Ante la inminencia de la ruta que el próximo día 25 de marzo pretendemos hacer por la Garganta Divina, presentamos aquí el relato de dicha ruta hecho por D. Pedro Pidal y D. Jose F. Zabala, allá por el lejano año de 1917. Nada que ver las condiciones en las que ellos hicieron la hoy en día denominada Ruta del Cares, con la que nosotros haremos y con la que hacen
miles de turistas todos los años. Las condiciones han cambiado notablemente y ninguno de los malos pasos que relata el Marqués de Villaviciosa se realizan hoy. Dentro de las condiciones de ruta de montaña, con sus peligros de desprendimiento de piedras, la Ruta del Cares es hoy en día un paseo agradable y seguro, ya digo, con los condicionantes naturales. Que nadie piense por tanto, que se mantienen los peligros que se relatan en este fragmento del libro PICOS DE EUROPA “CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DE LAS MONTAÑAS ESPAÑOLAS”, de PEDRO PIDAL y JOSE F. ZABALA. Publicado por NOEGA, [Gijón 1983] . Reproducción facsímil de la edición CLUB ALPINO ESPAÑOL.-MADRID 1918.
Río Cares y la canal de Trea (1)
Nace el río Cares en el puerto de Pan de Ruedas, y marchando de Sur a Nordeste, al comienzo de su curso, pasa junto a las aldeas de Caldevilla y Soto de Valdeón, y Posada de Valdeón (pueblo ya más importante), y Los Llanos después, hasta llegar junto a Cordiñan
es, donde toma la dirección Norte, que conserva hasta Caín. La senda que baja por la derecha del río desde Posada de Valdeón, cruza el Cares por el puente de Cordiñanes, a media hora de Posada, y sigue ya por dicho lado hasta ver a la derecha la ermita de la Virgen de la Corona (cuya fundación data, según la tradición local, de la fecha de la coronación de Pelayo), en que la garganta se estrecha enormemente y hace el efecto, más que de una garganta, de una cueva honda abierta en el techo por una grieta que da paso a la luz.
Toda esta garganta está a su vez llena de innumerables cuevas, espaciosas y dilatadas, arregladas por la mano del hombre, y, según los naturales del país, todo aquel camino está sembrado de enterramientos, como si fuera un inmenso osario.
No ofrece duda alguna que aquello fué en alguna edad pasada habitado por muchedumbre de gentes que en aquel lugar impenetrable buscaron seguro refugio. Y ya merecía la pena de que se hicieran detenidas excavaciones en aquellas cuevas y en aquella aparente cueva honda que constituye el camino de los Caínes.
En un punto pasa el camino por debajo de una de estas piedras, que en su caída quedó suspendida como la clave de un arco, distante del suelo poco más de un metro. Una estacada de tres metros de altura, con su puerta, cierra la hoz y el río un poco más adelante. Allí comienza la tierra de Caín, que puede compararse a un redil. Los ganados andan sueltos por todas partes, sin pastores ni perros que los guarden, porque el río entra más abajo en una estrecha canal de paredes verticales, por donde sólo un pájaro pudiera pasar; a los lados cierran el término peñas inaccesibles, y todo él se halla cerrado y formado de terreno tan fragoso, que los carros son allí muebles inútiles, no menos que las caballerías; así es que hasta la recolección de la hierba se hace sin otros vehículos que las espaldas de los vecinos.
Entre la ermita y Caín se encuentra el llamado Pozo de los Lobos, en e
l fondo de una cañada transversal, que, en lo más bajo, cierran zarzas y estacadas por ambos lados. La disposición del terreno es tal que, cuando uno de aquellos animales tiene la mala suerte de dejarse ver hacia aquel paraje, se le considera como una presa casi segura. Los vecinos concurren entonces por obligación al toque de las campanas del valle. Unos ganan los altos para que la fiera no pueda dirigirse sino hacia la parte inferior de la cañada, donde otros la esperan resguardados en una especie de pequeños chozos que tienen la entrada mirando al río, y salen con chuzos a hostigarla y empujarla hasta que la obligan a tirarse al pozo. Casiano de Prado refiere que en Caín, en cuarenta y seis años, se habían cogido sesenta y tantos lobos y sólo un oso, porque este último animal anda siempre por los sitios más apartados, por las peñas más altas y por las cavernas, donde hay que ir a cazarlos (Prado).
Pasada la ermita, un rústico puente salva el río, aunque el camino no continúa a la izquierda, y antes de llegar a la desembocadura del torrente del Mueño (cabra montés), que viene a la derecha, otro puentecillo lleva la senda al lado derecho del río.
Esta garganta del Cares, que entre los macizos de Torre de Cerredo y Peña Santa corre de Sur a Norte, primero, de Oeste a Este después, y de Sur a Norte de nuevo, se llama Garganta de los Caínes en su primer tercio. «¡Y hace honor a su nombre!—dice Burguete.—Ya en ella, cuando se alcanza a divisar por estar el caminante encima de la grieta que le da entrada, no hay otro sendero de marcha que el propio cauce del río, cauce socavado por las aguas en la peña. Se pasa, a la par que el río, por un túnel, mejor dicho, un agujero que aquél abrió en la roca. Las enormes paredes de la peña, en uno y otro grupo de los picos, parecen verticales, y como rara vez se ve el final de ellas ni el filete azul del cielo, produce aquella enorme grieta de piedra una sensación de aplastamiento, de anodadamiento y de congoja.»
Un enorme risco, Cueto el Pando, obstruye, al parecer, el paso por la estrechísima garganta. El sendero trepa por él en violentísimo ziszás por escalones de piedra o madera y troncos como los que ofrecen algunas cavernas y minas mal labradas. El paso se efectúa en algunas partes a favor de rollizos hasta de ocho metros de largos, trabados unos con otros y tendidos de peñón a peñón, sin pretiles, suerte de viaductos a que llaman armaduras.
«Otras veces—escribe Prado en su folleto — se camina sobre planch
as sustentadas por hierros engastados en las rocas o por otros medios. En los escurrideros, o sea en las peñas rasas e inclinadas, a que llaman llambrias, se forma la senda, orillándola por la parte inferior con madera o cualesquiera palos tendidos a lo largo y sujetos a favor de la raíz de alguna mata, de algún nudo de la roca o de rollos y zoquetes de madera introducidos en agujeros que la roca, naturalmente, ofrece con frecuencia cuando es caliza, como allí sucede, algunos de los cuales pudiera creerse habían sido abiertos a mano. «Dios los hizo, señor», me decía el guía, y yo estaba bien lejos de creer otra cosa
.»Los lobos mismos miran con respeto aquellos pasos y no se aventuran a salvarlos, según ya dije; no es preciso más para venir en conocimiento de lo que puedan ser. El ganado los salva, porque se halla enseñado, porque se le obliga a ello si es preciso. Como las hierbas, por otra parte, cuanto a mayor altura vegetan son más sabrosas, tiene que trepar de continuo por aquellos derrocaderos para buscarlas, adquiriendo así toda la destreza que pudiera necesitar. Sin embargo, con bastante frecuencia se despeñan los pobres animales, sobre todo las vacas. A los hombres les sucede otro tanto, y se cuentan allí las catástrofes más lastimosas. Ocupándose mucho en la caza de rebecos discurren por las peñas con la mayor agilidad y confianza; pero esa confianza es la que los pierde. Por eso siempre se ha dicho que «el mejor nadador es del agua», refrán que por aquellos pueblos se halla sustituido con ese otro, más triste mente expresivo: «los de Caín no mueren, sino se despeñan.»
Salvado ya Cueto el Pando, se baja hasta unos canchales, por cuya arista sigue el camino con el precipicio a derecha e izquierda del río, que a chorros escapa por entre las grietas de las paredes y la peña central para seguir su camino en dos mitades, gruñente y fiero.
Desde allí alcanzáis a adivinar, materialmente colgado en la roca de la izquierda, el pueblo de Caín de Arriba, de donde es fama se mataron tres, de cuatro hombres que eran, por el simple resbalón que dió uno de ellos, en ocasión de conducir un muerto a Caín de Abajo, que aparece en el fondo y donde radica el único cementerio de los dos pueblos.
A las dos horas y media de marcha, desde Posada, se llega a Caín (490 metros), situado en la estribación Este de la Peña Santa, y debajo precisamente del Jou Santu; Caín—dice Sandoval—es todavía el pueblo de veinte vecino que conoció don Casiano de Prado; sin embargo, el verano de 1917 lo vivían, además, accidentalmente, de veinte a treinta obreros de las obras del canal que desde dicho pueblo a Camarmeña construye una compañía bilbaína. A pesar de este exceso de población, no les faltó cama y una cena no muy abundante, porque no pidieron, ni les dieron, lo único que en Caía abunda: la cecina de rebeco.
Un poco molestos por las pulgas—los polvos insecticidas se imponen para p
ernoctar en los pueblos—, durmieron, no obstante, bien, y al día siguiente, se hicieron acompañar como guía para la Canal de Trea, del vecino Lorenzo Pérez, el mejor conocedor de ella, y recomendable por su buena voluntad, agilidad, valor y por la sinceridad con que anuncia las dificultades del camino.
Esta Canal, que don Casiano de Prado creía sólo transitable por los pájaros, es, en realidad, fuerte, aunque ya no haya, como en los tiempos de aquél, ninguna varga que pasar. Estas vargas existen en la Llambria, que es el atajo que por la margen izquierda del Cares va a Poncebos. La dificultad de este atajo, y a la vez la habilidad y valor, realmente extraordinarios, de Lorenzo, puede inducirse del dato siguiente: la compañía del Salto le paga 20 pesetas por cada carretilla de mano que lleve a Caín, y por abreviar una hora—desde Pon- cebos tarda tres—va por la Llambria, en vez de seguir el sendero, y es el único de todo el contorno que lo hace. En unión de su mujer, transporta cajas de 32 kilos y ganan 12 pesetas y media diarias cada uno; aunque en esta clase de transporte siguen lo que ellos llaman el camino.
Arranca éste, a la salida de Caín, de la orilla derecha del Cares, por encima del molino, y sube hasta ganar el collado de la Tranvia (650 metros), que es un paso muy estrecho, cortado
verticalmente sobre el río, y a una altura sobre éste de 190 metros. Se encuentra después una quebradura de la roca, pendiente y lisa, que se salva, por una escalera de madera de haya de 32 escalones; gracias a ella no hay necesidad de emplear la cuerda. Y en compensación de tanta subida, hay una bajada rapidísima para pasar a la margen izquierda, atravesando el puente de Trea, y por una serie de subidas y bajadas muy fuertes, entre los tilos y las hayas, dominando barrancos imponentes y alcanzando a ver sólo pedazos muy pequeños de cielo y agudos picos que lo escalan, se pasa nuevamente a la margen derecha por el puente de los Papos.
Por más abajo de Caía se une a la Canal de Trea la Canal de la Ferrera (Saint-Saud) o Bu-Farrera (Burguete), por la que, desde Caín, en seis horas, se puede llegar a Covadonga bordeando Peña Santa y pasando junto al lago Enol.
La angostura de la Canal es en este punto tan grande, que las piedras que arrancan los barrenos en una de sus paredes y las que al desescombrar se mueven, rebotan en la de enfrente, haciendo, para el viajero, particularmente difícil la salida del puente, de suyo no muy buena, agravada entonces porque en el sitio en que el camino da vuelta a la roca, y a una altura de 50 metros sobre el río, aquél es un montón de piedras movedizas en las que no es fácil hacer pie firme. Hay después de esto una subida violenta, terminada por uno de los pasos más difíciles de la Canal: el Sedu Llinabiu, que es una cornisa estrecha, terminada en una chimenea muy pequeña, pero muy pendiente, cortada verticalmente, a una altura sobre el río de 290 metros. La salida, en cambio es una pradera—el Pando de Culiembro, a 770 metros—, que es el más cómodo y el mejor punto de vista de todo el camino; se divisan: al Sur, y en último término, la Torre de Santa Bermeja; a Poniente, los puertos de Osdón y
de Ario; al Norte y al Este, los agudos picos que dominan Camarmeña, Bulnes y los contrafuertes de los colosos del macizo central, Torre del Llambrión y Torre de Cerredo, que advertimos a nuestra espalda en algunos momentos.
Después de este sitio tan agradable hay una bajada en ziszás muy violentos, para pasar por última vez a la margen izquierda, atravesando el puente de Culiembro; a su entrada hay unos 20 metros de un desnivel tan grande y una roca tan resbaladiza, que está todo el paso envaretado, es decir, con unas barandillas de madera que en realidad protegen muy poco. Lo mismo ocurre a la salida: hay que subir una roca por un sendero muy malo, y que nosotros encontramos pésimo, porque la lluvia impedía que las alpargatas agarraran en el piso; pero con calma y la eficacísima ayuda de Lorenzo todas las dificultades se vencieron. Esta salida está también protegida por varas, pero creo que es peligroso confiarse en ellas.
El camino mejora después notablemente a gran altura sobre el río; pero ancho y retirado algunos metros del borde del precipicio, es, a pesar de sus subidas, un verdadero descanso para los que vienen de arriba.
A dos horas de marcha desde el puente de Trea, en donde el río comienza a describir una curva muy amplia hacia el Este, recibe por la derecha al río Bulnes, que baja por una estrecha canal, uniéndose ambos junto al puente del Haya, bajo el pueblo de Camarmeña, que vemos colgado arriba y a nuestra izquierda, en la ladera que por este lado limita al río. Momentos después únese al Cares el río Duje, que baja desde el Puerto de Aliva y las vegas de Sotres por la Canal de la Rumiada, y ya acrecidas sus aguas por estos dos tributarios, amansa su fiereza al ensanchar su cauce, pasando bajo el puente Poncebos, por el que el camino cruza a la derecha del río, uniéndose entonces con el sendero que viene de Sotres y Tielve, siguiendo el curso del Duje.
A pesar de la mezcla de aguas, el Cares sigue siendo el río de una transparencia sorprendente, aun para los que conocen las del Sella y del Dobra. Las piedras y las truchas se ven como a través de una lupa de diafanidad desconocida, y aun sus pozos no tienen la negrura insondable de los del Sella, sino una misteriosa y clara opacidad.
Estas aguas tienen, además, una misión trágica: son las que recogen a los despeñados por las paredes de la Canal. El guía Lorenzo, que tiene cuarenta y tres años, ha conocido, sólo de Caín, que tiene 20 vecinos, 14 despeñados; él mismo perdió en tres meses a su madre y dos tíos, y conserva en la parte alta del frontal una enorme cicatriz, causada por una de sus temeridades en aquellas rocas que tanto quiere, y que ojalá no le sean una vez definitivamente traidoras.
El río entra en Canal Negra, siempre descendiendo, aunque ahora con menos violencia que por la Canal de Trea, y siguiendo la Cañada de Guardales se llega a Arenas de Cabrales, antes de cuyo pintoresco pueblo al río Cares, se unen las aguas del río Casaño.
(1) Datos tomados de la Memoria de Casiano del Prado, del libro Rectificaciones históricas, del general Burguete, y de la conferencia dada por el Dr. Sandoval, en la Residencia de Estudiantes, en noviembre de 1917, además de las observaciones personales de los autores.