por Rafael Pérez Castells
No soy el águila que sobrevuela las cumbres
ni la negra babosa que se mueve lentamente.
Soy unos ojos como ventanales
por los que entran las rocas fabulosas,
la luz azul que envuelve como un mar lejano las torres de piedra.
Salimos de la niebla en la mañana -
un microcosmos: ecos apagados, perlas flotando en el aire,
las nubes que llegaban al barranco mansamente -.
Somos cuatro y marchamos en silencio,
escuchamos jadear al que nos sigue,
miramos el lugar preciso donde afirmar la bota.
El calor nos alcanza, es una brisa interna
que alimenta las fuentes y los lagos subterráneos:
el cuerpo está saciado de este espacio pequeño, infinito.
Paramos a beber y comer higos y nueces.
La nieve sobre el músculo cansado
deja el frío de más de cien inviernos.
Hay una placa, un nombre y un día.
Debió caer por esta roca: un mal paso, un alud tardío
y se llevó en sus ojos muertos toda la vida hecha de piedra.
Volvemos - más no puede retener la memoria -
la senda se despliega en la pendiente,
la misma senda que, ahora, cuando estamos de vuelta nos sorprende
distinta,
¿será que en el descenso los atajos parecen nuevos
o los torcales entre el matorral bocas de piedra,
o será que al volver, cada canchal, aguja o collado,
reclaman su derecho a la revancha?
Abrí una ventana y vi los dientes de la Tierra,
apuntaban muy alto, por encima de nuestras cinturas,
por eso nos hirieron más profundamente,
donde se unen las sangres, nunca más separadas.
La niebla será casa a partir de este día glorioso,
una casa impalpable que habla abriendo el espacio
y al susurrar se cierra y nos ahoga.
Y al frío solitario en la vigilia
le calmará el rescoldo de las cumbres
que esperan nuestro vuelo sin destino.
Y la boca reseca de pedirle a la vida reposo
buscará en la memoria la frescura
de más de cien inviernos.
Éramos cuatro y somos uno, y aunque
nuestras sombras se alientan en distintos soles
un recuerdo de piedra nos mantiene.
Otros quedan colgados para siempre de las cuerdas
balanceándose sobre los neveros azules:
se les ve como sombras fulgurantes con la última luz.
Volvemos. La memoria está vacía de lo inútil
y llena de visiones sin palabras,
que leemos en las líneas de una mano de dedos formidables;
volvemos al fluir de nuestros actos
y aunque nos gustaría permanecer, volvemos
cargando en la mochila la emoción de la piedra,
tan luminosa y sólida,
que nos quema en la espalda y nos desgarra.
a Javier, Andrea y Ana