El tránsito del
siglo XIII al XIV es una época caracterizada por los constantes enfrentamientos
entre los señores, bien fueran laicos o eclesiásticos, que buscaban aumentar
sus dominios y controlar nuevas tierras. Ante esta amenaza los Concejos y las
Pueblas, estas últimas de reciente aparición, pactan acuerdos de mutua ayuda
para defenderse ante posibles ataques; estos acuerdos en Asturias se conocen
como hermandades que, además, tenían la función de defender los fueros, libertades
y privilegios de los Concejos.
Una primera característica de esta época es la fundación de
las denominadas "polas o villas, que constituían un elemento dinamizador
del territorio; estas pueblas podían ser de fundación episcopal o de fundación
regia, como es el caso de la Puebla de Grado, fundada hacia 1256.
A parte de este
incipiente desarrollo urbano es esta una época muy conflictiva, Por un lado
aparece una nobleza rural muy numerosa y turbulenta, menguada en influencia
política y fuerza económica.
Por otro lado está la Iglesia, muy poderosa, titular de
extensos dominios, a la que está sujeta por relaciones de dependencia señorial
una parte importante de la población asturiana, y que goza del favor de los
monarcas y de gran influencia en todos los aspectos de la vida.
En tercer lugar
hay un campesinado en el que, si bien no faltan los pequeños propietarios, son
mayoría los pobres, sujetos a los gravámenes y presiones señoriales, estando
todos expuestos a las continuas tropelías de la incontrolada y turbulenta
nobleza local.
Por último, poco a
poco, comienza a surgir una clase urbana que se va desarrollando en las nuevas
villas.
Reflejo de esta situación anárquica es el
personaje que vamos a historiar: sus hechos, inauditos, feroces y a un tiempo novelescos,
hacen dudar de si existió. El Conde Gonzalo Peláez de Coalla, su
nombre maldecido, todo lo abarca, todo lo llena durante largos años: en Grado,
Oviedo y Quirós dejó sangrientas huellas, conmovió la provincia y escandalizó
el reino.
Fue teatro
principal de sus hazañas la Puebla de Grado y su término: allí quemó, saqueó,
arrasó a su antojo, en alas de su audacia y ambición, haciendo a esa comarca
víctima de un azote, de una plaga, mayor tal vez que la sufrida por ningún otro
pueblo en Asturias, con ser tan general el estado de violencia en la Edad
Media.
Nació el Conde en el castillo de
Villanueva, y en el coto de este nombre pasó sus primeros años, mostrando un
carácter díscolo y sin recibir en absoluto instrucción de ningún género.
Valiente, indómito y cruel, el orgullo le cegó siempre; la ley y la justicia
nada le importaron como tuviera la fuerza, en la que se basaba para satisfacer
sus pasiones. Pronto se distinguió de entre los otros turbulentos nobles del
país. Era asturiana su familia, egregia y poderosa,
y fue señor, por herencia,
de las torres y tierras de Coalla y de otros muchos bienes, amén del coto de
Villanueva.
Al heredar los
señoríos abandonó la cómoda residencia en que naciera y se trasladó al más
recio castillo de Coalla, preocupándose de fortificarlo, como los Sitios en las
alturas de Vaselgas y Cabrera, pensando acaso que Coalla, por su mayor
importancia y situación topográfica, se prestaba mejor que Villanueva a sus
insanos fines, con menos riesgo.
Su temperamento le impulsó en breve a someter a su jurisdicción
a la Puebla de Grado y su término.
Inseguro al principio de
sus fuerzas, o no pareciéndole propicias las circunstancias, disimuló sus
ensueños de dominio y sus exigencias no fueron excesivas; mas con todo, si era
contrariado, hacía correrías a los lugares vecinos, y llegó en ocasiones hasta
la misma Puebla, pero no extremó su barbarie.
Acaso presumiera también que a la postre y por temor vendría la
sumisión de la villa, y tras ella la del Concejo entero.
La resuelta actitud de Grado no decayó nunca; pero ese amor
santo a sus fueros y régimen, el odio al dominio señorial, hubo de pagarlo, y
muy caro por cierto.
Un año hacía
apróximadamente que subiera al trono Fernando IV, cuando parecióle al Conde
ocasión oportuna de exponer al Rey «los derechos» que le asistían para ser
acatado por la Puebla de Grado como dueño y señor, y sin más miramientos pide
una Real Carta que obligue a esta villa a prestarle vasallaje.
Mas la Puebla
despachó para Valladolid, sin pérdida de tiempo, sus personeros, con encargo de
manifestar al Monarca, respetuosa, pero virilmente, que la Puebla de Grado,
presente en las recientes Cortes y Hermandad de 1295, «siempre había sido y lo
era entonces lugar de realengo y tenía los derechos y exención de cargas que
constaban de modo terminante en su Cartapuebla», cuyo diploma debían mostrar y
en efecto mostraron al Soberano.
Y éste, bien aleccionado, o cauto, justo y convencido, desestimó
de plano los infundados alegatos del magnate.
La cólera del muy
poderoso caballero estalló entonces, y desbordándose sus pasiones llama a su
lado deudos, amigos, vasallos y forajidos, y se apercibe para imponer
brutalmente lo que él llamaba «sus derechos» y vengar lo que él juzgaba insoportable
afrenta. Se lanza descaradamente por el camino de la rebelión, en nada repara,
y con sus hechos da lugar a que la Historia le llame bandido, incendiario,
raptor, sanguinario.
Su primer acto es
caer con su gente sobre las fértiles llanuras que rodean a Grado, y tala, destruye, arrasa cuanto halla al paso;
los caseríos sujetos a la jurisdicción de la villa los convierte en pavesas, y
los indefensos habitantes son objeto de horribles atropellos.
La Puebla, aunque
pronta a defenderse, estaba aterrada; vecinos que se aventuraban a salir fuera
de los muros, eran robados, sometidos a la tortura y ahorcados seguidamente.
Doce años largos
duró la era de crímenes y bandidaje; y defendiéndose así vivieron los vecinos
de Grado y su comarca.
Dos veces las hordas del Conde pretendieron
asaltar los muros de la villa, y aunque fueron frustrados sus intentos... ¡al
fin lo consiguieron!
De Pereda, a cuya parroquia quiso el Conde con más empeño
que a otras someter a su jurisdicción, por pertenecer a ella, como se ha
expuesto, el coto de Villanueva, punto de apoyo, con el castillo, de las
correrías del rebelde y refugio de sus secuaces, cuéntanse castigos horrendos,
desmanes inconcebibles, y tantos fueron, que Pereda empezó a despoblarse.
Gurullés, Bayo y
Rañeces presenciaron también con frecuencia asesinatos, violencias y robos y se
quedaron sin ganados, siendo las parroquias más castigadas, después de Grado y
Pereda.
La Mata hubo de
sucumbir a la imposición de la fuerza, pasando a ser coto jurisdiccional del
señor de Coalla.
Pero su principal empeño no lo
conseguía: someter a la Puebla. Blanco de las iras de D. Gonzalo por haberse
opuesto siempre a reconocer su autoridad, por haber castigado distintas veces
la insolencia de sus gentes y ser la causante del desaire que el Monarca le
infiriera.
En la perdurable lucha, sin embargo, iba poco a poco, según
podía y por la parte de La Mata (hacia donde se extendía el territorio de la
villa), avanzando los jalones indicadores del término de sus dominios,
arrebatando terreno a la Puebla, circuyéndola a su recinto... iba haciendo
insostenible la vida del vecindario.
Este había hecho
cuanto era dable... Fortificó la población en todo el perímetro, las milicias
no reposaban, alistándose los hombres útiles sin excepción, y a los que prestaban
su concurso mujeres y niños: todos habían sacado fuerzas de flaqueza en mil
instantes.
Ya en 1301 la Puebla acudió al Rey
pidiendo auxilio, relatando sus daños, las muertes, los desafueros de que era
víctima, sus años de padecer, y el Rey nada remedió porque «no podía»; acudió a
la ciudad de Oviedo, y tampoco la ayudó
las luchas con el Obispo y el Cabildo se lo impidieron.
Y corría el tiempo, y la
impunidad acrecía las osadías y el número de los forajidos, mientras la Puebla
iba agotando su esfuerzo.
Por fin y con todo, no decidiéndose el Conde a dar un nuevo y
franco ataque, ya escarmentado, acaba por fingir que desiste de su empeño,
preparando una sorpresa; levanta el campo y lleva sus devastaciones hacia
Rañeces y Sama, y aún penetra en alguno de los concejos limítrofes.
Pero en la noche del l0 de Marzo de 1.308 vióse
atacada de improviso y con furia indecible la Puebla de Grado, cuando más
desprevenidos se hallaban sus habitantes, y tomada por asalto es presa del
fuego, saqueo y pillaje del Conde y sus hordas, que como hienas cayeron sobre
el despavorido vecindario. Hombres y niños son pasados a cuchillo o torturados,
las mujeres deshonradas y asesinadas después.
Empero, algunos de los habitantes, huyendo de sus verdugos,
lograron refugiarse en el exiguo recinto más sólidamente amurallado y en él
salvaron la vida, ya que no sus intereses ni ajuares.
Tras de aquella muralla rechazaron desesperadamente los
refugiados las mesnadas de bárbaros, nutridas de coallarines, que hicieron
esfuerzos inauditos para asaltar el recinto y terminar su obra destructora...
pero no pudieron, porque flaquearon ante el denuedo de los que en su defensa
jugábanse la vida y la de sus hijos y mujeres que allí estaban junto a ellos,
inermes, casi desnudos, presa del terror.
El enemigo llegó a salvar el foso; más quedó diezmado, y
comprendiendo lo inútil de sus tentativas o temeroso el Conde de que llegaran
de la ciudad socorros a la Puebla, se alejó de estos sitios para no volver jamás, aunque él no lo creyera.
Tomó el camino de Coalla bien entrado el día, y con todo,
satisfecho de su hazaña, en Coalla partió, con sus gentes, el botín de la
victoria.
Su constante anhelo quedaba satisfecho: ¡vengarse de la Puebla!
Pero faltábale saldar sus cuentas con el Rey, de quien no olvida el agravio, y
abandona presto sus antiguas guaridas, dejando en ellas parte de sus mesnadas,
y avanza resueltamente contra el real castillo de Aguilar, que lo toma, por
sorpresa también, poco después de la quema de Grado, en los primeros días del
mes de Marzo de 1.308.
Breve fue su estancia en Quirós, porque el escándalo que
produjo la toma de la real fortaleza y la indignación por la quema de Grado en
toda Asturias, hicieron juntarse contra él buen golpe de gente de armas de
Oviedo y otros concejos, a los que se unieron los hombres de la Puebla y su
término, ávidos de tomar sangriento desquite. Sin embargo, no fue el temor
solamente el que obligó al magnate a evacuar la fortaleza, sino además el
llamamiento del Obispo de Oviedo, quien pactara con él, y le entregó los
castillos de Tudela y Priorio, de los que era señor, por sus disentimientos con
la ciudad de Oviedo.
Ello es que resurge en el coto de Olloniego, sometido a la
jurisdicción episcopal, y desde el castillo de Tudela continúa su criminal
carrera, reforzadas sus bandas con las de su aliado el Obispo, que poco o nada
tenían que envidiar a las del Conde. Los pueblos pertenecientes a la ciudad de
Oviedo y a los concejos de la Ribera y de Nora son ahora el teatro de sus
nuevas hazañas.
Y en tanto, ¿qué
ocurría en la Puebla de Grado? Alejado el peligro inmediato, reconstruíanse
muros y moradas, cicatrizábanse heridas, previniéndose para lo futuro, y seguíase
peleando contra los forajidos que quedaran en Coalla y Vílanueva, afianzando la
jurisdicción hasta donde primeramente marcaban los jalones de la Puebla.
Cundió en Oviedo
la alarma al ver al de Coalla dueño del castillo de Tudela, cuya estratégica
situación le hacia dominar el más utilizable camino entre Asturias y León, con
lo que se imposibilitó el comercio entre las dos regiones a causa de las
matanzas, robos de mercaderías y ganados que se sucedieron, escandalosamente
perpetrados por los rebeldes.
Para evitar más
graves males busca Oviedo aliados y propone a la Puebla de Grado fiar en el
esfuerzo común la seguridad de vidas y haciendas, prescindiendo de la autoridad
real, irrisoria por la distancia de la Corte y las guerras con los sarracenos.
La alianza es
aceptada, y en consecuencia la ciudad de Oviedo y la Puebla de Grado, con sus
alfoces, otorgan la Carta de Hermandad a 21 de Octubre de 1.309 para ayudarse mutuamente
contra Gonzalo Peláez de Coalla y los suyos.
Buen número de
particulares se conciertan también con la ciudad y la villa, y se les otorga
carta de vecindad con cláusula obligatoria de servir «con sus cuerpos y sus
armas» contra el Conde Peláez y sus secuaces.
La provincia toda
se convierte entonces en un inmenso campo de batalla. De un lado, el Obispo, el
Cabildo y el Conde; de otro, los concejos de Oviedo y Grado, apoyados por los
de la Ribera y de Nora y algunos otros, más los partidarios con ellos hermanados.
Toma la lucha
carácter de guerra civil, viniendo a aumentar las penurias y desdichas de los
pueblos, hasta que reinando Alfonso Xl se pensó seriamente en terminar tan
espantoso desbarajuste, reprimiendo con mano dura esa lucha extraña, encarnada
dentro de la región asturiana, y rehabilitar la autoridad real, desconocida por
unos y despreciada por otros.
Cumpliendo, pues,
como buenos los tutores del Rey niño, escriben en Octubre de 1.315 una carta al
Obispo de Oviedo y su Cabildo para que más no se aliente al de Coalla,
censurando agriamente el abuso que hacían de su autoridad y poder, y al propio
tiempo mandan a Rodrigo Alvarez de las Asturias, Comendero del Rey, que pase a
tierra de Oviedo, se encargue del gobierno, y con fuerzas bastantes que ha de
llevar consigo, imponga el orden y la paz.
No era fácil
reducir a la obediencia al Conde Peláez, pero al nuevo Gobernador adornábanle
relevantes cualidades, y como además venía a defender una causa simpática a la
masa del país, pudo llevar a feliz término la misión que se le encomendara.
Así que el
caudillo fiel pisa el suelo asturiano enarbolando el estandarte real, corren a
su lado las milicias concejiles y cuantos apoyaban la causa de los concejos,
formando un verdadero ejército, a cuyo frente penetra el Comendero en el coto
de Olloniego, y sin serio contratiempo logra en cerrar a los rebeldes en el
baluarte de Tudela.
En él resiste
tenazmente el Conde. Cuatro meses duró el cerco, y hubo de pedir el caudillo
del Rey, a los alcaldes y justicias de Oviedo, máquinas y útiles de guerra con
el fin de batir la fortaleza, que le fueron enviadas, a pesar del requerimiento
del Obispo para que «los fierros et cuerdas del Engenno» no saliesen de la
ciudad.
Formalizado por
último el ataque, se tomó el castillo por asalto en la primavera de 1.316,
siendo luego desmantelado. Pero su defensor logra escapar con algunos de los
suyos.
Consumada la
tragedia de Tudela, las gentes de la Puebla de Grado y sus contornos entran en
son de guerra en tierras de Coalla, destruyen sus "torres", talan y
queman con ira, nada quedó, y los coallarines que no pueden huir son pasados a
cuchillo, alcanzando igual suerte a los habitantes del coto de Villanueva.
En tanto el Conde,
perseguido, acosado, consigue salir de Asturias, y busca refugio en el reino de
Aragón o en el de Navarra, no puede asegurarse. Son confiscados sus bienes, y
muere en el destierro, pobre, obscuramente, abandonado de todos.
Tal fue el fin de
este hombre prepotente, temido, cuyo recuerdo amargo dura aún, a través de seis
siglos, en los pueblos que inhumanamente sacrificó.
Extracto de la obra Grado y su concejo de Álvaro Fernández Miranda.
Trabajo
realizado por ANTONIO MANUEL HUERTA NUÑO