como acertadamente se ha venido haciendo en otras zonas del macizo, a iniciativa de la consejería).
Un texo milenario o un bosque entero serán insignificantes y despreciables mientras no se alcance a entender todo lo que representan. Así, la precaria situación de estos árboles en el Sueve, contrasta con la veneración y carácter sagrado que merecen desde tiempos ancestrales en todas las inmediaciones. Mentaremos en el mismo concejo de Colunga el tejo de Gobiendes, junto a la iglesia prerrománica de Santiago, los viejos de la iglesia de Borines en las mismas faldas de la montaña, el de la ermita de Santa Marina en Bode y muchos otros cercanos y repartidos por toda la geografía asturiana, que ocupan los espacios sagrados junto a templos, palacios, molinos, ferrerías... o los que crecen junto a las casas, en huertos y prados de todos estos pueblos; innumerables testigos de aquel antiguo vínculo entre el linaje humano y el de los Taxus. En los concejos vecinos destacaríamos entre un sinfín de ellos al viellu de Selorio, recientemente abatido por un temporal y el magnífico rodal (más de medio centenar de ejemplares) que rodea la ermita de Taralluengo y que se regenera a sí mismo, expandiéndose bajo la protección de la familia que ostenta esta propiedad*
Existe un curioso paralelo en este sentido con la tejeda irlandesa de Muckross, desde la que también el tejo extiende sus dominios al terreno de lo sagrado. Allí crece el soberbio tejo del castillo de Ross y los de la Abadía de Muckross, un par de viejos, macho y hembra, que tienen nombre propio: Adán y Eva, y algunas misteriosas leyendas que en otro lugar contaremos.
Ciertamente, el culto del tejo y sus sombríos representantes continúan implantados con vigor en las regiones más occidentales de Europa. Pero lo que queremos subrayar ahora, para no irnos por las ramas, es esa brecha espantosa, entre el reconocimiento y el absoluto desprecio, que se abre en las empinadas paredes del Sueve. Entre la plantación cuidadosa de los esquejes en el huerto o, el trasplante de un arbolito del monte al atrio de la iglesia o a la era cercana al hogar, y el brutal desdén que expresan al mismo árbol dándole fuego en el monte. En uno de los pueblos más cercanos a nuestro bosque, Carrandi, aún se plantan tejos con la sencilla excusa o letanía: "Pá sombra pa cuando sea viellu"... Pero para colmo del absurdo, cuando algún plantón de tejo se logra milagrosamente en las infernales condiciones de la montaña, suele terminar trasplantado junto a las caserías. El Sueve suministra así plantones aún hoy día a Lastres, Colunga y todos los pueblos del entorno.
Terminaremos diciendo que cualquier resto del bosque natural, por insignificante que sea en cuanto a su tamaño, tiene un valor creciente y podría considerarse hoy patrimonio de la humanidad porque paradójicamente la humanidad ha reducido la selva original a su más mínima expresión en todo el planeta. Podríamos establecer asimismo el inmenso valor de este bosque del Sueve como reserva genética no solo de tejos sino de otra multitud de especies que se han desarrollado naturalmente bajo una intervención y selección humana prácticamente nulas. Las áreas de las que puede decirse otro tanto son hoy tan escasas, reducidas y diferentes en cuanto a las especies integrantes de sus ecosistemas que bien podríamos considerarlas como paisajes vírgenes y originales, auténticos resalvos que cumplen un cometido esencial, garantizando la salud, diversidad y permanencia de la vida silvestre. En el caso del tejo, el interés de esta población desde el punto de vista genético podría establecerse por la cantidad de especímenes pero también a causa del alto grado de diferenciación genética que existe incluso entre poblaciones cercanas.
Por lo que respecta a la edad del bosque y su significado, no queremos insistir demasiado puesto que consideramos se trata de un valor que va mucho más allá del interés científico, máxime en unos tiempos en que la inmediatez parece determinar tantas decisiones y criterios de planificación y en los que los árboles viejos tan solo tienen lugar como monumentos. Baste pensar en las generacines humanas, el tiempo que nos costaría reproducir un bosque semejante en el caso hipotético de que supieramos hacerlo.
Esperamos que el reconocimiento y la atención ajena sirvan para despertar aquí el amor de lo propio y el sentido de la conservación. Desde su privilegiada tribuna con vistas al mar, cientos y cientos de viellus y viellas, conservan en sus apretadas carnes una esperanza de vida de centurias. Tan solo la ancestral conjura de la montaña, las aves y el mar, la niebla, la lluvia y el Nuberu, ha preservado el prodigio hasta nuestros días. Este legado se encuentra hoy en nuestras manos y como simples testigos damos fé de su existencia.
* Felicitamos desde aquí a la familia Cueto, que tan bien ha sabido conservar este verdadero tesoro.
AGRADECIMIENTOS - A todos los que han aportado datos o ayudas decisivas para la realización de este artículo. En particular:
- Fermín Abella: experto navegante de Internet que nos ha acercado noticias de tejos y tejedas lejanas.
- Antonio Pulido: Ingeniero Forestal, coordinador de las primeras jornadas técnicas del tejo (Sedella- Málaga), director técnico del programa de reforestación "bosques de la tierra" y “guardián de los tejos del Sur”, aportó la inestimable documentación derivada de estas jornadas, así como sus conocimientos y visita al Sueve.
- Pedro Uribe Echeverría: Doctor en Biología y camarada de correrías montaraces, nos ha apoyado y animado a realizar el artículo y ha compartido asimismo el asombro que inspira este bosque.