miércoles, mayo 03, 2006

LA CONQUISTA DEL NARANJO, VERSION DE "EL CÁINEJO"

Aquí se relata, por parte de Gregorio Pérez Demaría, El Cainejo, la proeza realizada por él y por D. Pedro Pidal, Marques de Villaviciosa, en el verano de 1904, haciendo posible lo que nadie había conseguido nunca: La Conquista del Naranjo de Bulnes.

Este relato apareció en 1918 en el libro “Picos de Europa”, escrito por D. Pedro Pidal y D. José Fernández Zabala y también en la revista “Alpina” del Club Alpino Español.

Esta publicación se realiza sin cambiar nada, tal cual fue publicada, con la peculiar forma de expresarse de su protagonista.


“En el día 2 de agosto de 1904 estaba yo segando yerba encima del pueblo de Caín de arriba. Caminaba a buen paso un asturiano que se dirigía onde yo estaba segando y después de saludarnos me dice:

-Vengo a buscarte

-¿Y luego?

-Hoy llegó a la Vega de Ario D. Pedro Pidal y dijo que té había escrito una carta para que estuvieras hoy en la Vega de Ario, pero vino él primero que la carta..

-Bueno, dile a don Pedro que al ser de día estaré en la Vega.

Y marchó a escape, pues dijo no tener nadie en la majada. Bajé a la tarde a casa y después de cenar, como había buena luna, eché a andar. Llegué a la Vega muy de mañana y va me salió al entro D, Pedro. Nos saludamos y le pregunto:

-¿Quién ha venido con usted?

-Dos señores; de Oviedo uno, y de Gijón el otro.

Llegamos a la tienda de campaña y me los presentó, pues estaban durmiendo todavía en sus colchones de viento, pues estaban molestados a pesar de haber venido en caballo, Me dice:

-Bueno, ¿estás dispuesto a que vayamos hoy a hacer la ascensión a Torre Santa?

-Por mí cuando usted guste.

-Bueno, ya tengo yo preparado lo que hemos de llevar. Mira si hará falta más.

Me enseñó la morrala y veo una magnífica cuerda; me dijo haberla comprado en Londres, y que había comestibles bastantes para el día. Vestí mi morrala y echamos a andar, después de haber encargado a un mozo que, levantados los dos señores, los llevase a tomar una vista a la Torre de Jultayo, pues estaba cerca y era buena tierra, dando vista a Caín

Llegamos nosotros al Hoyo de la Capilla y como había buena agua nos pusimos a almorzar. Sacó D. Pedro su mapa y me preguntó:

-¿Cuála es Peña Santa de Enol?

Y se la enseñé, pues, aunque es un poco más baja que Torre Santa, como está delante de ésta, por la parte de Asturias se ve más tierra.

-Y ¿qué te parece? ¿Tendremos tiempo para subir a la dos?

-Si, señor. Hay día para todo.

Echamos a andas y mirando cómo corrían los rebecos que huían de nosotros. Nos dirigimos a la Peña Santa de Enol, que es la primera. En menos de una hora subimos a lo alto, donde había una pilastra echa a mano por el Conde de Saint Saud y sus guías. Sacó Don Pedro sus antiojos y recorrió desde allí hasta el mar y desde las Cordilleras del Puerto de Pajares hasta las montañas de Llanes, y más allá contra la provincia de Santander. Todo se veía, pues era un día escampao, sin una chispa de niebla, que era lo que deseaba Don Pedro. Bajamos en media hora onde teníamos la morrala y la cuerda, que para subir a esta Torre sabía yo que no hacía falta la cuerda. La vestí otra vez y echamos a andar para Torre Santa. Llegamos al pie y allí tuvimos que hacer uso de la cuerda; subimos aquel paso y la dejamos allí, pues de allí para arriba comprendí que no nos hacía falta; no porque sea buena tierra; pero vi que Don Pedro se atrevía tanto como yo o poco menos. Llegamos a lo más alto y nos encontramos con otra pilastra echa por el mismo Conde. Desde allí es el divisar tierra para la parte de Castilla, pues yo creo que se verá hasta más allá de las montañas de Sierra Morena (!!!). D. Pedro se asentó a mirar con los antiojos y yo como no había dormido nada la noche anterior, me quedé dormido sobre una llastra muy llana, cuando el ruido de unas fuertes voces me despertaron. Era D. Pedro que con los anteojos alcanzó a ver a los dos señores en la Torre de Jultayo, que a la sazón se levantaban para volver atrás. Les vociaba por ver si le oían, pero era imposible por la mucha distancia y la mucha altura que teníamos nosotros sobre ellos.

No se cansa nunca de mirar D. Pedro a un lado y a otro, hasta que tuve que darle prisa, que nos hacía falta el tiempo para volver a la Vega. Emprendimos la bajada que es larga, pero no es mala. Al bajar nos juntamos con dos cazadores de Soto Sajambre. Bajamos a comer a la Fuente de las balas; las hay de piedra roja, echas como a molde; por cierto que cogió algunas y las guardó; desde allí a la Vega todo es atravesar para adelante. Llevamos una tarde muy divertida, mirando los rebecos que saltaban a un lado y a otro, cómo salían de sestear para ponerse a cenar. De tiempo de tarde llegamos a la Vega a las seis media o las siete.

A otro día de mañana batieron la tienda, pues como el día antes, camino de Pena Santa, habíamos hablado de ir a hacer una tentativa al Naranjo de Bulnes y quedamos concertaos en eso, era preciso madrugar. Cargamos los caballos, apartamos lo necesario para nosotros, y les dice a los dos señores y a un mozo que les acompañaba:

-Bueno, si ustedes me permiten yo me marcho por aquí con Gregorio, a hacer la ascensión al Naranjo de Bulnes si nos es posible; bajan con esto a Covadonga y a Cangas, entregan esta tarjeta al señor Dosal, que me remita un coche a la Hermida para el día 7.

Nos despedimos y echamos a andar espalda con espalda. Bajamos a Ustón y al río Cares; allí almorzamos, pasamos al río Cares por un pontigo; emprendimos al Monte Llué arriba, que tiene una legua de largo; subimos a la Collada de Cerredo, tomamos el fresco un rato, pues desde allí a la Majada de Camburero, que teníamos que ir a dormir, todo era alante en travesía y casi por sombra. En la Majada de Orande, en una cueva que tiene una fuente; comimos y bebimos y allí mandamos razón por un pastor de Bulnes, a Inocencio, que subiera de mañana a Camburero, íbamos a ver si éramos de subir al Naranjo, para que nos ayudase algo; pero como le diera el aviso tarde, no subió. Echamos a andar, deseoso D. Pedro de dar vista al Naranjo, pero como Camburero está metido en un hoyo como media legua por bajo del Naranjo, hasta no llegar cerca no se nos ponía a la vista por donde nosotros íbamos; llegamos a un alto en e cima de Camburero y ya se nos presentó el pico cortao, liso y derecho por tres costaos; sacó D. Pedro los antiojos y de allí examinamos por onde pudiéramos embestir, dao caso que por lo que veíamos de allí pudiéramos subir a un descanso que nos presentaba menos de a la metá del pico.

Bajamos a la majada; nos preguntan los pastores el objeto de ir por allí sin escopetas; se lo hemos dicho y dicen ellos:

-Bien atrevidos los hubo en Bulnes y los hay también, y nunca subió arriba nadie; pero es que ni los rebecos tampoco.

-Pero nosotros, confiaos en nuestras mañas y nuestra buena cuerda, tenemos confianza.

A otro día, que era el 5. esperamos un poco por Inocencio; viendo que no venía, echamos a andar, almorzamos bien en una fuente al pie del mismo pico, le damos una vuelta y vemos que por el costao que mira al Norte podríamos subir al descanso que decíamos por la tarde. Dije:

-Bueno; quédese usted aquí; ahora voy a subir yo allá arriba si puedo y pasar a la horcada que veíamos ayer, que de allí ya se ve y registra de allí para arriba.

Me descalcé a pie puro, lo dejé allí con la morrala debajo de una piedra; embisto la peña; fui pasando y subiendo llastralezas y pasos medianos; perdí de vista a don Pedro por tener que atravesar hasta la horcada que decíamos allí; me asenté y lo registré bien: se veían unos saltos y unos canalizos que no pareció tan malo como resultó; volví atrás hasta llegar a la vista de mi compañero, y le digo a D. Pedro:

-¿Sabe Vd. que no se me hace tan malo como lo ponían? Se me figura lo peor de ahí aquí.

Y marchó hacia donde yo estaba, con tanta arrogancia como si fuera a subir por un valle arriba; le mandé que se asentara y esperase allí hasta que yo bajara onde él para ayudarle, que era muy malo todo aquello; así lo hizo; bajé onde estaba él y nos amarremos bien uno por cada punta de soga; como yo estaba ya descalzo, mis pies pegaban bien a la peña, pero también u mejor pegaban las alpargatas de D. Pedro. Fuimos subiendo poco a poco hasta una llambria que había que atravesar bastante pendicular y sin agarradero ninguno; pasé yo delante y con la cuerda favorecí a D. Pedro, y pasó también; y entonces me dijo D. Pedro:

- Sabes que esta lúcia de peña se parece aquel sitio que pasamos el año pasado, cuando pasemos desde Caín a Cuestaduja y a la Collada de Cerredo, aquella llastra que llamáis vosotros la llambrialinia? Y con este nombre se quedó y en verdad nos valió mucho para bajar.

Subimos otro poco más arriba y después tuvimos que travesar un cacho p’adelante hasta llegar al sitio donde había llegado yo primero, a un descanso que hacía la peña y se descubría la mayor parte de lo que faltaba por subir. Allí nos asentamos a descansar un poco y registrar con los antiojos cualo sería de lo malo lo mejor, pero todo nos pareció imposible, menos unos canalizos muy estrechos con algunos saltos de unos a otros y muy plomo arriba; y hemos dicho: si habemos de subir, tiene que ser por allí; y entonces, aunque la divina providencia lo hubiera ordenado, empiezan a reunirse ramos le niebla y se cerró por entero en un cuarto de hora y fue lo que nos favoreció, después de Dios y la cuerda, para subir y bajar, porque nos quitó el asombro que metía el mirar pa abajo. Fuimos subiendo poquito a poco un gran cacho para arriba, hasta que tropezamos un muy alto salto que formaba panza en el medio y derechaba tan plomo arriba como un árbol entornao y sin agarraderas ni sitio onde poner los pies. Empezó D. Pedro a registrar y me dijo:

-¿Sabes, Gregorio; que aquí hay un gran agarradero?

Se agarró bien una mano de él, afianzó bien los pies y me dijo:

-Apoya los pies sobre mis hombros.

Así lo hice y después sobre la cabeza, y después me empujó los pies con una mano y entonces me enganché mis manos a un buen agarradero y me eché fuera. Subí más arriba, aseguré bien los pies y le dije a don Pedro:

-Bueno, yo ya subí; prepárese usted.

-¿Estás ya bien seguro?

-Sí, señor

-Pues, arriba.

Empieza a esgatuñar y yo a tirar de la cuerda: en siguida llegó a mis pies, anduvimos otro cacho bueno para arriba que era menos malo, a la que tropezamos otro paso como el anterior; lo miramos bien y resolvimos valernos de las mañas que nos valimos para subir al otro; pero nos costó un poco más de trabajo por tener yo ya los pulsos algo cansados; pero por fin también subimos aquel paso. Ya decíamos nosotros: no llegamos nunca al alto, porque las piedras que desprendíamos nosotros y la cuerda por estar mal seguras, las oíamos bajar rugiendo; pero no oíamos dar abajo y por lo tanto nos creíamos ir ya may altos.

Anduvimos un poco más arriba y advertimos que la niebla se bajaba un tanto y que los rayos del sol pasaban por encima de nosotros y que se veía un cielo azul que daba gusto; ya advertimos que se bia lo más alto.

Soltamos la cuerda y la dejamos atrás y llegamos a la cumbre; nos asentamos sobre unas piedras un poquito, que subíamos cansados. Sacó D. Pedro los antiojos y empieza a mirar a todos laos, porque como la niebla estaba baja, echa una vega, se veía la mar de tierra y rebecos en aquella torre, en aquel pico, en aquel nevero, en aquel hoyo, en aquella verdiana, paciendo. ¡Qué gusto encontrarse en aquella altura y donde nadie había pisado! Tomamos unos caramelos por la mucha sed que teníamos y nos pusimos a trabajar para dejarlo a la vista las pruebas de la verdad; nos pusimos hacer en la parte más dominante una pilastra cada uno; yo la hice de mi altura, firme y bien construida; me manda D. Pedro que le asegure la suya; la retaque bien hasta dejarla segura; hicimos otra entre los dos con tres grandes piedras bien asentadas unas sobre otras, en forma que se ven de muy largo y se verán siempre, a menos que algún rayo o chispa eléctrica las derribe, que aquí se conocen que caen con frecuencia.

Emprendimos otra vez la bajada, que ya la considerábamos más difícil; fuimos bajando hasta encontrar la cuerda, nos volvimos a meter entre la niebla, bajemos hasta el último paso malo de la subida; se amarró bien D. Pedro por su cintura, con la cuerda que era bien segura, me aseguré yo para tener y bajó toda la largura de la cuerda; trato de bajar yo, pero no era posible; él no me podía ayudar, y yo no encontraba de que me agarrar; ya decía:

-Pero, Dios mío. ¿Cómo subiría yo por aquí?

Hasta que dice D. Pedro:

-Mira a ver si encuentras a qué agarrar la soga.

Reparé y vi un canalizo en la peña, hecho por las aguas; anudé bien la cuerda, la metí en el canalizo, la atesté bien con piedras, tiré de ella y vi que estaba segura; me agarré de ella y en un instante bajé donde D. Pedro; tiré de la navaja y corté la cuerda; anduvimos para abajo hasta el otro paso malo. Bajó D. Pedro y yo con la misma dificultad que arriba, hasta queme dice D. Pedro:

-Vas a terciar la cuerda detrás de aquel pico que hace la peña.

Digo:

-Doblada no va a alcanzar, que ya es más corta.

Nos soltamos; la doblé tras de el pico y bajaron las puntas hasta cogerlas D. Pedro; me agarré de ella y bajé enseguida. Echamos andar, y allí por evitar un paso algo mediano que había para bajar al descanso que hacía la peña, donde habíamos estado sentados al subir, determiné bajar por otro lao. D. Pedro no quería; más valía lo malo conocido que lo bueno por conocer y tenía razón. Seguí por allí y desorientamos. Dejé a D. Pedro asentado y empiezo a registrar por aquí y por allí; encontré una cagada de un pájaro que la vi por la mañana cuando fui y volví; bajé un poco más abajo y me encuentro con la llambrialina. Llamé a D. Pedro le dije:

-Aquí está la llambrialina.

-¿Tú estás seguro que lo es?

-Sí, señor.

-Fíjate bien.

Y el caso no era para menos: la niebla puesta, la noche encima, desorientados en la torre sin tener donde dormir, no siendo que nos atáramos a alguna peña con la cuerda. Volví a subir donde D. Pedro y bajó todo lo que dio la cuerda y me llama:

-Tienes razón, que esta es la llambrialina; ahoya ya estamos bien, que ya estamos cerca de abajo.

Bajemos otro poco y enseguida llegamos al sitio donde teníamos mi calzao y lo demás equipo.

Allí, besemos ambos la cuerda por ser la que nos ayudó a subir y bajar, miró su reló y eran las siete de la tarde. Cogimos un chorizo cada uno y echamos andar, llegamos a la fuente donde habíamos almorzao; secos de sed, bebimos, tomamos otro chorizo y buenas conservas y echamos andar, pero enseguida nos cogió la noche por unas pedrizas abajo, sin camino alguno y en terreno poco conocido. La niebla puesta y cerrada y de noche, trompicábamos a cada momento; no sabíamos por donde andábamos. Vociábamos a los pastores de la majada, pero no sentíamos responder a nadie: lo que sonaban eran peñas rodar por aquellas pedrizas y por aquello comprendíamos que estábamos muy altos. Aquí caíamos, allí nos levantábamos; fuimos bajando mucho más y volvimos a vociar, y entonces ya nos contestó una pastora, que como tenía sus vacas un poco desviadas de la majada, escureció ordeñándolas. Y como sabia que estábamos arriba y nos oyó vociar, nos esperó, por más que nosotros les habíamos dicho por la noche que si no éramos de subir al Naranjo no volvíamos por allí, que nos dirigíamos a los Tiros del Rey y al casetón de Áliva y de allí a las minas de Ándara,

Al sentido de las voces de la pastora, fuimos llegando poco a poco a bajar donde ella estaba sentada en nuestra espera. Como a mí me conocía. me dice:

-Trairéis güena sede; podéis beber lleche; sí, dale a D. Pedro.

Como estaba ya fresca y la sed era mucha, nos sabía a miel. Echamos andar, llegamos a la majada que ya estaba cerca, nos metimos en las cabañas con los pastores, tomamos más leche y cenamos bien; nos preguntaron enseguida que si habíamos subido al pico.

-Sí, nos costó trabajo bastante; pero subimos y para mejor creerlo, allá en lo más alto del pico,
dejamos señales verdaderas.

-¿Qué son?

-Tres pilastras hechas con nuestras manos, de la altura de un hombre que nos llevó una hora justa en hacerlas; no se caerán nunca, como algún rayo no las demuela, pues español ni extranjero estamos seguro que nadie las ha de tirar, y si subiera alguno, que no subirá, que haga otra u otras tres como las nuestras.

-¿Y desde abajo, desde la entrada del Jou sin tierra, se podrán ver ya?

-De allí y de donde quiera que se vea o alto, se ven muy bien.

-Pues mañana echamos para allá, a verlas también; se encuentran allá los robecos y suben hasta aquel descanso que hay al principio del pico y algunos cazadores también subieron allí; pero más arriba nunca vimos ni oímos que naide ni nada subiese

Dormiríamos como dos horas, porque luego amaneció; tomamos más leche y nos guiaron por el sendero que va a Sotres, donde nos dirigimos, y de Sotres a Ándara. D. Pedro se dirigió a la Hermida, donde le esperaba el coche; nos despedimos amorosamente y yo me volví por Bulnes para mi casa.”