El valle tiene cinco pueblos y cuatro mil habitantes. Los pueblos protagonistas de esta crónica son Posada de Valdeón, en el centro del valle y que es su cabeza, y Caín, al fondo y sólo a quinientos metros de altura sobre el nivel del mar (tan próximo). Estas cifras te darán una idea del tremendo espectáculo que el hombre contempla desde la hondonada. y terminada esta lección de cosas, vamos a Valdeón, compañero, que ésta es la última jornada por ahora.
Para ser fiel al esfuerzo humano conmovedor que realizan estos cuatro mil compatriotas, metidos en esta concha de piedra, alegres, fuertes, magníficos, como cuatro mil héroes, yo debiera haber mandado esta crónica por telegrafía sin hilos. Es el único procedimiento que tiene Valdeón de comunicarse con el mundo. Hay una estación radiotelegráfica, así como no hay analfabetos, y así como hay una fonda con calefacción y habitaciones con baño y agua caliente. El esfuerzo realizado por estos españoles está en razón inversa del que por ellos ha realizado la sociedad.
Se llega a Valdeón por dos puertos que comunican el valle con la meseta. El puerto de las Panderuelas (y no de Panderueda, como dicen los mapas y la Administración, que tanto han estropeado en un siglo de petulante ignorancia la toponimia española, que algún día habrá que corregir, y a la que habrá que devolver toda su belleza) y el puerto de Pandetraves. Hasta el primero se llega por una pista mala desde la carretera del Pontón, que sale de Riaño. Hasta el segundo, que es el que seguimos en jeep, se entra desde Portilla de la Reina por una carretera que termina bruscamente en lo alto del puerto a mil quinientos metros de altura.
(Portilla de la Reina es una de las ocho «burgadas» que constituyen una
antigua jurisdicción que fue de doña Constanza, la debeladora del rito mozárabe, guapa borgoñesa, de quien, andando el tiempo, la cosa fue a parar al infante don Tello. Por la tierra andan muchas leyendas sobre el paso de doña Constanza por allí. Dicen que a su hija doña Urraca —nuestro admirado personaje— se le curaron allí unas calenturas.)
En Pandetraves empieza el camino heroico. La carretera ha quedado transformada, a partir de un corte geológico muy bello y curioso, en una pista por donde se tira el jeep de don Paco, hasta que descendemos cuatrocientos metros en una distancia de un kilómetro. El jeep marcha entre setos de urces, endrinos y una especie muy rara de flores espinosas como cardos morados en forma de estrella. Por allí han pasado hasta el día de hoy dos o tres automóviles. Un jeep nunca.
Éste es el primero. Los primeros niños del valle, pasada la «cancilla» de Santa Marina de Valdeón (la «cancilla» es la cancela de madera que cierra el acceso a cada pueblo para que no se escapen los ganados por el único camino que existe), echan a correr para dar la novedad a los de otros pueblos.
El paisaje se humaniza. Hemos pasado de los altos puertos a las primeras tierras bajas. De mil quinientos metros estamos en media hora en novecientos. Es Posada de Valdeón. Todavía hay trigos tardíos en la tierra, y los peina el viento con ese ruidillo cereal que no se parece a ninguno.
Casi al alcance de nuestra mano, desde el asiento del jeep se pueden tomar de los arbustos los meruéndanos (esa baya que aquí llaman arándano y que tanto le gusta al oso del Monte Corona) o las camuesas de Repinaldo, grandes como membrillos, olorosas y dulces. Un pequeño paraíso crece en la gran hoya al abrigo de los dioses de roca que tienen aún neveros donde refresca el rebeco. Yo nunca había visto regar prados sin explanar ni abancalar. Ese emocionante esfuerzo del hombre por hacer de este valle un edén aislado ha llegado a dar con el secreto de envolver en una melena de agua un cerro por medio de un ingenioso sistema. Una vez elevada el agua a lo alto se deja que en un sinnúmero de venillas, a las que alimentan tres o cuatro arterias, vayan siguiendo las diminutas curvas de nivel, de modo que el cerro queda empapado. Se oye el fluir del agua con un rumor para nosotros inédito. Ciertamente, compañero tienes razón: éste es el buen vasallo, aquel de que hablábamos en Malacoria.
El sol marca las once sobre La Peña. Allí todo el mundo mira el reloj natural éste: cuando el primer rayo pega contra un farallón bermejo que cae a pique sobre el valle, son las once. Son, en efecto, cuando encontramos al fabuloso, al increíble personaje que es Daniel Abascal, de la casta de los pobladores de América. Chico, físicamente insignificante, es una especie de gigante, sin el cual el valle suspendería hasta la respiración. Es un español de los de antes. Él es el que ha hecho la fonda de la calefacción y los cuartos de baño. Él es quien ha conseguido la estación de radio que comunica cada dos horas con León «la novedad». Lo mismo vende penicilina que una bomba para achicar agua. Yo le compré un jersey, porque hacía frío: treinta y cinco pesetas. Daniel Abascal, hijo de pasiego, parachutado sobre Valdeón como un arcángel, ha organizado la vida del valle. En las épocas de mayor escasez, Valdeón, aislado del mundo, estuvo abastecido por las caravanas de carros de Abascal. Los vecinos de los pueblos más pobres, donde la aspereza no permite cultivos, cosechan tila en un bosque de tilos enorme que hay en el fondo del valle. Los cainejos son los que más «pelan» tila; unos cinco mil kilos de flor. Se la venden a Abascal y Abascal la exporta. Cuando le digo que a dónde, me contesta con cierto desdén majestuoso: «A Londres, para los soponcios de las inglesas...».
Queda camino largo y duro. A nuestra derecha, hasta el pueblecito de Cordiñanes, nos escoltan las Torres, como allí llaman a los picos. La del Llambrión tiene dos mil seiscientos cuarenta metros (nosotros estamos a ochocientos, luego el paredón que se alza como un ascua de oro iluminado por el sol tiene más de mil ochocientos metros por encima de nuestra cabeza). Pasado el Monte Corona —límite de penetración de los dos o tres automóviles a que nos referíamos—, abrimos al motor de explosión un camino inédito hasta la desembocadura del arroyo de la Peguera en el río Cares. Allí tenemos que dejar el «jeep» y seguir a pie. El agua del Cares es aquí como un aguamarina transparente y verdosa por las piedras del fondo. Cuando nos agachamos a beber, se levanta de la orilla una muchedumbre de mariposas azulina. El bosque de tilos, oscuro, con un aire de bosque germánico (tal como se imagina uno los bosques germánicos legendarios y tal como son los bosques del Báltico, en efecto), está cruzado por una gran empalizada de varas de avellano entretejidas en forma de una «V» que abre sus brazos hacia las canales que bajan de Peña Santa (otros mil novecientos metros a nuestra izquierda sobre nuestras cabezas) y tiene su vértice en una especie de torre cilíndrica de unos dos metros de altura, que es el «chorco» de los lobos. Cada brazo de esta «V» tiene un par de miles de metros. Una vez al año el alcalde del concejo de Valdeón, montero mayor, preside la cacería de los lobos, que son empujados por los ojeadores desde las alturas y bajan sin darse cuenta del engaño hasta el vértice de la trampa, donde caen al «chorco». Luego los ahorcan como a unos malhechores, pendientes de un árbol. Vieja lucha de la que, a fuerza de siglos, va saliendo vencedor el hombre.
El paraje es de una solitaria grandeza impresionante. Hacia arriba viven los rebecos y el águila. Y también los hombres de Caín, los «sherpas» de la Peña, que viven de la caza, del pastoreo, de no se sabe qué. Me parece que algo viven de hartazgos de sol y de horizonte. Se comprende que aquel gran caballero de las cumbres, Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa de Asturias, se hiciera enterrar (con poca tierra; con roca más bien) en la Torre de Ordiales. Allá arriba está, compañero: «paternóster» por su alma.
Caín es el punto más bajo de Valdeón. Apenas veinte casas, todas habitadas por gente de La Peña (le llaman «La Peña» a todo el macizo central). Mueren en esta proporción: por cada muerte natural, tres despeñados. Llevamos cinco kilómetros endemoniados desde el «chorco» de los lobos. Reforzamos la física los dos cincuentones (don Paco y yo), junto a una fuente helada, la fuente de Caín, que mueve un molino diminuto. La molinera es la viuda de un sherpa despeñado hace unos años. Se ha casado con otro, con Bonifacio Sadia, a quien llaman «el diablo de la Peña». Alguna vez, a la luz de la luna, ha subido hasta sitios a donde se cree que sólo el diablo puede subir, entre los seres no angélicos.
Empieza aquí el indescriptible espectáculo de la garganta del Cares. El río inicia su canción de gesta entre dos gigantescos murallones, apenas separados por un par de metros en algunos sitios. Una grieta de luz se abre como la faja de una ecuatorial monstruosa a una altura increíble. Un viento de Dios, quién sabe cuántos años hace, llevó a una roca la semilla de un roble que ha nacido allá arriba y se inclina sobre la pared de enfrente como buscando algo. A lo mejor reproducirse al otro lado. Por el muro de roca, a plomo desde casi dos mil metros (constantemente piedras de todos tamaños se desprenden como proyectiles hacia la sima), va una senda tallada por los ingenieros de una empresa hidroeléctrica hasta Puente Poncebos, al pie de Camarmeña. Unas veces por túneles, otras por puentes de madera, la senda pasa entre el macizo central y el occidental en doce kilómetros. No sé si sería posible trazar por aquí una carretera. Sería la más bella de Europa y una de las más bellas del mundo. Creo que jamás podrá ser vencida por el hombre la garganta del Cares: por lo menos por el hombre motorizado. (Aseguran que un capataz de Viesgo ha pasado por aquí en motocicleta. Puede ser una leyenda más de La Peña.)
Retrocedemos desde la mitad del camino. Hay que regresar de día a Valdeón y subir el puerto con luz del sol. (Vas cansado, ¿eh, compañero? Cinco de ida y cinco de vuelta son diez kilómetros de Peña para los que no estabas cortado...) Apenas hemos reconquistado el jeep, recibimos el pago del esfuerzo, lector. Una pareja de urogallos (el pájaro más elegante y bravío de la fauna europea) nos vuela ruidosamente, con un ruido de motor, casi al alcance de la mano. Don Paco (no sé si te he dicho que don Paco es don Paco González, el famoso «otorrino» de León) da gritos de alegría como un niño. El rey alado de la selva europea, tan esquivo, tan difícil de ver y de cazar, nos ha querido hacer este saludo. Te lo brindo, lector. Yo no había visto nunca nada semejante. Gracias a Dios, don Paco y yo somos viejos cazadores y, por lo. tanto, incapaces de abatir a un ser tan bello. (Urogallos, rebecos, neveros, sol. ¡Ay, compañero, yo casi no puedo aguantar esto!)
Daniel Abascal nos espera. Ha averiguado quiénes somos. Don Paco es
muy popular hasta en La Peña. Le están esperando mocetones a quienes les quitó las amígdalas de chicos. Abascal tira la casa por la ventana. Nos retiene, porque además no podemos subir el puerto. La pista está ocupada por sus catorce carros, que «meten convoy» esta noche. Se les oye bajar dando tumbos y el valle repite, como una caracola, los gritos de los carreros. Unos chicos con un bígaro van avisando que baja la caravana. Al frente, a caballo, uno de los yernos de Abascal dirige la marcha. Tiene todo una grandeza viril, de pueblo vital que se defiende unido. El pequeño Abascal, tan insignificante, contempla todo aquello como un patriarca. (Todo aquello es el aceite para el invierno —también para la lámpara del Santísimo—, y el pan, y las puntillas, y la lana, y el lienzo, y la quinina, y la tubería de plomo, y la herramienta, y el vino, también el vino para consagrar.)
Cuando pasa el último carro y ha salido la luna, que da en La Peña con su luz fría y femenina, subimos el puerto. En el alto de Pandetraves volvemos a encontrar la carretera. Hay allí, abandonado a la noche honrada de estos españoles que no quisieron ser foramontanos, un tesoro: todo lo que no han podido cargar los carros de Abascal (cajas, montones de materiales, fardos) queda bajo la custodia de una noche clara y honesta, hasta el amanecer. Hace frío. (Y tú, compañero, me ibas a decir una tontería: me ibas a decir que esto parece una jornada de película del Oeste. ¡A que sí!)
Rodamos por Tierra de la Reina hacia León. Encendido como un fanal, el parador de Riaño nos restaura. Por Cistierna (donde aún arden en las entrañas de la tierra mineral los bosques que encendió un rayo hace millares de años para hacer la hulla) pasamos hacia el valle de Rueda del Almirante, donde se ha recogido mucho lino. San Miguel de Escalada, gloria de la mozarabía, con sus mil años, está allí. En las tabernas hay calendarios que anuncian las cervecerías «La Modelo» y «Acapulco», de Méjico. De allí es Pablo Díez, un patricio hispanomejicano que envasa tres millones de botellas de cerveza diarias. Los tapones los hacen unos zamoranos del Sayago: ocho millones diarios, Vamos en silencio don Paco y nosotros. Verdaderamente estamos muy impresionados. ¡Qué vasallo! ¡Es España, compañero!
León, 5 de septiembre de 1953
Del libro NUEVO VIAJE DE ESPAÑA “La ruta de los foramontanos”
de (VICTOR DE LA SERNA)