La senda de Tolivia es la única que se atreve a brincar sobre el abismo por un puentecillo infantil construido con varales de roble unidos con simples vilortas.
El río Mojizo, tributario del Sella, corre encajonado entre las rocas y oculto por la arbustería. El puentecillo, visto desde la carretera, parece sostenido en el aire por la gracia del milagro.
Contemplándole desde donde llaman la «Argayadona»—aguas abajo de Cueva-Orcil—vimos descender por una senda inverosímil un paisano que corría y saltaba con la seguridad de un gato montés; pasó el puentecillo y siguió la vereda; llegado a nuestro lado, después de mirarnos fijamente, sólo exclamó:
— ¡Mal camino, pero los hay piores!
— ¿Aún?
—Muchu más—contestó—. Esti, quitando la puente, no ye temible. ¡El míu! ¡El míu sí q’es arriscau!
Calló, y mirándome un momento, exclamó alegremente:
—jDios me valga! ¿Usté non ye don Juanín? Yo soy Martinón, el casero d
e Llué, que tie la casería tras de la peña de Niajo. ¿Ñon se acuerda?
En el instante vinieron a mi memoria múltiples hazañas de este famoso sajambriego, y con gran cordialidad acogimos su compañía.
Era de talla mediana, ancho y fornido. Los ojos tenían el tornasol de la endrina, y eran tan pequeños que bailaban en las cuencas profundas, sobre las que colgaban unas cejas del color del maíz. Sobre la boca, avanzaba la nariz, muy salediza, y la mandíbula, fuerte y pronunciada, era propia para desgarrar.
De este hombre se contaban increíbles hazañas de sangre y montería. Nadie como él sabía dardear con la mirada y descubrir entre lo más fragoso de la peña el rebeco saltarín y corredor; su
último encuentro en el alto de una canal con una osa y dos oseznos, más parecía proeza de dioses mitológicos que de humildes mortales. A peñascazos se defendió del ataque de las fieras, que le acosaban ganándole el terreno en que podía sostenerse, hasta que con un sobrehumano esfuerzo logró asestar un golpe en la cabeza del oso, derrumbándole en el abismo. Y cuentan que cuando alguien le pregunta si en tan comprometida situación no tuvo miedo, sólo contesta:
— Non me dio tiempu ni pa tenele.
La frialdad de su charla aumentaba la intensidad de las tragedias en las que siempre desempeñó un papel principal.
Un día, en pleno invierno, con otros dos cazadores, encontraron la huella de una osa, que habían seguido por lugares inaccesibles. En el alto, en la oquedad de una peña, atalayaron la entrada del cubil y en él se metieron, y los tres salieron
desgarrados, sangrantes, arrastrando el cuerpo del animal, que habían acuchillado. Los oseznos los llevaron a Sajambre, y los rapacines -ya encariñados con el peligro- les atosigaban para oírlos gruñir.
El caserío donde nos dijo que vivía está situado en el fondo de un abismo cercado de peñas escarpadas y frecuentado por las fieras, a las que suele espantar con teas encendidas.
La nieve todo lo cubre durante cinco meses, en los que nadie se atreve a cruzar por aquel desolado paraje, y sólo este celta es quien sabe sortear las avalanchas, escalar las agudas cimas de las peñas para buscar el rebeco, perseguir al oso y destrozar la cabeza del buitre con un tiro de bala.
Con su charla nos olvidamos del Sella, porque aquél nos señalaba las cumbres lejanas, que designaba a veces con nombres estrafalarios. Al doblar un recodo, el panorama que habíamos dejado atrás tomó a nuestra vista completamente cambiado. Yo le pregunté, señalando un humo tenue que empañaba el azul de la lejanía:
Y clavando la mirada como un dardo, respondió:
Ye de Tolivia... ¿Ñon ve un poquiñín del pueblu? Allí vese la casa del tío Pedrín, que quiso un argayo empujarle p’al ríu...
¿Quién fué ése?
Y sonriendo me contestó:
- ¡Ave María! El tío Pedrín, que ñon tuvo miedu a los argayus... Baxó unu y llevóse p’al ríu un hórreu con to lo de drento... «Tío Pedrin, que baxa otru!»—le decían—. Y na; el tío Pedrín quietu en su casa. «¡Otra casa p’al ríu!» ¡Na! ¡Quietu en la suya el tío Pedrín! «Tío Pedrín... que vien por la suya»! Y entos el tío Pedrín se encaró con las muyeres que le atosigaban y dixu: «¡Coñu! Si baxa que baxe, que mió casa ñon la dexo.» ¡Ñon la dexó!
Y lleno de admiración, terminó exclamando:
¡Ye valiente com’un toro!
¿Y vive el tío Pedro?
- Tie salud: él me amparó pa subir la mi muyer a Tolivia...
Permaneció un momento silencioso, y lacónicamente añadió:
¡Morrió este hibierno, en la última nevada!
En sus palabras por primera vez sentimos aletear una profunda tristeza, que quisimos agudizar preguntándole:
¿Estaba usted solo?
Solu, y así Dios me salve que no cuentu de verme en otra. Ocurriósela a la probe cerrar los güeyos cuando estábamos acoquinaos por la nieve y era imposible pedir ayuda a persona humana...
—Y entonces... ¿cómo se las arregló?
—¡Pos me vi en las del gatu: primeru pa atendela antes de morrir, y luego pa enterrala dispués de muerta...! Cuenta que túvela conmigo veinte días metida entre nieve pa que no goliese, y dispués tuve que llevala al costín pa Tolivia, sin más ayuda que la de Dios del cielu... Y gracias que non fui a parar con ella al otru mundu entre algún argayu de nieve, porque al más pintau daba miedu subir la collada; pero no había más remediu que llevala al cementerio, y por fin logrelu a pesar de tou. Cuando ya estaba arriba, Pedrín me dixo: «Lave María! ¿Qué traes, Martinón?» «La muyer, que me morrió ya va tres semanadas». «¿Salástela?»—me dijo—. «Ñon: metila entre nieve, y aquí está. ¡Di que toquen!» Y la dimos tierra...
La tragedia nos llenó de pavor y sentimos un intenso escalofrío; nos pareció más cerrado el paisaje, más hosco, más tenebroso que nunca; Martinón se frotó las manos sobre los zahones y se puso a liar un cigarro en hoja de maíz. Antes de encenderle lo quitó de la boca y me lo ofreció con galantería.
Al poco rato le dijimos adiós y seguimos andando entre las rocas erguidas osadamente en busca de las nubes que corren asustadas para no prenderse entre aquellos picachos ásperos y erguidos. El Sella seguía clamando en su cauce invisible.
PAISAJES DE RECONQUISTA
Un maravilloso rincón de España
Con un ensayo de
RAMÓN PEREZ DE AYALA
de JUAN DIAZ-CANEJA
