martes, diciembre 29, 2009

EL BOSQUE ORIGINAL (1)

Ignacio Abella


LA MONTAÑA MÁGICA


Con sus 1146 m. de altura a tan solo 5 Km del mar, el Pienzu es la montaña más elevada de este cordal calizo que se extiende imponente en un frente de 12 Km en dirección NE. - SW. Con la cabeza entre las nubes y las raíces que parecen alcanzar la playa de La Isla, el Sueve es desde antiguo una referencia vital para navegantes. Su orografía, perfectamente diferenciada de los sistemas circundantes, ha servido como reducto al mítico asturcón, el pequeño y resistente caballo que el imperio romano hizo famoso.


Pero probablemente, el rasgo más característico de este singular macizo, es la niebla densa y persistente que aquí llaman borrina. A veces sobreviene de forma súbita y puede ocultar el Sueve durante semanas. Entonces la cordillera desaparece ensimismada, inaccesible. El fenómeno es más patente en verano. La humedad marina queda retenida en esta colosal pared y se condensa en espesas nubes que envuelven la montaña, o se disipa, o desciende de forma impredecible en forma de lluvia fina, el orbayu (aquí se registran unas precipitaciones aún más elevadas que en el resto de la cornisa cantábrica). En este territorio quebrado, plagado de simas, fisuras y pequeñas dolinas, barrancos y lapiaces difíciles de atravesar incluso en un día despejado; muy pocos, contados son los vecinos de los pueblos aledaños que se atreven a transgredir la niebla cerrada.


Incluso en la rica mitología de la zona, el Nuberu, jinete de nubes, hace frecuentes visitas a estos picos y sus majadas, pero no caben aquí sus muchas leyendas, por ahora tan solo nos interesa resaltar la asiduidad con que la nube se demora en estas breñas, pues son precisamente el ambiente templado y con una elevada humedad atmosférica y su situación inaccesible (salvo por algunos pasos escarpados por los que no transita ningún tipo de vehículos), los factores que han favorecido la pervivencia de estos bosques antiguos y umbríos, para cuya descripción no encontramos puntos de referencia que se asemejen mínimamente.


Es este quizás el último reducto de la selva virgen europea, no solo por la arcaica predominancia del tejo que parece un recuerdo de otras eras, sino por esa aureola de "intocables" de los árboles centenarios que mueren desintegrándose en el lugar donde nacieron y de aquellos otros, colosales acebos, fresnos, hayas, tejos, que siguen rebrotando pese a haber alcanzado su máximo esplendor.


Las biescas* del Sueve no han conocido el hacha salvo en el momento puntual en el que se requería una pieza determinada para el carro o el arado. Las dificultades de extracción impiden desde siempre las talas (ya lo dice el refrán astur: "el que corta un palo en mala parte tien que lu sacar al hombro") y aquí el árbol y el bosque viven todo su tiempo. Sólo así es posible entender la enorme fuerza, la belleza, el misterio que nos envuelve en este mundo radicalmente silvestre y apreciar su incalculable valor desde todos los puntos de vista.


* bosque en la terminología local

(1) Un resumen de este trabajo puede verse publicado en el número 23 de la revista Biológica.


LA ÚLTIMA TEJEDA


En contra de lo que generalmente se supone, la tejeda es una formación bien diferenciada y característica. Es cierto que no hay demasiados ejemplos en los que la dominancia del tejo sea tan clara, pero ello se debe a la secular explotación de su madera, a la destrucción de los hábitats naturales y, posiblemente, a los cambios climáticos que habrían relegado la especie en favor de sus competidoras.


En cualquier caso creemos que el nombre de este bosque puede aplicarse con propiedad incluso a lugares en los que unos pocos tejos centenarios, son los únicos testigos supervivientes de agrupaciones mucho más extensas. En ocasiones, los recién llegados, especialmente las hayas, han ocupado el espacio con su altiva presencia y rápido desarrollo, eclipsando a unos árboles de dimensiones mucho más modestas pero que fácilmente quintuplican su edad.


En este sentido, la predominancia del tejo sobre el cortejo de especies que lo acompañan se hace más evidente cuando pensamos no tanto en el número de pies como en la edad real o potencial de los mismos, es decir, la ocupación del espacio en el tiempo. Así, en el Sueve encontramos que mientras los teixos pueden sobrepasar con creces el milenio; los fresnos, hayas y acebos alcanzan como mucho unos centenares de años y los avellanos, majuelos o serbales, por lo general, algunas décadas.


Por otra parte, existen en esta montaña algunos rodales de tejos centenarios de una cierta extensión, con presencia anecdótica de otras especies*. Pero la repartición es muy desigual y hay asimismo bosquetes donde el tejo simplemente hace acto de presencia con una docena de ejemplares, y otros en los que el acebo (principalmente), es el componente único o primordial. Entre ambos extremos pueden verse todas las posibles combinaciones de árboles y arbustos, formando parte de las tejedas en una gran diversidad de situaciones. Desde las crestas más rocosas y desabrigadas hasta los fondos encharcados de algunas dolinas. A menudo en laderas muy pendientes y pedregosas (Grinaldos) o en suaves rellanos (biesca de Busantiguo o la de Monasterio). El buen estado general de los tejos en emplazamientos tan diferentes, denota la conocida independencia de esta especie respecto al sustrato.


Su necesidad primordial es pues la humedad atmosférica y aquí es, insistimos, tan intensa que incluso podemos ver la grasilla (Pinguícola grandiflora), esa pequeña planta carnívora asidua habitante de fuentes y manantiales, creciendo en plena pradera.


Por otro lado, en invierno, tan solo el tejo, la hiedra y el acebo permanecen con su follaje y es entonces cuando podemos verlos en todo su esplendor y cuando cobra mayor importancia su papel de refugio y alimento para la fauna.


Al margen de su densidad de población en un lugar determinado, la presencia del tejo se agiganta aún a partir del otoño, cuando su llamativo fruto lo adorna y atrae infinidad de animales. A diferencia de otros árboles, la fructificación es siempre abundante en las ‘texas’ (hay tejos macho y tejos hembra y sólo en estas nacen los arilos). Conforme avanza la estación, será la protección del follaje frente a las inclemencias del tiempo la que continue sirviendo a la fauna. En el interior de la copa se mantiene una temperatura varios grados por encima de la del ambiente inmediato, incluso en condiciones climatológicas muy adversas**. También los animales salvajes y domésticos, principalmente los herbívoros, buscan la protección de la biesca, al pie de los árboles, cuando el frío arrecia. Nuestro árbol constituye además en primavera un excelente escondite y abrigo para las nidadas. Y cuando la nieve cubre los pastos bajos o estos escasean, los herbívoros no hacen ascos al tejo a juzgar por el intenso ramoneo que se observa en los brotes más bajos y las escasísimas plántulas que rara vez prosperan. Su toxicidad no parece afectar gran cosa a estos comensales entre los que pueden contarse el gamo, venado y corzo, además del ganado cabrío y vacuno.


Todas estas relaciones con los animales tienen otro efecto benéfico para el tejo, además de la diseminación sobre la que más adelante insistiremos. En efecto, la cercanía de aves y mamíferos proporciona con sus excrementos el nitrógeno que tanto favorece el desarrollo de este árbol (los tejos plantados en las cercanías de cementerios, gallineros o estercoleros crecen de forma espectacular, triplicando al menos las tasas de crecimiento habituales).


* Citaremos las biescas del cuetu la Texa, la de Biescalluenga y las que rodean el pico Corcovo, la "selva" de Ordiales y algunas zonas de la sierra de Guadalampa, en el extremo occidental del macizo o los magníficos bosquetes entre la fuente de La Texona y la fuente de La Texuca.

** Juan Cierco Ciencia y Futuro - ABC 15/ 2/89


ANTIGUEDAD, DIMENSIONES Y ALGUNOS PUNTOS DE REFERENCIA


La sobrecogedora atmósfera de este bosque impone un ritmo y un espacio sagrados, nos retrotrae hacia otras épocas remotas. Árboles corpulentos y antediluvianos de retorcidas raíces como esculturas, ramas y enredaderas entrelazadas y las copas densas que hurtan la luz y el cielo. ¿Quién cometería la estupidez de resistirse al hechizo para medir, contar y estimar? Sin embargo, las cifras y las comparaciones son puntos de referencia inexcusables que nos ayudarán a considerar una parte del incalculable valor y significado de este bosque.


Es el primer paso hacia la protección decidida y urgente de esta montaña y sus tejos que, aunque legalmente son paisaje y especie protegidas, en la realidad sufren la creciente amenaza del fuego y una excesiva población de herbívoros.


Si comparamos las más de 150 ha. de estas espléndidas tejedas* con las 25 a 50 (según fuentes) de la de Muckross, en el Parque Nacional de Killarney -Irlanda-, reputada como la mayor tejeda de Europa, nos haremos una buena idea de la importancia del Sueve. Lo mismo si la comparación se establece con el Teixedal de Casaio en la Peña Trevinca (Orense), en el que se han censado trescientos ejemplares; declarado por la Xunta de Galicia "espacio natural de especial protección" y con fama de ser la mayor tejeda de la Península. Apenas representa sin embargo una pequeñísima porción de estas biescas asturianas, con miles de ejemplares centenarios entre los cuales muchos centenares tienen más de dos metros de perímetro, por decenas pueden contarse los mayores de tres y, aunque son contados los que superan los cuatro, existe uno particularmente bello y gigantesco, de 4'40 y 20 m. de altura. Seguramente todas estas estimaciones parecerán escandalosas a los expertos, podemos asegurar que en todo caso están calculadas a la baja.


Podríamos asegurar, continuando con este discurso, que estamos ante el bosque de cierta entidad más antiguo de la Península (probablemente también de la Comunidad Europea), lo cual le otorga un extraordinario interés científico- ecológico y sobre todo un inestimable valor como santuario y verdadera reliquia, como superviviente de los ancestrales bosques masacrados en todo el entorno inmediato del Sueve.


Estas apreciaciones son pese a todo modestas si consideramos que los enclaves de las tejedas actuales se consideran reductos en los cuales unas condiciones climáticas y ambientales especialmente favorables, habrían salvaguardado los antiguos bosques, capeando glaciaciones, cambios climáticos, geológicos y ecológicos a lo largo del millón de años que tiene esta especie (o de los 160 millones de edad de su género Taxus). La localización de las tejedas en las situaciones más húmedas, hayedos, lugares de nieblas frecuentes y condensación de nubes, atestiguan este hecho. Concretamente la tejeda de Muckross, enclavada en la península del mismo nombre, posee un microclima templado por influencia de la Corriente del Golfo y una elevada humedad atmosférica que ha permitido también la pervivencia de especies como el madroño en latitudes que actualmente no le son propias.


La misma composición de las biescas del Sueve, con acebos y buen número de plantas ligadas a las antiguas selvas de tipo lauroide, de climas templados y húmedos, es significativa. Espeluzna pensar que los dinosaurios cuyas huellas quedaron marcadas en la vecina playa de La Griega, convivieron con los ancestros de estos tejos habitantes del Sueve (en el Jurásico ya hay fósiles de Taxus con características muy cercanas al actual T. baccata).


Todo esto debería matizarse si tiene algún fundamento la extraña teoría según la cual las tejedas culminan un ciclo que dura el tiempo de vida de los árboles que las habitan. Terminarían muriendo al cabo de sus siglos, a la par que otras nuevas se establecen en lugares distintos. La difícil regeneración de las viejas tejedas (que algunos atribuyen también al exuding químico desde el sistema radical del propio tejo) o la generación espontánea de jóvenes tejedas como la de Miserclós en Gerona, parecen confirmar esta hipótesis, cuya comprobación es en todo caso difícil dada la enorme duración del ciclo. Por otra parte, el intenso ramoneo que sufren las jóvenes plántulas, impide hacer ninguna valoración en este sentido por lo que respecta al Sueve.

Es interesante en cambio insistir en la protección y estudio que han merecido tantos bosques de tejos, a pesar de que en ocasiones sus dimensiones son bien modestas:


"Este árbol ha llegado a ser un verdadero "ermitaño" del bosque y los pocos sitios en los que aún forma un pequeño bosquecillo están protegidos por el Estado como sagradas reliquias naturales". (R.H. Francé- La maravillosa vida de las plantas- edición en castellano de 1949, la edición original y la protección de estos bosques en la Alta Baviera deben ser muy anteriores).


Tenemos asimismo el caso ejemplar de Sierra Tejea, donde un centenar de tejos propició la protección de la Administración Andaluza, la repoblación de esta especie, y un encuentro de ámbito nacional en Sedella, las jornadas sobre el tejo (Promovidas por el Ayuntamiento de Sedella y coordinadas por Antonio Pulido, se han celebrado ya en 1997 y 1998) Paradójicamente, la situación de este árbol en el Sueve, como a continuación veremos, es penosa, si bien organismos como el INDUROT y el Servicio de Conservación de la Naturaleza de la Consejería, empiezan a tomar cartas en el asunto.

*Estimación basada en fotografías aéreas y verificación sobre terreno. No se tienen en cuenta las pendientes ni los bosques con pequeña representación del tejo. Las 150 ha. de tejedas más o menos puras se encuentran en la región interior del macizo que abarca un área de unos 7 km cuadrados en la que se encuentran asimismo espléndidos bosques de acebo y mixtos. En cuanto al número de tejos, Jose Luis, guarda mayor del Sueve, contó 2000 con ayuda de los prismáticos desde un solo punto, el Pico Corcovo, desde el que se divisa una buena parte de las tejedas, quizá la mitad.

EL ABRAZO DEL TEJO


Un personaje muy particular en este extraño mundo, la hiedra, está presente en todas las biescas, abraza todo tipo de árboles, se eleva más alto que ellos sin ser uno de ellos. Toma la exacta forma del anfitrión hasta suplantar su follaje, y es tan frecuente en el Sueve que incluso se usa una palabra local "Edrau", para designar al árbol cubierto de hiedra.


Sin embargo el abrazo de esta trepadora no siempre es mortal. El tejo puede ahogar a la estranguladora. La costumbre de ésta de introducirse en las grietas y recovecos para aferrarse, puede resultarle fatal en un árbol de tronco comúnmente estriado, que parece estar formado por muchas columnas. Por las hendiduras entre estas, la hiedra trepa con facilidad, pero el crecimiento del tejo termina muchas veces abarcando el tallo de hiedra dentro de estas estrías o entre la unión de la rama con el tronco. Algunos tramos quedarán totalmente engullidos.


Pese a que la "simbiosis" hiedra- tejo se da en una enorme proporción de árboles, no hemos visto un solo tejo ahogado y aunque tampoco llegamos a encontrar ninguna hiedra seca a causa del apretón, parece evidente que el tejo (especialmente cuando crece en buenas condiciones) contiene el desarrollo de la trepadora, reduciéndola a proporciones muy limitadas.


Así pueden verse en estos bosques muchos ejemplares centenarios con hiedras más o menos gruesas cuyo follaje no se corresponde ni por asomo con el de otras cercanas sobre los acebos, majuelos, fresnos... De este modo el tejo se vería incluso beneficiado por la acción de esta "aliada", muchas veces letal para sus convecinos.


Pero el papel de la hiedra puede ser decisivo también en otro aspecto mucho más benévolo. Su aportación a la vida animal, que como vimos cumple aquí una función esencial (producción de nitrógeno, fecundación y diseminación de las diferentes especies de esta comunidad...). Así el ciclo anual de esta planta, con una floración y fructificación muy prolongadas, en épocas en las que las abejas y los pájaros (principales consumidores de polen y frutos) apenas encuentran otro alimento**, permite la subsistencia de estos, completando de forma eficaz la dieta y asegurando su presencia indispensable para casi todos los árboles que conforman el organismo tejeda. Durante las nevadas, son muchos los hervíboros que recurren a este follaje y los paisanos tienen por costumbre cortar arbolillos ‘edraus’ para que coman las caballerías atrapadas por la nieve.


Este es tan solo un ejemplo de las innumerables relaciones que existen en este bosque variado y complejo que apenas comenzamos a descubrir.


* Curiosamente, los tejos jóvenes con tronco liso y elevado que no parecen ofrecer ninguna resistencia a la hiedra, tan solo la soportan en contadísimas ocasiones. Su presencia es mucho más habitual en los árboles de esta especie que han alcanzado gran edad y desarrollo. Lo mismo parece ocurrir en la nueva tejeda de Miserclós en la que la hiedra permanece en el suelo. Es probable que el exuding químico del árbol sea también un factor limitador en este sentido.


** Mientras para algunas aves este fruto resulta tóxico, otras como el petirrojo lo consumen sin problema. La floración tiene lugar durante el verano-otoño y fructifica a lo largo del siguiente invierno-primavera.


DIVERSIDAD- UNIFORMIDAD


En cierto modo, todas estas especies dispares están vinculadas. Pero, en realidad, no entendemos como funcionan esos vínculos ni como se producen. Si alguien desmontara este bosque, no podríamos reconstruirlo, ni siquiera nos aproximaríamos a ello” (Terry Erwin) (1)


Uno de los efectos más inquietantes del progreso civilizador, es la uniformización cultural, ideológica, técnica, de los modos de vida... De forma paralela, nuestra intervención sobre la naturaleza es la causa del exterminio continuado de especies silvestres tanto animales como vegetales y perdemos estúpidamente razas y variedades domésticas locales de un incalculable valor (a juzgar por el tiempo que la humanidad invirtió en mejorarlas), en un proceso inseparablemente relacionado con la uniformización de nuestras costumbres. Además, la introducción, deseada o no, pero en cualquier caso acelerada por el hombre, de todo tipo de organismos en hábitats extraños, tiene consecuencias muchas veces irreversibles.


En los términos de nuestra modesta montaña asistimos a la aniquilación sistemática de todas sus inmediaciones. Desde el País Vasco a Galicia. Prados y campos de labor en toda la fértil rasa costera, plantíos de castaños y robles seculares, han sido sustituidos en unas pocas décadas por el salvaje monocultivo del eucalipto. Un bosque ajeno de dificilísima erradicación que resulta rentable (para algunos) por su increíble capacidad para extraer todo el jugo de la tierra. La fertilidad acumulada a lo largo de siglos es finalmente consumida en un breve lapso por simple avaricia e ignorancia. En un principio solo ocupaba los montes, pero el abandono de sistemas agrícolas y ganaderos determinó su implantación en los prados y tierras de labor. Mientras, la autovía continúa extendiéndose por el estrecho pasillo entre la montaña y el mar.


Paradójicamente, sobre esta desolada región, el Sueve, se alza aislado de la cordillera vecina y alberga este bosque santuario en el que la vida se manifiesta en una asombrosa multiplicidad de formas.


El cortejo vegetal que acompaña a nuestro árbol es particularmente rico por lo que respecta a especies arbustivas. Hayas y fresnos, acebos, avellanos, espino albar, mostajo (sorbus aria), abedul, sauco, evónimo, cornejo, endrino, son algunas de las más frecuentes. Crecen también con profusión sobre estos soportes hiedras, madreselvas y clemátides. Entre las plantas más llamativas se encuentran al amparo de estos bosques euforbias, rusco, eléboros, mercurial, hepática, aleluyas, lauréola... La intensa umbría impide aquí el desarrollo de una gran diversidad de especies; en los linderos y claros de la tejeda crecen zarzas, brezos, endrinos y abundante cotoya (Ulex cantábricus)*, extraordinariamente favorecida por los continuos incendios.


Son sin embargo los helechos, musgos, líquenes y hongos en variedad y cantidad extraordinarias los que pueblan de texturas, matices e infinitas tonalidades el suelo, las rocas, cortezas de los árboles y maderas podridas.


La humedad constante y un verdadero ejército de seres muchas veces invisibles u ocultos, en su mayoría invertebrados; engullen y reintegran la materia orgánica de todo lo enfermo o muerto, para reiniciar el ciclo. La disgregación y descomposición son aquí intensísimas y en ellas participan plantas, hongos, insectos (con muchas especies de escarabajos), caracoles y babosas... todos ellos proliferan en este medio selvático y jugoso en el que encuentran alimento abundante (incluso en la savia de tejo, sobre las heridas "sangrantes" pueden verse caracolillos y babosas que al parecer acuden para alimentarse).

En cuanto a los hongos encontramos aquí dos claros ejemplos que ilustran a la perfección tanto el inestimable valor de la diversidad como la amenza continua de uniformización. El primero, Capnobotrys dingleyae, es una rara especie de la que tenemos referencias como habitante de hojas vivas y ramillas de Taxus baccata**, en el Sueve se encuentra con mucha frecuencia, en colonias extendidas sobre los troncos, casi siempre a baja altura, creciendo sobre las heridas de los tejos y alimentandose posiblemente de su savia, tiene un aspecto de esponja negruzca y suele estar empapado incluso cuando el musgo a su alrededor esta completamente seco. En su interior alberga comunmente, lombrices, cochinillas, ciempiés, aunque se halle a más de un metro del suelo.

El segundo, Anthurus archeri (estrella roja), forma una seta bellísima en forma de estrella de mar, la fotografiamos en el Sueve en 1997, pero para llegar aquí había hecho un largo camino desde las antípodas. Se sabe que en 1860 solo existía en Tasmania, en 1900 había ya ejemplares en Australia y Nueva Zelanda, los movimientos de tropas de la primera guerra mundial le hicieron recalar en el Noroeste de Francia en 1920 y en 1963 se cita por vez primera en Guipuzcoa donde unos años más tarde ya era común. Desconocemos el impacto que pueda causar esta especie sobre las tejedas del Sueve, probablemente sea en este caso nulo o insignificante. De cualquier modo, la introducción de especies foráneas en ecosistemas marítimos o terrestres es un hecho cada día más habitual y acelerado, de consecuencias impredecibles (a veces desastrosas), que nos permite entender la fragilidad de algunos hábitats de apariencia irreductible.


La singularidad de este medio en lo que respecta a vegetación y condiciones climáticas, son razones suficientes para considerar también su interés desde otros puntos de vista como el ornitológico, la potencialidad del Sueve es en este sentido asombrosa y nos parece sería de enorme interés la consideración de un estudio paralelo y relacionado con el de estos bosques.

* Hasta aquí hemos mentado algunas de las plantas y especies arbustivas propias de la tejeda. Otros espacios de bosque autóctono del macizo cuentan con una mayor diversidad de especies.

** Ellis Martin B. & Ellis J. Pamela.- Microfungi on land plants.- p. 258.- nº 1164.

(1) En referencia a los bosques lluviosos ecuatorianos. National Geographic – España- Feb. 1999


EL BOSQUE ACOSADO


La composición de estas biescas en comunidades de especies predominantemente "frutales", - tejo, acebo, majuelo, mostajo, sauco... - señala bien a las claras la identidad de quienes los sembraron: Mirlos, zorzales, petirrojos, arrendajos, son algunos de los principales repobladores; consumidores de frutos y arilos cuyas semillas devuelven junto con sus excrementos, favoreciendo la germinación. También el tejón, el zorro o la garduña hacen esta contribución interesada al bosque que los sustenta y cobija.


Por contra los picos, carboneros y otros se alimentan de la semilla del tejo. En particular es muy patente en esta montaña la febril actividad de las ardillas, que hacia noviembre cascan los piñoncitos con increíble habilidad y rapidez (hasta 12 por minuto), dejando caer las cáscaras vacías en una lluvia continua.


Aunque puede ser importante esta pérdida del potencial reproductivo, creemos mucho más dañino para la propagación del tejo, el intenso ramoneo por parte de gamos, ciervos y corzos, además del ganado. La clara orientación cinegética de esta reserva de caza y la ausencia de predadores naturales, esta propiciando la prosperidad de poblaciones desmedidas, al menos en los casos del gamo y del jabalí. Los efectos de este último por el hozado de las praderas y la fuerte competencia por el escaso pasto, determinan el consumo de follaje entre los herbívoros; las posibilidades de regeneración del tejo y otras especies arbóreas son escasísimas.


Tejos jóvenes, con diámetros inferiores de 10- 20 cm. , son tan raros que cabría investigar la responsabilidad directa que pudo tener en este vacío la reintroducción del gamo y su proliferación en un medio que posiblemente soportaba ya una gran presión. Con todo, la situación no sería a corto plazo desesperada, de no existir otro implacable y ciego predador, el fuego.

Desde tiempos ancestrales se utiliza para controlar el crecimiento de la cotoya (Ulex sp.) se queman las matas desarrolladas, que prenden con gran facilidad, consumiéndose de forma rapidísima. Los pastores acostumbran a darles fuego mientras bajan del monte: es también la seña convenida. Sus familiares ven el humo desde el pueblo y saben que el pastor vuelve a casa. Sin embargo la costumbre no incluía al arbolado, existía un pacto sobreentendido de respeto a la biesca que al parecer se ha olvidado (basta un solo pirómano para inflingir daños irreparables en la biesca y en la reputación de los ganaderos).


Aunque en un ambiente tan húmedo podría parecer imposible desatar un incendio, se han aprovechado muy conscientemente los días de fuerte viento y las épocas más secas para arrasar mayores extensiones. Esto reduce sistemáticamente el área de la tejeda, alcanzando tejos, acebos y otros árboles que mueren o quedan chamuscados. Generalmente estos fuegos solo afectan a la periferia, el interior de la biesca es más húmedo; pero durante la fuerte sequía de la primavera del 97, pudimos ver algunos fuegos intencionados dentro del bosque de Ordiales que podrían haberse extendido causando un desastre. Seguramente nadie hubiera acudido a apagar pues no peligraba ninguna casa o población y la conciencia del significado de esta agrupación vegetal es nula entre los paisanos y vecinos de la comarca. En el último año, una nueva suvención europea que se concede por res de vacuno que pasta en ‘el Puertu’, ha venido a agravar la situación aumentando la ya insostenible carga ganadera y al mismo tiempo los incendios para conseguir más pasto.


Añadiremos que esta voz de alarma no pretende de ningún modo culpar a un colectivo que desempeña su trabajo en condiciones difíciles y obtiene escaso reconocimiento por esa esencial labor.


Ciertamente, se deberían sancionar las quemas indiscriminadas y regular el pastoreo (además de erradicar el ganado cabrío y ejercer un control sobre las poblaciones de jabalíes y gamos). Pero no sin antes informar y hacer partícipes a los ganaderos de la singularidad de su entorno y articular mecanismos que compensen sus pérdidas. Al mismo tiempo, el necesario desbroce de argomales, zarzales, etc. debería garantizarse desde algún organismo público (como acertadamente se ha venido haciendo en otras zonas del macizo, a iniciativa de la consejería).


Un texo milenario o un bosque entero serán insignificantes y despreciables mientras no se alcance a entender todo lo que representan. Así, la precaria situación de estos árboles en el Sueve, contrasta con la veneración y carácter sagrado que merecen desde tiempos ancestrales en todas las inmediaciones. Mentaremos en el mismo concejo de Colunga el tejo de Gobiendes, junto a la iglesia prerrománica de Santiago, los viejos de la iglesia de Borines en las mismas faldas de la montaña, el de la ermita de Santa Marina en Bode y muchos otros cercanos y repartidos por toda la geografía asturiana, que ocupan los espacios sagrados junto a templos, palacios, molinos, ferrerías... o los que crecen junto a las casas, en huertos y prados de todos estos pueblos; innumerables testigos de aquel antiguo vínculo entre el linaje humano y el de los Taxus. En los concejos vecinos destacaríamos entre un sinfín de ellos al viellu de Selorio, recientemente abatido por un temporal y el magnífico rodal (más de medio centenar de ejemplares) que rodea la ermita de Taralluengo y que se regenera a sí mismo, expandiéndose bajo la protección de la familia que ostenta esta propiedad*


Existe un curioso paralelo en este sentido con la tejeda irlandesa de Muckross, desde la que también el tejo extiende sus dominios al terreno de lo sagrado. Allí crece el soberbio tejo del castillo de Ross y los de la Abadía de Muckross, un par de viejos, macho y hembra, que tienen nombre propio: Adán y Eva, y algunas misteriosas leyendas que en otro lugar contaremos.


Ciertamente, el culto del tejo y sus sombríos representantes continúan implantados con vigor en las regiones más occidentales de Europa. Pero lo que queremos subrayar ahora, para no irnos por las ramas, es esa brecha espantosa, entre el reconocimiento y el absoluto desprecio, que se abre en las empinadas paredes del Sueve. Entre la plantación cuidadosa de los esquejes en el huerto o, el trasplante de un arbolito del monte al atrio de la iglesia o a la era cercana al hogar, y el brutal desdén que expresan al mismo árbol dándole fuego en el monte. En uno de los pueblos más cercanos a nuestro bosque, Carrandi, aún se plantan tejos con la sencilla excusa o letanía: "Pá sombra pa cuando sea viellu"... Pero para colmo del absurdo, cuando algún plantón de tejo se logra milagrosamente en las infernales condiciones de la montaña, suele terminar trasplantado junto a las caserías. El Sueve suministra así plantones aún hoy día a Lastres, Colunga y todos los pueblos del entorno.


Terminaremos diciendo que cualquier resto del bosque natural, por insignificante que sea en cuanto a su tamaño, tiene un valor creciente y podría considerarse hoy patrimonio de la humanidad porque paradójicamente la humanidad ha reducido la selva original a su más mínima expresión en todo el planeta. Podríamos establecer asimismo el inmenso valor de este bosque del Sueve como reserva genética no solo de tejos sino de otra multitud de especies que se han desarrollado naturalmente bajo una intervención y selección humana prácticamente nulas. Las áreas de las que puede decirse otro tanto son hoy tan escasas, reducidas y diferentes en cuanto a las especies integrantes de sus ecosistemas que bien podríamos considerarlas como paisajes vírgenes y originales, auténticos resalvos que cumplen un cometido esencial, garantizando la salud, diversidad y permanencia de la vida silvestre. En el caso del tejo, el interés de esta población desde el punto de vista genético podría establecerse por la cantidad de especímenes pero también a causa del alto grado de diferenciación genética que existe incluso entre poblaciones cercanas.


Por lo que respecta a la edad del bosque y su significado, no queremos insistir demasiado puesto que consideramos se trata de un valor que va mucho más allá del interés científico, máxime en unos tiempos en que la inmediatez parece determinar tantas decisiones y criterios de planificación y en los que los árboles viejos tan solo tienen lugar como monumentos. Baste pensar en las generacines humanas, el tiempo que nos costaría reproducir un bosque semejante en el caso hipotético de que supieramos hacerlo.


Esperamos que el reconocimiento y la atención ajena sirvan para despertar aquí el amor de lo propio y el sentido de la conservación. Desde su privilegiada tribuna con vistas al mar, cientos y cientos de viellus y viellas, conservan en sus apretadas carnes una esperanza de vida de centurias. Tan solo la ancestral conjura de la montaña, las aves y el mar, la niebla, la lluvia y el Nuberu, ha preservado el prodigio hasta nuestros días. Este legado se encuentra hoy en nuestras manos y como simples testigos damos fé de su existencia.


* Felicitamos desde aquí a la familia Cueto, que tan bien ha sabido conservar este verdadero tesoro.


AGRADECIMIENTOS - A todos los que han aportado datos o ayudas decisivas para la realización de este artículo. En particular:

- Fermín Abella: experto navegante de Internet que nos ha acercado noticias de tejos y tejedas lejanas.


- Antonio Pulido: Ingeniero Forestal, coordinador de las primeras jornadas técnicas del tejo (Sedella- Málaga), director técnico del programa de reforestación "bosques de la tierra" y “guardián de los tejos del Sur”, aportó la inestimable documentación derivada de estas jornadas, así como sus conocimientos y visita al Sueve.


- Pedro Uribe Echeverría: Doctor en Biología y camarada de correrías montaraces, nos ha apoyado y animado a realizar el artículo y ha compartido asimismo el asombro que inspira este bosque.

lunes, marzo 30, 2009

Camín Real de Sellón

LOS RESTOS DE LA HISTORIA


Un día cualquiera en la collada de Arniciu, miramos hacia Piloña, levantamos la mirada y vamos a parar al picu Facéu, montaña vigía del camín Real que socava sus estribaciones. Pensamos que otra de las riquezas en el entorno de Arniciu es tener en su cercanía el tramo mejor conservado del camín Real de Sellón o Facéu.

En general, el trazado de este camino histórico se encuentra, a día de hoy, dividido y sepultado bajo carreteras. Entre La Casilla y el pueblo piloñés de San Vicente se encuentra el fragmento mejor tratado y respetado hasta la fecha. Se considera un camino de origen romano ya que este pueblo adecuaba trazados, en algunos casos prehistóricos, con contrafuertes, puentes, empedrados, etc. y solía buscar lugares de buena visibilidad, evitando valles angostos en los que pudieran ser sorprendidos por guerrilleros de las tribus autóctonas.


Muchas de estas vías romanas pasaron a llamarse caminos reales porque los reyes, en épocas pasadas, cobraban los derechos reales a los que hacían uso de ellos. La antigua vía comunicaba la meseta castellana con la costa de Asturias. Los pueblos leoneses de Lois, Burón, Acebedo, Lario, La Uña y Riosol (antigua venta y capilla) eran testigos de su paso.


Al concejo casín entraba por el puerto de Tarna y seguía el itinerario que se apunta a continuación: Fuente La Nalona, Tarna, colláu Paréu, vega Baxu, Pendones, La Foz, Bezanes, Soto, carretera de Belerda, piscifactoría, puente romano, Campo de Caso, carretera hacia Infiesto, collada Moñu, Les Lleres, molín de Gobezanes, Gobezanes, collada de Arniciu, La Casilla, Frieru, La Llinar y les camperes del Sellón. Ya en Piloña, descendía por San Vicente y Lozana hacia Infiesto y después continuaba bordeando el monte Cayón con rumbo hacia Colunga y Villaviciosa.


En Campo de Caso encontraba uno de los ramales principales que bajaba hacia Rioseco y Laviana, otro descendía desde les camperes del Sellón hacia L’Omedal y Espinaréu. Teniendo en cuenta que las comunicaciones en Asturias, provincia históricamente aislada por la dificultad geográfica, no explotaron hasta avanzada la mitad del siglo XIX y principios del s. XX, el uso de este camino tal y como es ahora no es de tiempo histórico muy amplio.


La historia es otra... Empezaron llamándose “trajineros o trajinantes” (topónimo más antiguo), luego fueron “arrieros” y en tiempos más cercanos “carreteros”. Fueron los transportistas del pasado y uno de los gremios que empleó con más asiduidad los caminos reales. “Arrieros somos y en el camino nos encontraremos” es un dicho popular en alusión a este viejo oficio del que eran partícipes carros, caballos, mulos, burros, pellejos, tinajas, alforjas, etc. Arriería, como palabra, se deriva de arría que significa recua o conjunto de caballos destinado al transporte de mercancías. Es una voz que proviene del “arre” que se usaba para avivar el paso de los animales. Chema Argüelles escribe esta frase: “Los arrieros de Caso llevaban en sus reatas de caballos los productos de la comarca, en particular madreñas y quesos casinos, muy estimados en los pueblos de la montaña leonesa, así como nueces, avellanas y castañas”. Entre otros muchos usos, el camín era utilizado por los arrieros de la marina para llevar salazones, bacalao y sal desde Lastres, Tazones y Colunga hacia Castilla.


Puntos clave en la ruta eran las ventas o alberguerías, capillas y leproserías que se extendían a lo largo del camino. En la collada Moñu existió una malatería. Las malaterías eran hospitales para el cuidado de enfermos de lepra (malatos o leprosos). Se decía que esta enfermedad había sido introducida por las legiones romanas, aunque posteriormente se arraigó por la deficiencia de higiene y alimentación. Las primeras malaterías debieron de ser fundadas como donaciones –era un acto muy grato ante Dios–, pero terminaron funcionando como un negocio más, ya que los bienes que entregaban los enfermos hacían que fuese rentable. Las malaterías dejaron de funcionar en el siglo XVIII debido a la reducción de la enfermedad. En el siglo XIII existen más de veinte malaterías documentadas en toda Asturias. Una de ellas es la de Moñu y las más cercanas a ella son la de Comillera (Laviana) y Vallobal (Piloña).


En Frieru había una alberguería. El edificio tenía dos estancias cerradas: habitación y cuadra. Había un corral abierto en medio. La estancia en la que se dormía se llamaba “jelechal”. Todo transeúnte, peregrino, arriero, etc. encontraba techo y refugio de los animales salvajes además de evitar asaltos nocturnos de los ladrones.

Según cuenta Guillermo Mañana en su libro “A la sombra del Tiatordos”, la venta de Frieru perteneció hasta 1383 a Rodrigo Álvarez de Asturias, conde de Noreña, del que dice podía ir desde Noreña a su castillo de Lillo sin apenas salirse de sus tierras. Después el edificio pasó a manos de La Iglesia de Oviedo. En 1392, Enrique III la devolvió al conde D. Alfonso. Dos años más tarde pasa a propiedad de los reyes. Actualmente es propiedad del Ayuntamiento de Caso. La venta era administrada por un ventero que elegían los vecinos de Caso. En 1645, Gaspar de Caso toma el privilegio de nombrarlo, aunque él otorga a los casinos la propuesta de seis candidatos entre los que elegir al ventero.


La alberguería funcionó hasta finales del siglo XIX. La apertura de la carretera Campo de Caso - Infiesto hizo que ésta perdiese su función anterior y pasase a ser de uso ganadero. También hubo en Frieru una Iglesia parroquial, Santa María la Real de Frieru. En La Llinar (topónimo derivado de la existencia de cultivos de lino en la zona) existía una alberguería que había sido construida por el cura del Tozu en el año 1766. En les camperes del Sellón quedan las ruinas de la ermita del s. XIV devoradas por la maleza. Era iglesia parroquial en 1385 y tenía cementerio. En ella se impartió clase a los niños de los pueblos cercanos. Aún hoy se pueden contemplar los restos de la edificación en la parte alta del camino.


Fotos: Frieru y Llinar

http://montejuan.blogspot.com/2008/05/camn-real-de-selln.html

lunes, septiembre 10, 2007

Hecho de piedra

por Rafael Pérez Castells

No soy el águila que sobrevuela las cumbres
ni la negra babosa que se mueve lentamente.
Soy unos ojos como ventanales
por los que entran las rocas fabulosas,
la luz azul que envuelve como un mar lejano las torres de piedra.

Salimos de la niebla en la mañana -
un microcosmos: ecos apagados, perlas flotando en el aire,
las nubes que llegaban al barranco mansamente -.

Somos cuatro y marchamos en silencio,
escuchamos jadear al que nos sigue,
miramos el lugar preciso donde afirmar la bota.

El calor nos alcanza, es una brisa interna
que alimenta las fuentes y los lagos subterráneos:
el cuerpo está saciado de este espacio pequeño, infinito.

Paramos a beber y comer higos y nueces.
La nieve sobre el músculo cansado
deja el frío de más de cien inviernos.

Hay una placa, un nombre y un día.
Debió caer por esta roca: un mal paso, un alud tardío
y se llevó en sus ojos muertos toda la vida hecha de piedra.

Volvemos - más no puede retener la memoria -
la senda se despliega en la pendiente,
la misma senda que, ahora, cuando estamos de vuelta nos sorprende
distinta,

¿será que en el descenso los atajos parecen nuevos
o los torcales entre el matorral bocas de piedra,
o será que al volver, cada canchal, aguja o collado,
reclaman su derecho a la revancha?

Abrí una ventana y vi los dientes de la Tierra,
apuntaban muy alto, por encima de nuestras cinturas,
por eso nos hirieron más profundamente,
donde se unen las sangres, nunca más separadas.

La niebla será casa a partir de este día glorioso,
una casa impalpable que habla abriendo el espacio
y al susurrar se cierra y nos ahoga.

Y al frío solitario en la vigilia
le calmará el rescoldo de las cumbres
que esperan nuestro vuelo sin destino.

Y la boca reseca de pedirle a la vida reposo
buscará en la memoria la frescura
de más de cien inviernos.

Éramos cuatro y somos uno, y aunque
nuestras sombras se alientan en distintos soles
un recuerdo de piedra nos mantiene.

Otros quedan colgados para siempre de las cuerdas
balanceándose sobre los neveros azules:
se les ve como sombras fulgurantes con la última luz.

Volvemos. La memoria está vacía de lo inútil
y llena de visiones sin palabras,
que leemos en las líneas de una mano de dedos formidables;

volvemos al fluir de nuestros actos
y aunque nos gustaría permanecer, volvemos
cargando en la mochila la emoción de la piedra,
tan luminosa y sólida,
que nos quema en la espalda y nos desgarra.

a Javier, Andrea y Ana

lunes, agosto 07, 2006

PAISAJES DE RECONQUISTA

UN CELTA

La senda de Tolivia es la única que se atreve a brincar sobre el abismo por un puentecillo infantil construido con varales de roble unidos con simples vilortas.

El río Mojizo, tributario del Sella, corre encajonado entre las rocas y oculto por la arbustería. El puentecillo, visto desde la carretera, parece sostenido en el aire por la gracia del milagro.

Contemplándole desde donde llaman la «Argayadona»—aguas abajo de Cueva-Orcil—vimos descender por una senda inverosímil un paisano que corría y saltaba con la seguridad de un gato montés; pasó el puentecillo y siguió la vereda; llegado a nuestro lado, después de mirarnos fijamente, sólo exclamó:

— ¡Mal camino, pero los hay piores!

— ¿Aún?

—Muchu más—contestó—. Esti, quitando la puente, no ye temible. ¡El míu! ¡El míu sí q’es arriscau!

Calló, y mirándome un momento, exclamó alegremente:

—jDios me valga! ¿Usté non ye don Juanín? Yo soy Martinón, el casero de Llué, que tie la casería tras de la peña de Niajo. ¿Ñon se acuerda?

En el instante vinieron a mi memoria múltiples hazañas de este famoso sajambriego, y con gran cordialidad acogimos su compañía.

Era de talla mediana, ancho y fornido. Los ojos tenían el tornasol de la endrina, y eran tan pequeños que bailaban en las cuencas profundas, sobre las que colgaban unas cejas del color del maíz. Sobre la boca, avanzaba la nariz, muy salediza, y la mandíbula, fuerte y pronunciada, era propia para desgarrar.

De este hombre se contaban increíbles hazañas de sangre y montería. Nadie como él sabía dardear con la mirada y descubrir entre lo más fragoso de la peña el rebeco saltarín y corredor; su último encuentro en el alto de una canal con una osa y dos oseznos, más parecía proeza de dioses mitológicos que de humildes mortales. A peñascazos se defendió del ataque de las fieras, que le acosaban ganándole el terreno en que podía sostenerse, hasta que con un sobrehumano esfuerzo logró asestar un golpe en la cabeza del oso, derrumbándole en el abismo. Y cuentan que cuando alguien le pregunta si en tan comprometida situación no tuvo miedo, sólo contesta:

— Non me dio tiempu ni pa tenele.

La frialdad de su charla aumentaba la intensidad de las tragedias en las que siempre desempeñó un papel principal.

Un día, en pleno invierno, con otros dos cazadores, encontraron la huella de una osa, que habían seguido por lugares inaccesibles. En el alto, en la oquedad de una peña, atalayaron la entrada del cubil y en él se metieron, y los tres salieron desgarrados, sangrantes, arrastrando el cuerpo del animal, que habían acuchillado. Los oseznos los llevaron a Sajambre, y los rapacines -ya encariñados con el peligro- les atosigaban para oírlos gruñir.

El caserío donde nos dijo que vivía está situado en el fondo de un abismo cercado de peñas escarpadas y frecuentado por las fieras, a las que suele espantar con teas encendidas.

La nieve todo lo cubre durante cinco meses, en los que nadie se atreve a cruzar por aquel desolado paraje, y sólo este celta es quien sabe sortear las avalanchas, escalar las agudas cimas de las peñas para buscar el rebeco, perseguir al oso y destrozar la cabeza del buitre con un tiro de bala.

Con su charla nos olvidamos del Sella, porque aquél nos señalaba las cumbres lejanas, que designaba a veces con nombres estrafalarios. Al doblar un recodo, el panorama que habíamos dejado atrás tomó a nuestra vista completamente cambiado. Yo le pregunté, señalando un humo tenue que empañaba el azul de la lejanía:

—Aquel humo, ¿es de Tolivia?

Y clavando la mirada como un dardo, respondió:

Ye de Tolivia... ¿Ñon ve un poquiñín del pueblu? Allí vese la casa del tío Pedrín, que quiso un argayo empujarle p’al ríu...

¿Quién fué ése?

Y sonriendo me contestó:

- ¡Ave María! El tío Pedrín, que ñon tuvo miedu a los argayus... Baxó unu y llevóse p’al ríu un hórreu con to lo de drento... «Tío Pedrin, que baxa otru!»—le decían—. Y na; el tío Pedrín quietu en su casa. «¡Otra casa p’al ríu!» ¡Na! ¡Quietu en la suya el tío Pedrín! «Tío Pedrín... que vien por la suya»! Y entos el tío Pedrín se encaró con las muyeres que le atosigaban y dixu: «¡Coñu! Si baxa que baxe, que mió casa ñon la dexo.» ¡Ñon la dexó!

Y lleno de admiración, terminó exclamando:

¡Ye valiente com’un toro!

¿Y vive el tío Pedro?

- Tie salud: él me amparó pa subir la mi muyer a Tolivia...

Permaneció un momento silencioso, y lacónicamente añadió:

¡Morrió este hibierno, en la última nevada!

En sus palabras por primera vez sentimos aletear una profunda tristeza, que quisimos agudizar preguntándole:

¿Estaba usted solo?

Solu, y así Dios me salve que no cuentu de verme en otra. Ocurriósela a la probe cerrar los güeyos cuando estábamos acoquinaos por la nieve y era imposible pedir ayuda a persona humana...

—Y entonces... ¿cómo se las arregló?

—¡Pos me vi en las del gatu: primeru pa atendela antes de morrir, y luego pa enterrala dispués de muerta...! Cuenta que túvela conmigo veinte días metida entre nieve pa que no goliese, y dispués tuve que llevala al costín pa Tolivia, sin más ayuda que la de Dios del cielu... Y gracias que non fui a parar con ella al otru mundu entre algún argayu de nieve, porque al más pintau daba miedu subir la collada; pero no había más remediu que llevala al cementerio, y por fin logrelu a pesar de tou. Cuando ya estaba arriba, Pedrín me dixo: «Lave María! ¿Qué traes, Martinón?» «La muyer, que me morrió ya va tres semanadas». «¿Salástela?»—me dijo—. «Ñon: metila entre nieve, y aquí está. ¡Di que toquen!» Y la dimos tierra...

La tragedia nos llenó de pavor y sentimos un intenso escalofrío; nos pareció más cerrado el paisaje, más hosco, más tenebroso que nunca; Martinón se frotó las manos sobre los zahones y se puso a liar un cigarro en hoja de maíz. Antes de encenderle lo quitó de la boca y me lo ofreció con galantería.

Al poco rato le dijimos adiós y seguimos andando entre las rocas erguidas osadamente en busca de las nubes que corren asustadas para no prenderse entre aquellos picachos ásperos y erguidos. El Sella seguía clamando en su cauce invisible.

PAISAJES DE RECONQUISTA
Un maravilloso rincón de España
Con un ensayo de
RAMÓN PEREZ DE AYALA
de JUAN DIAZ-CANEJA

lunes, junio 12, 2006

LA CONQUISTA DEL NARANJO, VERSIÓN DEL MARQUÉS

Como continuación al relato de la primera ascensión al Picu Urriellu, que en boca del Cainejo, publicamos el mes pasado, hoy transcribimos aquí el mismo relato, pero realizado por quien proyectó esta aventura, El Marques de Villaviciosa, Don Pedro Pidal. Ambos escritos pertenecen al mismo libro del cual hacíamos mención la vez anterior. Valga por tanto, este episodio, como cierra del pequeño homenaje que desde este blog queremos hacer a tan intrépidos personajes.

Bulnes, aldea de pastores y cazadores de robezos, es el pueblecillo de Asturias que más se arrima al corazón de Picos de Europa. Se va a él, desde Arenas de Cabrales, por un valle cerrado, en extremo pintoresco, lleno de acantilados y de rocas, por donde fluye el limpio río Cares, lleno de truchas, y como a unas dos horas de marcha por aquel paisaje dantesco, se abandona el río tomando a la izquierda por un sendero, en ziszás, el más escabroso y alucinante que vi en los días de mi vida.

Bulnes está encajonado entre murallas de piedra, y sólo al Este se perciben las praderías que dan acceso a la canal de Camburero. Entrad por esa canal endiablada, sin sendero alguno, y al cabo de un par de horas de marcha os encontraréis con una peña colosal, tallada a pico por sus cuatro costados. Esta peña, el más célebre pico de los Picos le Europa, es el Naranjo de Bulnes.

Schulz, el sabio alemán que con tanto entusiasmo llevó a cabo la topografía de Asturias le da en sus cálculos 2380 metros de altura y lo dibuja con la forma exacta de una columna, cilindro o chimenea de esa altura.

Prado le da 2592, afirmando de él que es el único pico cerrado al hombre y al robezo. El conde de Saint-Saud y monsieur Labrouche, en sus notables estudios orográficos de Los Picos de Europa, después de consignar que el nombre de Naranjo debe provenir de las estrías anaranjadas de su roca caliza, le atribuyen 2515 metros.

“Nosotros -dicen- no hemos ensayado escalar esta roca vertical, que nos parece inaccesible con los medios actuales. Pasamos por su vertiente occidental el 30 de julio de 1892, y M. de Saint Saud la ha examinado por su otra vertiente el 15 de agosto de 1893, acompañado de Rafael Concha, dicho el Monju. Este famoso cazador de Bulnes cree que sería, en rigor, posible intentar la ascensión empleando con anterioridad una semana, por lo menos, en tallar agarraderas sobre su panza lisa”.

A pesar de lo que afirma Prado, de lo que dicen Saint-Saud y Labrouche, y de lo que refieren del Monju, ¿no sería posible intentar la ascensión con una buena cuerda, sin necesidad de pasarse una o varias semanas en tallar la roca? ¿Y no sería posible intentarla con alguna esperanza de éxito? Que otros habían fracasado en la empresa, ya lo sabía yo; pero si no da uno más pasos que los que dieron otros, ¿dónde está el mérito, dónde la originalidad, dónde las iniciativas?

Acaso esos otros, con grandes atrevimientos y energías suficientes, no dispusieron de tiempo y medios adecuados para ello; es decir, de una buena cuerda de un día a propósito De todos modos, para juzgar uno por sí mismo de la mayor o menor inaccesibilidad del gigantesco, bizarro y formidable monolito, era necesario estudiarlo de cerca, verlo cara a cara, palpar sus muros verticales. Por eso el año pasado lo examiné por sus cuatro costados y juzgué totalmente inaccesibles las vertientes Sur, Este y Oeste. Respecto al lado Norte, me quedaron algunas dudas, y formé la resolución firme de deshacerlas al verano próximo, dado que los días eran ya muy cortos por aquel entonces y que no disponía de una cuerda alpina a propósito. Además tenía varios acompañantes, y por no sostener una disputa con ellos, que hubieran juzgado loco mi intento, consideré mejor dejarlo para cuando volviese solo.

¿Subir al Naranjo de Bulnes? ¡Qué hazaña de alpinista más grande!

Cada cual tiene su chifladura en este mundo, y yo prefiero denominar así mis caprichos que denigrar ligero los del prójimo, sin duda porque no los comprendo. Trepar por una roca pelada, con un precipicio a la derecha y otro a la izquierda, para sorprender algún robezo en alguna revuelta, o contemplar un grandioso panorama en la cima, o salvar la misma dificultad que a uno y a otro condure, será un placer de que se reirán muchos; pero es un placer soberano que me domina por completo, y ante el cual me considero... chiflado. Pero conste que no soy yo solo el que profesa esas aficiones. Desde que Whimper, el célebre inglés, el bardo de las montañas, se llenó de gloria al tocar la cumbre virgen del Monte Cervino, en Zermatt, y de los grandes jurásicos en el Mar de hielo del Monte Blanco, y de que sus libros, relatando sus escaladas, dieron la vuelta al mundo, una pléyade innumerable de hombres jóvenes de los Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania, acuden todos los años a Suiza a probar las energías de su raza.

¿Qué idea me formaría de mí mismo y de mis compatriotas, si un día llegase a mis oídos la noticia de que unos alpinistas extranjeros habían tremolado, con sus personas, la bandera de su patria sobre la cumbre virgen del Naranjo de Bulnes, en España, en Asturias y en mi cazadero favorito de robezos?...

Esa posibilidad había que borrarla de las contingencias de lo porvenir, y para ello era de todo punto preciso llegar al santo, besar su peana y tratar de escalarlo, llevándose, con la imposibilidad de hacerlo uno propio, el juicio seguro de la imposibilidad de que lo efectuaran otros.

Por eso compré en Londres la mejor cuerda que encontré y me fui a Chamonix para “entrenarme” como dirían los franceses, haciendo la ascensión de la Aguja de Dru, afilado risco de 3775 metros sobre el Mar de Hielo, y una de las más difíciles ascensiones.

De vuelta a Asturias, llamé a Gregorio el Cainejo para hablarle de ni persistencia en estudiar de cerca el Naranjo, como le había dicho el año pasado.

Gregorio es un hombre fornido, cazador eterno de robezos, que vive en la peña, mientras las nieves no le arrojan al valle; sus pies descalzos agarran como ventosas en las cornisas inclinadas de los acantilados infinitos que cuelgan sobre los precipicios de los Picos de Europa; desaloja al robezo de sus más inexpugnables torres, y lo mismo duerme al pie de un ventisquero, que corre a cobrar un animal al fondo de un abismo. Gregorio era el hombre que me convenía.

El 4 de agosto de 1904, dormimos Gregorio y yo, al par de unas cabras, al acabar la canal de Camburero. Salimos al amanecer con dirección al Naranjo, y a las ocho de la mañana habíamos almorzado ya junto a una fuente que nace en las estribaciones mismas del coloso. Habíamos llega do al Pico de Orriellos, como también por otro nombre le llaman. Por el Norte, y conforme nos íbamos acercando, lo fuimos estudiando, con la perfecta claridad que lo permitían nuestros buenos Zeiss prismáticos.

Esta vertiente Norte, única sobre la que nos cabían dudas en cuando a su inaccesibilidad, era muy sencilla: un descanso o saliente de la peña en el primer tercio inferior de la misma, y dos grietas verticales hasta la cúspide. Examinadas bien estas grietas con los anteojos, comprendimos desde luego, que una de ellas, la de la derecha, era absolutamente impracticable. ¿Lo sería también la otra? He aquí un juicio que no podíamos emitir desde luego; lo teníamos demasiado lejos, dada su altura, y tan sólo podríamos formarnos uno aproximado desde su arranque; es decir desde el descanso o saliente del primer tercio inferior de la torre. Pero ¿ podríamos llegar a él? Habría que intentarlo. De este modo la ascensión, si era posible, se componía de dos partes: primera, a la grieta. Y segunda, por la grieta.

Fortalecidos por el almuerzo, nos pusimos de nuevo en marcha, no sin haber observado antes la imposibilidad en que nos encontrábamos de alcanzar directamente el saliente, descanso o casi comienzo de la grieta por el Oeste, dado que lo teníamos todo completamente cortado a pico. Atravesamos entonces la base Norte del Naranjo, para alcanzar el principio de las grietas por el Este, y en una hora, aproximadamente, llegamos a un punto en que tuvimos que dejar los morrales, 1os anteojos y los palos, todo, menos la cuerda, para marchar con el mayor desembarazo posible. Gregorio se descalzó, y yo ajusté de nuevo mis sólidas alpargatas.

¿Qué teníamos delante de nosotros?... La serie de llambrias y la llambrialina.

Llambria, dice el Diccionario de la Lengua, es: “Parte de las peñas que forma un plano muy inclinado y difícil de pasar”. Llambrialina llaman los montañeses a una llambria muy estrecha, muy lisa, muy inclinada y sin agarradero alguno, vertiendo sobre el precipicio. Excuso decir que a mí, a pesar de tener alguna experiencia de la roca, todo me parecían llambrialinas, y ordené a Gregorio formalmente no pasara adelante en cuanto llegásemos al verdadero peligro, a la temeridad; pues yo guardaba cierto interés por mi pellejo, y no lo tenía menor por el de mi amigo, noble y leal, y, además como yo, padre de familia,

Partió Gregorio solo a explorar el terreno, mientras yo permanecía sentado contemplándolo y lo vi agarrarse con los dedos crispados, deslizarse, alejarse poco a poco, y, por último, perderse de vista detrás de las llambrias. Un cuarto de hora, que me pareció un siglo, tardó en aparecer de nuevo y en gritarme que lo que veía (aún no era la grieta) “no le parecía tan malo”.

Saltó mi corazón de gusto, y echándonos la cuerda a la espalda, la emprendí con todo el seso del mundo a lo largo de las llambrias. Mis alpargatas ajustadas agarraban como pez en aquella roca, y donde enganchaban mis dedos, me parecía estar completamente seguro. Gregorio presenciaba mis operaciones desde el otro lado, y me indicaba sus pasos. En esto llegué a la llambrialina, y allí me detuve un poco a considerarla de cerca y a familiarizarme con lo que hasta entonces no había visto parecido, pues ni la cornisa inclinada ni el precipicio me proporcionaron nunca ese recelo particular que me ocasionaba el pulimento absoluto de la roca, que no parecía sino que la habían dado con papel esmeril y lustre encima. ¡Tal es el poder constante de las aguas! El Cainejo me gritaba que me descalzase; pero yo tenía más confianza en mis alpargatas especiales de acalle de la Salud.

Avanzando un pie para ver cómo agarraba la alpargata, hasta afianzarse, y luego el otro, con exquisito cuidado, y ambas manos sobre la izquierda para disminuir el peso, logré pasar los tres o cuatro metros de la llambrialina... Cuando llegué a Gregorio, le di una palmada en el hombro, significándole mi contento y mi seguridad, y después de tres o cuatro malos pasos, llegamos al descanso.

¡Qué mirada de contento, cambiamos en este primer triunfo de nuestro empeño! Cuando, mirando hacia abajo, veíamos el sitio donde habíamos almorzado, nos sorprendió sobremanera lo alto que nos encontrábamos en relación a lo bajo que nos parecía estar el descanso en comparación con lo que nos faltaba todavía para llegar a la cumbre. Echamos la vista al cielo, y sólo vimos una parte de la grieta; la otra la tapaban las nubes. Retroceder en aquel caso, hubiera sido cobardía manifiesta “¡Arriba, hasta donde podamos, Gregorio -le dije- y no piense en mí, que yo llevo seguridad completa! ¡Adelante!”.

Sin decir más, nos atamos fuertemente la cuerda a la cintura, cada uno por un extremo y empezamos la subida. El Cainejo tomó la delantera, lo más difícil, y yo seguí de cerca, poniendo los pies y las manos donde él había puesto los suyos, y así fuimos trepando un buen trecho.

A veces, mi compañero no alcanzaba el saliente a qué agarrarse y entonces, mi cabeza primero, y mi puño cerrado después, eran a modo de escabeles de un encumbramiento que no tenía nada de retórico. Una vez más en firme, sus buenos puños, tirando de la cuerda, contrarrestaban el efecto de la gravedad en mi persona. Y así subíamos, y subíamos sin cesar, sin pronunciar más palabras que aquellas de “muy bien”, “al pelo”, “adelante”, con lo que yo iba animando todo el tiempo al bravo amigo que tenía sin cesar por encima de mi cabeza.

Cuando la grieta se cerraba demasiado, poníamos la espalda a un lado y los pies al otro, empujando yo siempre al de arriba, tirando éste por mí a cada momento. No mirábamos abajo por no impresionarnos, por no distraernos de único objetivo, y porque los cinco sentidos nos eran sumamente precisos. Pero cuando, a hurtadillas, lancé una vez la vista por debajo de mí... no vi nada, estábamos en plena niebla, en la nube.

Feliz casualidad, que nos borraba el peligro, si no de la realidad, al menos de su visión, un tanto incómoda. Apenas habíamos subido algunos metros, cuando gritos de Gregorio y unos cuantos golpes en la peña llamaron mi atención sobre la inminencia de algún peligro, y me dejaron inmóvil, con la cabeza pegada a la roca. Una piedra más que regular, arrancada por la tirantez de la cuerda, pasaba roncando a algunos centímetros de mi oído. La oí desprenderse por encima de mí, y la sentí pasar a mí lado después... ¡nada!...Ni volvió a tropezar con la roca, ni la oí llegar a ninguna parte. Así, aunque la vista no nos decía gran cosa, el oído nos hacía comprender una porción de ellas alarmantes. Cuando se desprendía alguna otra, pegaba de nuevo la cabeza a la peña y tarareaba cualquier cosa, ya que me era imposible taparme los oídos.

De este modo fuimos subiendo por aquel canalizo estrecho e interminable, hasta que oí decir al Cainejo: “De aquí no pasamos, don Pedro”. ¿Qué bahía allí? ¿Qué clase de obstáculo se oponía a nuestro paso? ¿Era la pared vertical, el ángulo hacia fuera, la roca lisa? Nada de eso: era un saliente de roca a modo de panza de burro que obstruía la grieta, la chimenea, paso por donde nos escurríamos, avanzando sobre el precipicio por encima de la cabeza de Gregorio.

Éste tanteaba a derecha e izquierda, por ver si encontraba asidero alguno; pero todo era inútil Yo subí hasta llegar junto a él, y, por mi parte, también escudriñé, pero con igual resultado.

Habíamos llegado a lo verdaderamente impracticable, a lo inaccesible. Tenía yo mi cabeza a la altura de la cintura del Cainejo, y estábamos ambos quietos, sin decirnos nada, presintiendo la honda tristeza que iba a apoderarse de nosotros al comparar las penalidades sufridas con el poco fruto de nuestro esfuerzo.

No sabíamos a qué altura estábamos; pero presumíamos que no podría faltar mucho para llegar a la cumbre. La nube había empezado a clarearse por encima de nosotros, y era algo así como anuncio de un Paraíso perdido para los que iban ya teniendo la conciencia de no poder alcanzarlo. ¡Qué habrá allá arriba, en aquella cima inmaculada, adonde nunca llegaron los hombres! Así estábamos los dos, mudos, esperando sin duda que alguna inspiración divina nos determinase algo, cuando, para cambiar de postura, tropezó mi mano izquierda con una grieta oculta, que parecía estar hecha para ella. ¡Qué sujeción la que había encontrado!,,, “Gregorio -le dije-, yo tengo aquí un agarradero magnífico. Póngase usted sobre mis hombros primero, luego su pie izquierdo sobre mi mano derecha, y verá usted cómo le aúpo. Y una vez que usted pueda echar los brazos por encima de esa panza, si no está del todo lisa, ya se agarrará usted y se ayudará con las rodillas”. Pues, ¿qué? ¿ No había yo levantado 1a gran pesa, la Sultana, en el gimnasio de Sánchez? “Sin miedo, Gregorio” le dije. Así lo efectuó y echándome yo hacia atrás sobre la niebla para empujarlo hacia arriba, lo izé por encima de aquel estorbo maldito.

Una vez arriba, sus brazos se encargaron de mí, levantándome en vilo con la cuerda...

La nube había desaparecido, o nosotros la habíamos pasado; un cielo azul y un sol espléndido doraba a nuestra espalda el vértice de los Picos vecinos; el aire vivificante y puro de la montaña inundaba nuestros pulmones, veíamos la grieta en toda su longitud, y allá, al final de ella, donde se abría en forma de embudo, debería hallarse la cumbre... El instinto de triunfo, de la conquista, se apoderó de nosotros; subíamos con ansia, no reparábamos en peligros y no nos decíamos una palabra; todo sonreía a nuestra ambición desmedida, y cuando el embudo se abrió, y la vertical empezó a dejar de serlo, yo me desaté la cuerda, que abandoné al Cainejo, pasé a éste, y saltando, loco, ebrio de placer y de entusiasmo, entoné, al llegar a la cumbre, el más formidable ¡hurra! que di en los días de mi vida... Era la una y cuarto de la tarde.

El paisaje que divisábamos no era otro que el corazón de los Picos de Europa, visto en medio de ellos: glaciares, neveros, peñascales, torres, tiros, agujas, desfiladeros, vertientes, pedrizas, pozos, robezos empingorotados en alguna punta, o manadas de ellos paciendo a nuestros pies en e1 valle desierto, en la olla profunda, en el hoyo inmenso, tranquilo y solitario; algunos Picos, perdiéndose en las nubes, rebasándolas otros, y en todas partes el abismo, el precipicio, encarcelándonos en aquella roca encantada que había sido virgen por los siglos... Allí nos quedamos absortos contemplando un paisaje tan vasto, tan original y tan a lo Gustavo Doré, sin exageración alguna; y allí hubiéramos estado largo rato, si el tiempo no nos apremiase para una bajada, como todas, harto más difícil que la subida, y para la construcción de torres o señales que dieran testimonio de haber estado allá arriba. Desde la una y cuarto hasta las dos y cuarto, una hora justa, estuvimos fabricando, con ardor, pirámides, con las piedras deshechas por el rayo que encontramos en aquella cima inhospitalaria, sin rastro de vegetación alguna.

Una de ellas, hecha a la perfección por mi compañero, será la más duradera; la mía resultó bastante menos sólida. Tres o cuatro grandes piedras que pusimos una sobre otra, podían considerarse como una tercera torre. Al concluir ésta, era ya necesario empezar la bajada cuando antes. “¡Adiós, Picos de Europa, en cuyo corazón me hallo; cumbre divina queme prestaste asilo; grandioso panorama que contemplo!... ¡Adiós, región eterna de las nieves, alcázares de piedra soberanos, simas profundas que os tragáis las nubes!... ¡Adiós, pirámides que, en recuerdo de tanta belleza, fabricamos!... ¡Vosotras persistiréis, si el rayo no os deshace, allí donde nosotros brevemente pisamos, sin duda por la ley general de que la duración del placer se halla en razón inversa de la intensidad del mismo!... ¡Vosotras testificaréis nuestra subida, no para halago de necia vanidad, que no sentimos, sino como ejemplo y emulación a los esfuerzos, y como timbre de gloria para hacernos acreedores a una inmortalidad en el Paraíso de los Picos, en el verdadero, genuino y varonil Olimpo de los dioses!...”. Todo eso, y mucho más condensaba mi triste y supremo ¡adiós! a la cumbre sublime que abandonábamos para siempre, y mis naturales tendencias poéticas y filosóficas se acrecentaban a medida del hambre que se iba apoderando de nosotros.

No habíamos comido nada desde las ocho de la mañana: nos quedaban pocas energías, y era de todo punto preciso un nuevo esfuerzo, dejándose de romanticismos, para emprender con calma y plena posesión de la realidad nuestro descuelgo por aquellas rocas.

El procedimiento seguido fue el siguiente: para mí, como a la subida, lo más cómodo y hacedero, bajaba delante, cuándo de pecho, cuándo de espaldas al muro, y mi compañero me deslizaba, teniendo de la cuerda, hasta que tocaba punto firme.

En cuanto a Gregorio, ¿cómo bajaba sin que alguien, por arriba, le fuese teniendo y soltando cuerda? He aquí cómo nos. Arreglábamos: una vez que yo estaba en firme, comenzaba a subir de nuevo lo que podía y estirando el brazo, esperaba con mi puño cerrado, pegado a la peña, uno de los pies del Cainejo, quien de allí pasaba a la cabeza y al hombro. Cuando yo no podía más, entonces bajaba como “podía”, haciendo maravillas de equilibrio y agarre con los veinte dedos de sus extremidades.

Excuso decir que mientras se descolgaba de este modo, yo me agarraba con todas mis fuerzas a la peña y a la cuerda para poder resistir el tirón, si por acaso llegaba a despeñarse; que de no resistir, dado que íbamos atados con la cuerda, mi suerte hubiera sido igual a la suya. Hubo un paso en que no podía ya dar otro, y yo le oí murmurar: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Cómo subí yo por aquí?”.

Oírle decir esto y ordenarle imperiosamente que aguardase, todo fue uno, pues era necesario recapacitar lo que se pudiera, antes de exponernos de ese modo. “¿No habría por ahí -le dije-, algún pedazo de roca inseguro, de esos que desprendía la cuerda a la subida, al cual pueda usted atar la cuerda que rodea mi cintura? Una vez atada esa piedra por el medio, la mete usted en el fondo de la grieta, tirando luego de ella para cerciorarse de que esté bien segura, y no tiene usted otra cosa que hacer sino descolgarse por ella hasta mis hombros. En cuanto usted llegue a ellos, la cortamos, y que ese pedazo se quede ahí para que lo utilicen otros"... Sin faltar a la modestia, creo que no discurrí del todo mal, pero la práctica que puso el Cainejo para efectuar mis teorías, superaron al cálculo; y allí quedó un buen trozo de cuerda bamboleándose en el espacio: es de pita, y quizá tarde algunos años en pudrirse.

Los pasos que siguieron a éste, no le aventajaron mucho en comodidad, y a cada instante temía por mi compañero.

La panza maldita la bajamos por el procedimiento de la subida, y no hacía mucho tiempo que la habíamos abandonado, cuando una nueva imposibilidad de descenso para el Cainejo se nos presentó delante: ¿que haríamos? ¿Cortar la cuerda de nuevo? Eso sería exponernos a quedarnos sin ninguna, o poco menos, y para lo que aún nos faltaba era completamente indispensable Una nueva reflexión me sugirió una nueva idea:

-¿No habrá por ahí algún saliente firme de roca? -le pregunté-. Aquí hay uno -me dijo-. Pues desatémonos los dos y echemos la cuerda por encima; yo tendré aquí fuertemente los dos cabos y usted se descolgará por dos cuerdas, en vez de hacerlo por una; al llegar a mí, tirando de un extremo, nos quedaremos con ella.

Porfiaba el Cainejo que la cuerda no daría para tanto; yo le aseguraba que sí, y. por fin, los hechos me dieron la razón. Gregorio llegó a mis hombros sano y salvo, y tirando de un extremo... la cuerda no venía; se había enganchado arriba... Tirando por el otro extremo, aflojamos al contrario, tiramos de nuevo: nada. Entonces, haciendo un supremo esfuerzo, me subí lo que pude, imprimí un fuerte movimiento ascensional en S a la cuerda, y dando un buen tirón, nos quedamos con ella.

Cerca ya del primer gran saliente, descanso o silleta del Naranjo, adonde habíamos llegado por las llambrias y llambrialina, se empeñó Gregorio en que, torciendo un poco a la derecha, es decir, hacia ellas, tendríamos mejor medio de bajar. Enemigo yo de toda innovación en estos casos, y acordándome que más vale malo conocido que bueno por conocer, le declaré mi parecer contrario, salvando en absoluto mi responsabilidad si se decidía a ello, pues yo no quería contrariarle, dado que él iba siempre en lo peor, y que tenía una memoria cien veces superior a la mía en cuanto a recordar las sinuosidades de la peña por donde habíamos pasado.

Admiraba yo su memoria; tenía cierta fe en sus seguridades, y me abandoné a sus propósitos. “Crea usted -le dije- que yo, en su lugar, me perdería cien veces”; porque no hay que olvidar que la niebla nos envolvía por completo lo que si era cómodo en una grieta donde no cabía perderse, era sumamente peligroso allí donde la grieta, ramificándose en las llambrias, desaparecía. Por eso mis temores eran de sobra fundados, siendo así, que a las siete de la tarde ya no sabíamos dónde estábamos...” Lo ve usted”, fue todo lo que le dije.

Aguardamos un poco a ver si alguna brisa descorría la nube, y a ver si se hacía algún claro. Este apareció, y tan sólo divisamos una pared cortada a pico, a nuestra cabeza, y otra, cortada a pico también, a nuestros pies... Volvimos hacia atrás, a duras penas, escudriñando con ojo avizor cuanto pudimos por las llambrias, cambiando pareceres sobre el sitio hacia donde e caería la llambrialina. Nos desatamos; Gregorio, no sé cómo, se perdió en la nube; yo me quedé con la cuerda, pensando en la noche de muerte que íbamos a tener que pasar atados a las rocas, y, ante perspectiva tan poco seductora, redupliqué mis esfuerzos indagatorios, metiéndome por sitios de donde luego con gran dificultad salía.

Eran las siete y media; empezaba a oscurecer, y yo a pasar un mal rato, cuando resonó la voz de Gregorio: “¡Don Pedro, ya apareció la llambrialina¡ Se había orientado por el estiércol de un vencejo de montaña que vio a la subida. ¡Qué hombre!

Y aquí puede decirse que terminaron nuestras penas. La llambrialina, después de lo pasado, y atados, la atravesamos como si tal cosa. No lejos estaban los morrales. Cuando llegamos a ellos, un chorizo, cogido a escape y comido andando, nos llevó a la fuente de la mañana, que medio agotamos. La noche cerrada nos cogió a la entrada de la canal de Camburero. Nos perdimos de nuevo; dimos voces a los pastores, y tan solo contestaron las piedras que desprendían los robezos, a quienes habíamos despertado. Comprendimos que estábamos aún muy altos, y bajamos más y más por entre infames peñascales. Una voz honda y lejana respondió por fin a las nuestras. Los pastores nos habían oído. A las once de la noche entramos por sus cabañas. Era el 5 de agosto de 1904”.