viernes, febrero 01, 2013

GONZALO PELAEZ DE COALLA



     El tránsito del siglo XIII al XIV es una época caracterizada por los constantes enfrentamientos entre los señores, bien fueran laicos o eclesiásticos, que buscaban aumentar sus dominios y controlar nuevas tierras. Ante esta amenaza los Concejos y las Pueblas, estas últimas de reciente aparición, pactan acuerdos de mutua ayuda para defenderse ante posibles ataques; estos acuerdos en Asturias se conocen como hermandades que, además, tenían la función de defender los fueros, libertades y privilegios de los Concejos.

     Una primera característica de esta época es la fundación de las denominadas "polas o villas, que constituían un elemento dinamizador del territorio; estas pueblas podían ser de fundación episcopal o de fundación regia, como es el caso de la Puebla de Grado, fundada hacia 1256.

     A parte de este incipiente desarrollo urbano es esta una época muy conflictiva, Por un lado aparece una nobleza rural muy numerosa y turbulenta, menguada en influencia política y fuerza económica.

Por otro lado está la Iglesia, muy poderosa, titular de extensos dominios, a la que está sujeta por relaciones de dependencia señorial una parte importante de la población asturiana, y que goza del favor de los monarcas y de gran influencia en todos los aspectos de la vida.

     En tercer lugar hay un campesinado en el que, si bien no faltan los pequeños propietarios, son mayoría los pobres, sujetos a los gravámenes y presiones señoriales, estando todos expuestos a las continuas tropelías de la incontrolada y turbulenta nobleza local.

     Por último, poco a poco, comienza a surgir una clase urbana que se va desarrollando en las nuevas villas.

Reflejo de esta situación anárquica es el personaje que vamos a historiar: sus hechos, inauditos, feroces y a un tiempo novelescos, hacen dudar de si existió. El Conde Gonzalo Peláez de Coalla, su nombre maldecido, todo lo abarca, todo lo llena durante largos años: en Grado, Oviedo y Quirós dejó sangrientas huellas, conmovió la provincia y escandalizó el reino.

     Fue teatro principal de sus hazañas la Puebla de Grado y su término: allí quemó, saqueó, arrasó a su antojo, en alas de su audacia y ambición, haciendo a esa comarca víctima de un azote, de una plaga, mayor tal vez que la sufrida por ningún otro pueblo en Asturias, con ser tan general el estado de violencia en la Edad Media.

            Nació el Conde en el castillo de Villanueva, y en el coto de este nombre pasó sus primeros años, mostrando un carácter díscolo y sin recibir en absoluto instrucción de ningún género. Valiente, indómito y cruel, el orgullo le cegó siempre; la ley y la justicia nada le importaron como tuviera la fuerza, en la que se basaba para satisfacer sus pasiones. Pronto se distinguió de entre los otros turbulentos nobles del país. Era asturiana su familia, egregia y poderosa,
y fue señor, por herencia, de las torres y tierras de Coalla y de otros muchos bienes, amén del coto de Villanueva.

     Al heredar los señoríos abandonó la cómoda residencia en que naciera y se trasladó al más recio castillo de Coalla, preocupándose de fortificarlo, como los Sitios en las alturas de Vaselgas y Cabrera, pensando acaso que Coalla, por su mayor importancia y situación topográfica, se prestaba mejor que Villanueva a sus insanos fines, con menos riesgo.

     Su temperamento le impulsó en breve a someter a su jurisdicción a la Puebla de Grado y su término.

Inseguro al principio de sus fuerzas, o no pareciéndole propicias las circunstancias, disimuló sus ensueños de dominio y sus exigencias no fueron excesivas; mas con todo, si era contrariado, hacía correrías a los lugares vecinos, y llegó en ocasiones hasta la misma Puebla, pero no extremó su barbarie.

     Acaso presumiera también que a la postre y por temor vendría la sumisión de la villa, y tras ella la del Concejo entero.

     La resuelta actitud de Grado no decayó nunca; pero ese amor santo a sus fueros y régimen, el odio al dominio señorial, hubo de pagarlo, y muy caro por cierto.

Un año hacía apróximadamente que subiera al trono Fernando IV, cuando parecióle al Conde ocasión oportuna de exponer al Rey «los derechos» que le asistían para ser acatado por la Puebla de Grado como dueño y señor, y sin más miramientos pide una Real Carta que obligue a esta villa a prestarle vasallaje.

     Mas la Puebla despachó para Valladolid, sin pérdida de tiempo, sus personeros, con encargo de manifestar al Monarca, respetuosa, pero virilmente, que la Puebla de Grado, presente en las recientes Cortes y Hermandad de 1295, «siempre había sido y lo era entonces lugar de realengo y tenía los derechos y exención de cargas que constaban de modo terminante en su Cartapuebla», cuyo diploma debían mostrar y en efecto mostraron al Soberano.

     Y éste, bien aleccionado, o cauto, justo y convencido, desestimó de plano los infundados alegatos del magnate.

     La cólera del muy poderoso caballero estalló entonces, y desbordándose sus pasiones llama a su lado deudos, amigos, vasallos y forajidos, y se apercibe para imponer brutalmente lo que él llamaba «sus derechos» y vengar lo que él juzgaba insoportable afrenta. Se lanza descaradamente por el camino de la rebelión, en nada repara, y con sus hechos da lugar a que la Historia le llame bandido, incendiario, raptor, sanguinario.

     Su primer acto es caer con su gente sobre las fértiles llanuras que rodean a Grado, y  tala, destruye, arrasa cuanto halla al paso; los caseríos sujetos a la jurisdicción de la villa los convierte en pavesas, y los indefensos habitantes son objeto de horribles atropellos.

     La Puebla, aunque pronta a defenderse, estaba aterrada; vecinos que se aventuraban a salir fuera de los muros, eran robados, sometidos a la tortura y ahorcados seguidamente.

     Doce años largos duró la era de crímenes y bandidaje; y defendiéndose así vivieron los vecinos de Grado y su comarca.

            Dos veces las hordas del Conde pretendieron asaltar los muros de la villa, y aunque fueron frustrados sus intentos... ¡al fin lo consiguieron!

De Pereda, a cuya parroquia quiso el Conde con más empeño que a otras someter a su jurisdicción, por pertenecer a ella, como se ha expuesto, el coto de Villanueva, punto de apoyo, con el castillo, de las correrías del rebelde y refugio de sus secuaces, cuéntanse castigos horrendos, desmanes inconcebibles, y tantos fueron, que Pereda empezó a despoblarse.

     Gurullés, Bayo y Rañeces presenciaron también con frecuencia asesinatos, violencias y robos y se quedaron sin ganados, siendo las parroquias más castigadas, después de Grado y Pereda.

     La Mata hubo de sucumbir a la imposición de la fuerza, pasando a ser coto jurisdiccional del señor de Coalla.

            Pero su principal empeño no lo conseguía: someter a la Puebla. Blanco de las iras de D. Gonzalo por haberse opuesto siempre a reconocer su autoridad, por haber castigado distintas veces la insolencia de sus gentes y ser la causante del desaire que el Monarca le infiriera.

En la perdurable lucha, sin embargo, iba poco a poco, según podía y por la parte de La Mata (hacia donde se extendía el territorio de la villa), avanzando los jalones indicadores del término de sus dominios, arrebatando terreno a la Puebla, circuyéndola a su recinto... iba haciendo insostenible la vida del vecindario.

     Este había hecho cuanto era dable... Fortificó la población en todo el perímetro, las milicias no reposaban, alistándose los hombres útiles sin excepción, y a los que prestaban su concurso mujeres y niños: todos habían sacado fuerzas de flaqueza en mil instantes.

            Ya en 1301 la Puebla acudió al Rey pidiendo auxilio, relatando sus daños, las muertes, los desafueros de que era víctima, sus años de padecer, y el Rey nada remedió porque «no podía»; acudió a la ciudad de Oviedo, y tampoco la ayudó  las luchas con el Obispo y el Cabildo se lo impidieron.

Y corría el tiempo, y la impunidad acrecía las osadías y el número de los forajidos, mientras la Puebla iba agotando su esfuerzo.

     Por fin y con todo, no decidiéndose el Conde a dar un nuevo y franco ataque, ya escarmentado, acaba por fingir que desiste de su empeño, preparando una sorpresa; levanta el campo y lleva sus devastaciones hacia Rañeces y Sama, y aún penetra en alguno de los concejos limítrofes.

     Pero en la noche del l0 de Marzo de 1.308 vióse atacada de improviso y con furia indecible la Puebla de Grado, cuando más desprevenidos se hallaban sus habitantes, y tomada por asalto es presa del fuego, saqueo y pillaje del Conde y sus hordas, que como hienas cayeron sobre el despavorido vecindario. Hombres y niños son pasados a cuchillo o torturados, las mujeres deshonradas y asesinadas después.

     Empero, algunos de los habitantes, huyendo de sus verdugos, lograron refugiarse en el exiguo recinto más sólidamente amurallado y en él salvaron la vida, ya que no sus intereses ni ajuares.

     Tras de aquella muralla rechazaron desesperadamente los refugiados las mesnadas de bárbaros, nutridas de coallarines, que hicieron esfuerzos inauditos para asaltar el recinto y terminar su obra destructora... pero no pudieron, porque flaquearon ante el denuedo de los que en su defensa jugábanse la vida y la de sus hijos y mujeres que allí estaban junto a ellos, inermes, casi desnudos, presa del terror.

     El enemigo llegó a salvar el foso; más quedó diezmado, y comprendiendo lo inútil de sus tentativas o temeroso el Conde de que llegaran de la ciudad socorros a la Puebla, se alejó de estos sitios para no volver jamás, aunque él no lo creyera.

     Tomó el camino de Coalla bien entrado el día, y con todo, satisfecho de su hazaña, en Coalla partió, con sus gentes, el botín de la victoria.

     Su constante anhelo quedaba satisfecho: ¡vengarse de la Puebla! Pero faltábale saldar sus cuentas con el Rey, de quien no olvida el agravio, y abandona presto sus antiguas guaridas, dejando en ellas parte de sus mesnadas, y avanza resueltamente contra el real castillo de Aguilar, que lo toma, por sorpresa también, poco después de la quema de Grado, en los primeros días del mes de Marzo de 1.308.

Breve fue su estancia en Quirós, porque el escándalo que produjo la toma de la real fortaleza y la indignación por la quema de Grado en toda Asturias, hicieron juntarse contra él buen golpe de gente de armas de Oviedo y otros concejos, a los que se unieron los hombres de la Puebla y su término, ávidos de tomar sangriento desquite. Sin embargo, no fue el temor solamente el que obligó al magnate a evacuar la fortaleza, sino además el llamamiento del Obispo de Oviedo, quien pactara con él, y le entregó los castillos de Tudela y Priorio, de los que era señor, por sus disentimientos con la ciudad de Oviedo.

Ello es que resurge en el coto de Olloniego, sometido a la jurisdicción episcopal, y desde el castillo de Tudela continúa su criminal carrera, reforzadas sus bandas con las de su aliado el Obispo, que poco o nada tenían que envidiar a las del Conde. Los pueblos pertenecientes a la ciudad de Oviedo y a los concejos de la Ribera y de Nora son ahora el teatro de sus nuevas hazañas.

     Y en tanto, ¿qué ocurría en la Puebla de Grado? Alejado el peligro inmediato, reconstruíanse muros y moradas, cicatrizábanse heridas, previniéndose para lo futuro, y seguíase peleando contra los forajidos que quedaran en Coalla y Vílanueva, afianzando la jurisdicción hasta donde primeramente marcaban los jalones de la Puebla.

     Cundió en Oviedo la alarma al ver al de Coalla dueño del castillo de Tudela, cuya estratégica situación le hacia dominar el más utilizable camino entre Asturias y León, con lo que se imposibilitó el comercio entre las dos regiones a causa de las matanzas, robos de mercaderías y ganados que se sucedieron, escandalosamente perpetrados por los rebeldes.

     Para evitar más graves males busca Oviedo aliados y propone a la Puebla de Grado fiar en el esfuerzo común la seguridad de vidas y haciendas, prescindiendo de la autoridad real, irrisoria por la distancia de la Corte y las guerras con los sarracenos.

     La alianza es aceptada, y en consecuencia la ciudad de Oviedo y la Puebla de Grado, con sus alfoces, otorgan la Carta de Hermandad a 21 de Octubre de 1.309 para ayudarse mutuamente contra Gonzalo Peláez de Coalla y los suyos.

     Buen número de particulares se conciertan también con la ciudad y la villa, y se les otorga carta de vecindad con cláusula obligatoria de servir «con sus cuerpos y sus armas» contra el Conde Peláez y sus secuaces.

     La provincia toda se convierte entonces en un inmenso campo de batalla. De un lado, el Obispo, el Cabildo y el Conde; de otro, los concejos de Oviedo y Grado, apoyados por los de la Ribera y de Nora y algunos otros, más los partidarios con ellos hermanados.

     Toma la lucha carácter de guerra civil, viniendo a aumentar las penurias y desdichas de los pueblos, hasta que reinando Alfonso Xl se pensó seriamente en terminar tan espantoso desbarajuste, reprimiendo con mano dura esa lucha extraña, encarnada dentro de la región asturiana, y rehabilitar la autoridad real, desconocida por unos y despreciada por otros.

     Cumpliendo, pues, como buenos los tutores del Rey niño, escriben en Octubre de 1.315 una carta al Obispo de Oviedo y su Cabildo para que más no se aliente al de Coalla, censurando agriamente el abuso que hacían de su autoridad y poder, y al propio tiempo mandan a Rodrigo Alvarez de las Asturias, Comendero del Rey, que pase a tierra de Oviedo, se encargue del gobierno, y con fuerzas bastantes que ha de llevar consigo, imponga el orden y la paz.

     No era fácil reducir a la obediencia al Conde Peláez, pero al nuevo Gobernador adornábanle relevantes cualidades, y como además venía a defender una causa simpática a la masa del país, pudo llevar a feliz término la misión que se le encomendara.

     Así que el caudillo fiel pisa el suelo asturiano enarbolando el estandarte real, corren a su lado las milicias concejiles y cuantos apoyaban la causa de los concejos, formando un verdadero ejército, a cuyo frente penetra el Comendero en el coto de Olloniego, y sin serio contratiempo logra en cerrar a los rebeldes en el baluarte de Tudela.

     En él resiste tenazmente el Conde. Cuatro meses duró el cerco, y hubo de pedir el caudillo del Rey, a los alcaldes y justicias de Oviedo, máquinas y útiles de guerra con el fin de batir la fortaleza, que le fueron enviadas, a pesar del requerimiento del Obispo para que «los fierros et cuerdas del Engenno» no saliesen de la ciudad.

     Formalizado por último el ataque, se tomó el castillo por asalto en la primavera de 1.316, siendo luego desmantelado. Pero su defensor logra escapar con algunos de los suyos.

     Consumada la tragedia de Tudela, las gentes de la Puebla de Grado y sus contornos entran en son de guerra en tierras de Coalla, destruyen sus "torres", talan y queman con ira, nada quedó, y los coallarines que no pueden huir son pasados a cuchillo, alcanzando igual suerte a los habitantes del coto de Villanueva.

     En tanto el Conde, perseguido, acosado, consigue salir de Asturias, y busca refugio en el reino de Aragón o en el de Navarra, no puede asegurarse. Son confiscados sus bienes, y muere en el destierro, pobre, obscuramente, abandonado de todos.

     Tal fue el fin de este hombre prepotente, temido, cuyo recuerdo amargo dura aún, a través de seis siglos, en los pueblos que inhumanamente sacrificó.

Extracto de la obra Grado y su concejo de Álvaro Fernández Miranda.

Trabajo realizado por  ANTONIO MANUEL HUERTA NUÑO