Bulnes, aldea de pastores y cazadores de robezos, es el pueblecillo de Asturias que más se arrima al corazón de Picos de Europa. Se va a él, desde Arenas de Cabrales, por un valle cerrado, en extremo pintoresco, lleno de acantilados y de rocas, por donde fluye el limpio río Cares, lleno de truchas, y como a unas dos horas de marcha por aquel paisaje dantesco, se abandona el río tomando a la izquierda por un sendero, en ziszás, el más escabroso y alucinante que vi en los días de mi vida.
Bulnes está encajonado entre murallas de piedra, y sólo al Este se perciben las praderías que dan acceso a la canal de Camburero. Entrad por esa canal endiablada, sin sendero alguno, y al cabo de un par de horas de marcha os encontraréis con una peña colosal, tallada a pico por sus cuatro costados. Esta peña, el más célebre pico de los Picos le Europa, es el Naranjo de Bulnes.
Schulz, el sabio alemán que con tanto entusiasmo llevó a cabo la topografía de Asturias le da en sus cálculos 2380 metros de altura y lo dibuja con la forma exacta de una columna, cilindro o chimenea de esa altura.
Prado le da 2592, afirmando de él que es el único pico cerrado al hombre y al robezo. El conde de Saint-Saud y monsieur Labrouche, en sus notables estudios orográficos de Los Picos de Europa, después de consignar que el nombre de Naranjo debe provenir de las estrías anaranjadas de su roca caliza, le atribuyen 2515 metros.
“Nosotros -dicen- no hemos ensayado escalar esta roca vertical, que nos parece inaccesible con los medios actuales. Pasamos por su vertiente occidental el 30 de julio de 1892, y M. de Saint Saud la ha examinado por su otra vertiente el 15 de agosto de 1893, acompañado de Rafael Concha, dicho el Monju. Este famoso cazador de Bulnes cree que sería, en rigor, posible intentar la ascensión empleando con anterioridad una semana, por lo menos, en tallar agarraderas sobre su panza lisa”.
A pesar de lo que afirma Prado, de lo que dicen Saint-Saud y Labrouche, y de lo que refieren del Monju, ¿no sería posible intentar la ascensión con una buena cuerda, sin necesidad de pasarse una o varias semanas en tallar la roca? ¿Y no sería posible intentarla con alguna esperanza de éxito? Que otros habían fracasado en la empresa, ya lo sabía yo; pero si no da uno más pasos que los que dieron otros, ¿dónde está el mérito, dónde la originalidad, dónde las iniciativas?
Acaso esos otros, con grandes atrevimientos y energías suficientes, no dispusieron de tiempo y medios adecuados para ello; es decir, de una buena cuerda de un d
ía a propósito De todos modos, para juzgar uno por sí mismo de la mayor o menor inaccesibilidad del gigantesco, bizarro y formidable monolito, era necesario estudiarlo de cerca, verlo cara a cara, palpar sus muros verticales. Por eso el año pasado lo examiné por sus cuatro costados y juzgué totalmente inaccesibles las vertientes Sur, Este y Oeste. Respecto al lado Norte, me quedaron algunas dudas, y formé la resolución firme de deshacerlas al verano próximo, dado que los días eran ya muy cortos por aquel entonces y que no disponía de una cuerda alpina a propósito. Además tenía varios acompañantes, y por no sostener una disputa con ellos, que hubieran juzgado loco mi intento, consideré mejor dejarlo para cuando volviese solo.
¿Subir al Naranjo de Bulnes? ¡Qué hazaña de alpinista más grande!
Cada cual tiene su chifladura en este mundo, y yo prefiero denominar así mis caprichos que denigrar ligero los del prójimo, sin duda porque no los comprendo. Trepar por una roca pelada, con un precipicio a la derecha y otro a la izquierda, para sorprender algún robezo en alguna revuelta, o contemplar un grandioso panorama en la cima, o salvar la misma dificultad que a uno y a otro condure, será un placer de que se reirán muchos; pero es un placer soberano que me domina por completo, y ante el cual me considero... chiflado. Pero conste que no soy yo solo el que profesa esas aficiones. Desde que Whimper, el célebre inglés, el bardo de las montañas, se llenó de gloria al tocar la cumbre virgen del Monte Cervino, en Zermatt, y de los grandes jurásicos en el Mar de hielo del Monte Blanco, y de que sus libros, relatando sus escaladas, dieron la vuelta al mundo, una pléyade innumerable de hombres jóvenes de los Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania, acuden todos los años a Suiza a probar las energías de su raza.
¿Qué idea me formaría de mí mismo y de mis compatriotas, si un día llegase a mis oídos la noticia de que unos alpinistas extranjeros habían tremolado, con sus personas, la bandera de su patria sobre la cumbre virgen del Naranjo de Bulnes, en España, en Asturias y en mi cazadero favorito de robezos?...
Esa posibilidad había que borrarla de las contingencias de lo porvenir, y para ello era de todo punto preciso llegar al santo, besar su peana y tratar de escalarlo, llevándose, con la imposibilidad de hacerlo uno propio, el juicio seguro de la imposibilidad de que lo efectuaran otros.
Por eso compré en Londres la mejor cuerda que encontré y me fui a Chamonix para “entrenarme” como dirían los franceses, haciendo la ascensión de la Aguja de Dru, afilado risco de 3775 metros sobre el Mar de Hielo, y una de las más difíciles ascensiones.
De vuelta a Asturias, llamé a Gregorio el Cainejo para hablarle de ni persistencia en estudiar de cerca el Naranjo, como le había dicho el año pasado.
Gregorio es un hombre fornido, cazador eterno de robezos, que vive en la peña, mientras las nieves no le arrojan al valle; sus pies descalzos agarran como ventosas en las cornisas inclinadas de los acantilados infinitos que cuelgan sobre los precipicios de los Picos de Europa; desaloja al robezo de sus más inexpugnables torres, y lo mismo duerme al pie de un ventisquero, que corre a cobrar un animal al fondo de un abismo. Gregorio era el hombre que me convenía.
El 4 de agosto de 1904, dormimos Gregorio y yo, al par de unas cabras, al acabar la canal de Camburero. Salimos al amanecer con dirección al Naranjo, y a las ocho de la mañana habíamos almorzado ya junto a una fuente que nace en las estribaciones mismas del coloso. Habíamos llega do al Pico de Orriellos, como también por otro nombre le llaman. Por el Norte, y conforme nos íbamos acercando, lo fuimos estudiando, con la perfecta claridad que lo permitían nuestros buenos Zeiss prismáticos.
Esta vertiente Norte, única sobre la que nos cabían dudas en cuando a su inaccesibilidad, era muy sencilla: un descanso o saliente de la peña en el primer tercio inferior de la misma, y dos grietas verticales hasta la cúspide. Examinadas bien estas grietas con los anteojos, comprendimos desde luego, que una de ellas, la de la derecha, era absolutamente impracticable. ¿Lo sería también la otra? He aquí un juicio que no podíamos emitir desde luego; lo teníamos demasiado lejos, dada su altura, y tan sólo podríamos formarnos uno aproximado desde su arranque; es decir desde el descanso o saliente del primer tercio inferior de la torre. Pero ¿ podríamos llegar a él? Habría que intentarlo. De este modo la ascensión, si era posible, se componía de dos partes: primera, a la grieta. Y segunda, por la grieta.
Fortalecidos por el almuerzo, nos pusimos de nuevo en marcha, no sin haber o
bservado antes la imposibilidad en que nos encontrábamos de alcanzar directamente el saliente, descanso o casi comienzo de la grieta por el Oeste, dado que lo teníamos todo completamente cortado a pico. Atravesamos entonces la base Norte del Naranjo, para alcanzar el principio de las grietas por el Este, y en una hora, aproximadamente, llegamos a un punto en que tuvimos que dejar los morrales, 1os anteojos y los palos, todo, menos la cuerda, para marchar con el mayor desembarazo posible. Gregorio se descalzó, y yo ajusté de nuevo mis sólidas alpargatas.
¿Qué teníamos delante de nosotros?... La serie de llambrias y la llambrialina.
Llambria, dice el Diccionario de la Lengua, es: “Parte de las peñas que forma un plano muy inclinado y difícil de pasar”. Llambrialina llaman los montañeses a una llambria muy estrecha, muy lisa, muy inclinada y sin agarradero alguno, vertiendo sobre el precipicio. Excuso decir que a mí, a pesar de tener alguna experiencia de la roca, todo me parecían llambrialinas, y ordené a Gregorio formalmente no pasara adelante en cuanto llegásemos al verdadero peligro, a la temeridad; pues yo guardaba cierto interés por mi pellejo, y no lo tenía menor por el de mi amigo, noble y leal, y, además como yo, padre de familia,
Partió Gregorio solo a explorar el terreno, mientras yo permanecía sentado contemplándolo y lo vi agarrarse con los dedos crispados, deslizarse, alejarse poco a poco, y, por último, perderse de vista detrás de las llambrias. Un cuarto de hora, que me pareció un siglo, tardó en aparecer de nuevo y en gritarme que lo que veía (aún no era la grieta) “no le parecía tan malo”.
Saltó mi corazón de gusto, y echándonos la cuerda a la espalda, la emprendí con todo el seso del mundo a lo largo de las llambrias. Mis alpargatas ajustadas agarraban como pez en aquella roca, y donde enganchaban mis dedos, me parecía estar completamente seguro. Gregorio presenciaba mis operaciones desde el otro lado, y me indicaba sus pasos. En esto llegué a la llambrialina, y allí me detuve un poco a considerarla de cerca y a familiarizarme con lo que hasta entonces no había visto parecido, pues ni la cornisa inclinada ni el precipicio me proporcionaron nunca ese recelo particular que me ocasionaba el pulimento absoluto de la roca, que no parecía sino que la habían dado con papel esmeril y lustre encima. ¡Tal es el poder constante de las aguas! El Cainejo me gritaba que me descalzase; pero yo tenía más confianza en mis alpargatas especiales de acalle de la Salud.
Avanzando un pie para ver cómo agarraba la alpargata, hasta afianzarse, y luego el otro, con exquisito cuidado, y ambas manos sobre la izquierda para disminuir el peso, logré pasar los tres o cuatro metros de la llambrialina... Cuando llegué a Gregorio, le di una palmada en el hombro, significándole mi contento y mi seguridad, y después de tres o cuatro malos pasos, llegamos al descanso.
¡Qué mirada de contento, cambiamos en este primer triunfo de nuestro empeño! Cuando, mirando hacia abajo, veíamos el sitio donde habíamos almorzado, nos sorprendió sobremanera lo alto que nos encontrábamos en relación a lo bajo que nos parecía estar el descanso en comparación con lo que nos faltaba todavía para llegar a la cumbre. Echamos la vista al cielo, y sólo vimos una parte de la grieta; la otra la tapaban las nubes. Retroceder en aquel caso, hubiera sido cobardía manifiesta “¡Arriba, hasta donde podamos, Gregorio -le dije- y no piense en mí, que yo llevo seguridad completa! ¡Adelante!”.
Sin decir más, nos atamos fuertemente la cuerda a la cintura, cada uno por un extremo y empezamos la subida. El Cainejo tomó la delantera, lo más difícil, y yo seguí de cerca, poniendo los pies y las manos donde él había puesto los suyos, y así fuimos trepando un buen trecho.
A veces, mi compañero no alcanzaba el saliente a qué agarrarse y entonces, mi cabeza primero, y mi puño cerrado después, eran a modo de escabeles de un encumbramiento que no tenía nada de retórico. Una vez más en firme, sus buenos puños, tirando de la cuerda, contrarrestaban el efecto de la gravedad en mi persona. Y así subíamos, y subíamos sin cesar, sin pronunciar más palabras que aquellas de “muy bien”, “al pelo”, “adelante”, con lo que yo iba animando todo el tiempo al bravo amigo que tenía sin cesar por encima de mi cabeza.
Cuando la grieta se cerraba demasiado, poníamos la espalda a un lado y los pies al otro, empujando yo siempre al de arriba, tirando éste por mí a cada momento. No mirábamos abajo por no impresionarnos, por no distraernos de único objetivo, y porque los cinco sentidos nos eran sumamente precisos. Pero cuando, a hurtadillas, lancé una vez la vista por debajo de mí... no vi nada, estábamos en plena niebla, en la nube.
Feliz casualidad, que nos borraba el peligro, si no de la realidad, al menos de su visión, un tanto incómoda. Apenas habíamos subido algunos metros, cuando gritos de Gregorio y unos cuantos golpes en la peña llamaron mi atención sobre la inminencia de algún peligro, y me dejaron inmóvil, con la cabeza pegada a la roca. Una piedra más que regular, arrancada por la tirantez de la cuerda, pasaba roncando a algunos centímetros de mi oído. La oí desprenderse por encima de mí, y la sentí pasar a mí lado después... ¡nada!...Ni volvió a tropezar con la roca, ni la oí llegar a ninguna parte. Así, aunque la vista no nos decía gran cosa, el oído nos hacía comprender una porción de ellas alarmantes. Cuando se desprendía alguna otra, pegaba de nuevo la cabeza a la peña y tarareaba cualquier cosa, ya que me era imposible taparme los oídos.
De este modo fuimos subiendo por aquel canalizo estrecho e interminable, ha
sta que oí decir al Cainejo: “De aquí no pasamos, don Pedro”. ¿Qué bahía allí? ¿Qué clase de obstáculo se oponía a nuestro paso? ¿Era la pared vertical, el ángulo hacia fuera, la roca lisa? Nada de eso: era un saliente de roca a modo de panza de burro que obstruía la grieta, la chimenea, paso por donde nos escurríamos, avanzando sobre el precipicio por encima de la cabeza de Gregorio.
Éste tanteaba a derecha e izquierda, por ver si encontraba asidero alguno; pero todo era inútil Yo subí hasta llegar junto a él, y, por mi parte, también escudriñé, pero con igual resultado.
Habíamos llegado a lo verdaderamente impracticable, a lo inaccesible. Tenía yo mi cabeza a la altura de la cintura del Cainejo, y estábamos ambos quietos, sin decirnos nada, presintiendo la honda tristeza que iba a apoderarse de nosotros al comparar las penalidades sufridas con el poco fruto de nuestro esfuerzo.
No sabíamos a qué altura estábamos; pero presumíamos que no podría faltar mucho para llegar a la cumbre. La nube había empezado a clarearse por encima de nosotros, y era algo así como anuncio de un Paraíso perdido para los que iban ya teniendo la conciencia de no poder alcanzarlo. ¡Qué habrá allá arriba, en aquella cima inmaculada, adonde nunca llegaron los hombres! Así estábamos los dos, mudos, esperando sin duda que alguna inspiración divina nos determinase algo, cuando, para cambiar de postura, tropezó mi mano izquierda con una grieta oculta, que parecía estar hecha para ella. ¡Qué sujeción la que había encontrado!,,, “Gregorio -le dije-, yo tengo aquí un agarradero magnífico. Póngase usted sobre mis hombros primero, luego su pie izquierdo sobre mi mano derecha, y verá usted cómo le aúpo. Y una vez que usted pueda echar los brazos por encima de esa panza, si no está del todo lisa, ya se agarrará usted y se ayudará con las rodillas”. Pues, ¿qué? ¿ No había yo levantado 1a gran pesa, la Sultana, en el gimnasio de Sánchez? “Sin miedo, Gregorio” le dije. Así lo efectuó y echándome yo hacia atrás sobre la niebla para empujarlo hacia arriba, lo izé por encima de aquel estorbo maldito.
Una vez arriba, sus brazos se encargaron de mí, levantándome en vilo con la cuerda...
La nube había desaparecido, o nosotros la habíamos pasado; un cielo azul y un sol espléndido doraba a nuestra espalda el vértice de los Picos vecinos; el aire vivificante y puro de la montaña inundaba nuestros pulmones, veíamos la grieta en toda su longitud, y allá, al final de ella, donde se abría en forma de embudo, debería hallarse la cumbre... El instinto de triunfo, de la conquista, se apoderó de nosotros; subíamos con ansia, no reparábamos en peligros y no nos decíamos una palabra; todo sonreía a nuestra ambición desmedida, y cuando el embudo se abrió, y la vertical empezó a dejar de serlo, yo me desaté la cuerda, que abandoné al Cainejo, pasé a éste, y saltando, loco, ebrio de placer y de entusiasmo, entoné, al llegar a la cumbre, el más formidable ¡hurra! que di en los días de mi vida... Era la una y cuarto de la tarde.
El paisaje que divisábamos no era otro que el corazón de los Picos de Europa, visto en medio de ellos: glaciares, neveros, peñascales, torres, tiros, agujas, desfiladeros, vertientes, pedrizas, pozos, robezos empingorotados en alguna punta, o manadas de ellos paciendo a nuestros pies en e1 valle desierto, en la olla profunda, en el hoyo inmenso, tranquilo y solitario; algunos Picos, perdiéndose en las nubes, rebasándolas otros, y en todas partes el abismo, el precipicio, encarcelándonos en aquella roca encantada que había sido virgen por los siglos... Allí nos quedamos absortos contemplando un paisaje tan vasto, tan original y tan a lo Gustavo Doré, sin exageración alguna; y allí hubiéramos estado largo rato, si el tiempo no nos apremiase para una bajada, como todas, harto más difícil que la subida, y para la construcción de torres o señales que dieran testimonio de haber estado allá arriba. Desde la una y cuarto hasta las dos y cuarto, una hora justa, estuvimos fabricando, con ardor, pirámides, con las piedras deshechas por el rayo que encontramos en aquella cima inhospitalaria, sin rastro de vegetación alguna.
Una de ellas, hecha a la perfección por mi compañero, será la más duradera; la mía resultó bastante menos sólida. Tres o cuatro grandes piedras que pusimos una sobre otra, podían considerarse como una tercera torre. Al concluir ésta, era ya necesario empezar la bajada cuando antes. “¡Adiós, Picos de Europa, en cuyo corazón me hallo; cumbre divina queme prestaste asilo; grandioso panorama que contemplo!... ¡Adiós, región eterna de las nieves, alcázares de piedra soberanos, simas profundas que os tragáis las nubes!... ¡Adiós, pirámides que, en recuerdo de tanta belleza, fabricamos!... ¡Vosotras persistiréis, si el rayo no os deshace, allí donde nosotros brevemente pisamos, sin duda por la ley general de que la duración del placer se halla en razón inversa de la intensidad del mismo!... ¡Vosotras testificaréis nuestra subida, no para halago de necia vanidad, que no sentimos, sino como ejemplo y emulación a los esfuerzos, y como timbre de gloria para hacernos acreedores a una inmortalidad en el Paraíso de los Picos, en el verdadero, genuino y varonil Olimpo de los dioses!...”. Todo eso, y mucho más condensaba mi triste y supremo ¡adiós! a la cumbre sublime que abandonábamos para siempre, y mis naturales tendencias poéticas y filosóficas se acrecentaban a medida del hambre que se iba apoderando de nosotros.
No habíamos comido nada desde las ocho de la mañana: nos quedaban pocas energías, y era de todo punto preciso un nuevo esfuerzo, dejándose de romanticismos, para emprender con calma y plena posesión de la realidad nuestro descuelgo por aquellas rocas.
El procedimiento seguido fue el siguiente: para mí, como a la subida, lo más cómodo y hacedero, bajaba delante, cuándo de pecho, cuándo de espaldas al muro, y mi compañero me deslizaba, teniendo de la cuerda, hasta que tocaba punto firme.
En cuanto a Gregorio, ¿cómo bajaba sin que alguien, por arriba, le fuese teniendo y soltando cuerda? He aquí cómo nos. Arreglábamos: una vez que yo estaba en firme, comenzaba a subir de nuevo lo que podía y estirando el brazo, esperaba con mi puño cerrado, pegado a la peña, uno de los pies del Cainejo, quien de allí pasaba a la cabeza y al hombro. Cuando yo no podía más, entonces bajaba como “podía”, haciendo maravillas de equilibrio y agarre con los veinte dedos de sus extremidades.
Excuso decir que mientras se descolgaba de este modo, yo me agarraba con todas mis fuerzas a la peña y a la cuerda para poder resistir el tirón, si por acaso llegaba a despeñarse; que de no resistir, dado que íbamos atados con la cuerda, mi suerte hubiera sido igual a la suya. Hubo un paso en que no podía ya dar otro, y yo le oí murmurar: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Cómo subí yo por aquí?”.
Oírle decir esto y ordenarle imperiosamente que aguardase, todo fue uno, p
ues era necesario recapacitar lo que se pudiera, antes de exponernos de ese modo. “¿No habría por ahí -le dije-, algún pedazo de roca inseguro, de esos que desprendía la cuerda a la subida, al cual pueda usted atar la cuerda que rodea mi cintura? Una vez atada esa piedra por el medio, la mete usted en el fondo de la grieta, tirando luego de ella para cerciorarse de que esté bien segura, y no tiene usted otra cosa que hacer sino descolgarse por ella hasta mis hombros. En cuanto usted llegue a ellos, la cortamos, y que ese pedazo se quede ahí para que lo utilicen otros"... Sin faltar a la modestia, creo que no discurrí del todo mal, pero la práctica que puso el Cainejo para efectuar mis teorías, superaron al cálculo; y allí quedó un buen trozo de cuerda bamboleándose en el espacio: es de pita, y quizá tarde algunos años en pudrirse.
Los pasos que siguieron a éste, no le aventajaron mucho en comodidad, y a cada instante temía por mi compañero.
La panza maldita la bajamos por el procedimiento de la subida, y no hacía mucho tiempo que la habíamos abandonado, cuando una nueva imposibilidad de descenso para el Cainejo se nos presentó delante: ¿que haríamos? ¿Cortar la cuerda de nuevo? Eso sería exponernos a quedarnos sin ninguna, o poco menos, y para lo que aún nos faltaba era completamente indispensable Una nueva reflexión me sugirió una nueva idea:
-¿No habrá por ahí algún saliente firme de roca? -le pregunté-. Aquí hay uno -me dijo-. Pues desatémonos los dos y echemos la cuerda por encima; yo tendré aquí fuertemente los dos cabos y usted se descolgará por dos cuerdas, en vez de hacerlo por una; al llegar a mí, tirando de un extremo, nos quedaremos con ella.
Porfiaba el Cainejo que la cuerda no daría para tanto; yo le aseguraba que sí, y. por fin, los hechos me dieron la razón. Gregorio llegó a mis hombros sano y salvo, y tirando de un extremo... la cuerda no venía; se había enganchado arriba... Tirando por el otro extremo, aflojamos al contrario, tiramos de nuevo: nada. Entonces, haciendo un supremo esfuerzo, me subí lo que pude, imprimí un fuerte movimiento ascensional en S a la cuerda, y dando un buen tirón, nos quedamos con ella.
Cerca ya del primer gran saliente, descanso o silleta del Naranjo, adonde habíamos llegado por las llambrias y llambrialina, se empeñó Gregorio en que, torciendo un poco a la derecha, es decir, hacia ellas, tendríamos mejor medio de bajar. Enemigo yo de toda innovación en estos casos, y acordándome que más vale malo conocido que bueno por conocer, le declaré mi parecer contrario, salvando en absoluto mi responsabilidad si se decidía a ello, pues yo no quería contrariarle, dado que él iba siempre en lo peor, y que tenía una memoria cien veces superior a la mía en cuanto a recordar las sinuosidades de la peña por donde habíamos pasado.
Admiraba yo su memoria; tenía cierta fe en sus seguridades, y me abandoné a sus propósitos. “Crea usted -le dije- que yo, en su lugar, me perdería cien veces”; porque no hay que olvidar que la niebla nos envolvía por completo lo que si era cómodo en una grieta donde no cabía perderse, era sumamente peligroso allí donde la grieta, ramificándose en las llambrias, desaparecía. Por eso mis temores eran de sobra fundados, siendo así, que a las siete de la tarde ya no sabíamos dónde estábamos...” Lo ve usted”, fue todo lo que le dije.
Aguardamos un poco a ver si alguna brisa descorría la nube, y a ver si se hacía algún claro. Este apareció, y tan sólo divisamos una pared cortada a pico, a nuestra cabeza, y otra, cortada a pico también, a nuestros pies... Volvimos hacia atrás, a duras penas, escudriñando con ojo avizor cuanto pudimos por las llambrias, cambiando pareceres sobre el sitio hacia donde e caería la llambrialina. Nos desatamos; Gregorio, no sé cómo, se perdió en la nube; yo me quedé con la cuerda, pensando en la noche de muerte que íbamos a tener que pasar atados a las rocas, y, ante perspectiva tan poco seductora, redupliqué mis esfuerzos indagatorios, metiéndome por sitios de donde luego con gran dificultad salía.
Eran las siete y media; empezaba a oscurecer, y yo a pasar un mal rato, cuando resonó la voz de Gregorio: “¡Don Pedro, ya apareció la llambrialina¡ Se había orientado por el estiércol de un vencejo de montaña que vio a la subida. ¡Qué hombre!
Y aquí puede decirse que terminaron nuestras penas. La llambrialina, después de lo pasado, y atados, la atravesamos como si tal cosa. No lejos estaban los morrales. Cuando llegamos a ellos, un chorizo, cogido a escape y comido andando, nos llevó a la fuente de la mañana, que medio agotamos. La noche cerrada nos cogió a la entrada de la canal de Camburero. Nos perdimos de nuevo; dimos voces a los pastores, y tan solo contestaron las piedras que desprendían los robezos, a quienes habíamos despertado. Comprendimos que estábamos aún muy altos, y bajamos más y más por entre infames peñascales. Una voz honda y lejana respondió por fin a las nuestras. Los pastores nos habían oído. A las once de la noche entramos por sus cabañas. Era el 5 de agosto de 1904”.