miércoles, mayo 03, 2006

LA CONQUISTA DEL NARANJO, VERSION DE "EL CÁINEJO"

Aquí se relata, por parte de Gregorio Pérez Demaría, El Cainejo, la proeza realizada por él y por D. Pedro Pidal, Marques de Villaviciosa, en el verano de 1904, haciendo posible lo que nadie había conseguido nunca: La Conquista del Naranjo de Bulnes.

Este relato apareció en 1918 en el libro “Picos de Europa”, escrito por D. Pedro Pidal y D. José Fernández Zabala y también en la revista “Alpina” del Club Alpino Español.

Esta publicación se realiza sin cambiar nada, tal cual fue publicada, con la peculiar forma de expresarse de su protagonista.


“En el día 2 de agosto de 1904 estaba yo segando yerba encima del pueblo de Caín de arriba. Caminaba a buen paso un asturiano que se dirigía onde yo estaba segando y después de saludarnos me dice:

-Vengo a buscarte

-¿Y luego?

-Hoy llegó a la Vega de Ario D. Pedro Pidal y dijo que té había escrito una carta para que estuvieras hoy en la Vega de Ario, pero vino él primero que la carta..

-Bueno, dile a don Pedro que al ser de día estaré en la Vega.

Y marchó a escape, pues dijo no tener nadie en la majada. Bajé a la tarde a casa y después de cenar, como había buena luna, eché a andar. Llegué a la Vega muy de mañana y va me salió al entro D, Pedro. Nos saludamos y le pregunto:

-¿Quién ha venido con usted?

-Dos señores; de Oviedo uno, y de Gijón el otro.

Llegamos a la tienda de campaña y me los presentó, pues estaban durmiendo todavía en sus colchones de viento, pues estaban molestados a pesar de haber venido en caballo, Me dice:

-Bueno, ¿estás dispuesto a que vayamos hoy a hacer la ascensión a Torre Santa?

-Por mí cuando usted guste.

-Bueno, ya tengo yo preparado lo que hemos de llevar. Mira si hará falta más.

Me enseñó la morrala y veo una magnífica cuerda; me dijo haberla comprado en Londres, y que había comestibles bastantes para el día. Vestí mi morrala y echamos a andar, después de haber encargado a un mozo que, levantados los dos señores, los llevase a tomar una vista a la Torre de Jultayo, pues estaba cerca y era buena tierra, dando vista a Caín

Llegamos nosotros al Hoyo de la Capilla y como había buena agua nos pusimos a almorzar. Sacó D. Pedro su mapa y me preguntó:

-¿Cuála es Peña Santa de Enol?

Y se la enseñé, pues, aunque es un poco más baja que Torre Santa, como está delante de ésta, por la parte de Asturias se ve más tierra.

-Y ¿qué te parece? ¿Tendremos tiempo para subir a la dos?

-Si, señor. Hay día para todo.

Echamos a andas y mirando cómo corrían los rebecos que huían de nosotros. Nos dirigimos a la Peña Santa de Enol, que es la primera. En menos de una hora subimos a lo alto, donde había una pilastra echa a mano por el Conde de Saint Saud y sus guías. Sacó Don Pedro sus antiojos y recorrió desde allí hasta el mar y desde las Cordilleras del Puerto de Pajares hasta las montañas de Llanes, y más allá contra la provincia de Santander. Todo se veía, pues era un día escampao, sin una chispa de niebla, que era lo que deseaba Don Pedro. Bajamos en media hora onde teníamos la morrala y la cuerda, que para subir a esta Torre sabía yo que no hacía falta la cuerda. La vestí otra vez y echamos a andar para Torre Santa. Llegamos al pie y allí tuvimos que hacer uso de la cuerda; subimos aquel paso y la dejamos allí, pues de allí para arriba comprendí que no nos hacía falta; no porque sea buena tierra; pero vi que Don Pedro se atrevía tanto como yo o poco menos. Llegamos a lo más alto y nos encontramos con otra pilastra echa por el mismo Conde. Desde allí es el divisar tierra para la parte de Castilla, pues yo creo que se verá hasta más allá de las montañas de Sierra Morena (!!!). D. Pedro se asentó a mirar con los antiojos y yo como no había dormido nada la noche anterior, me quedé dormido sobre una llastra muy llana, cuando el ruido de unas fuertes voces me despertaron. Era D. Pedro que con los anteojos alcanzó a ver a los dos señores en la Torre de Jultayo, que a la sazón se levantaban para volver atrás. Les vociaba por ver si le oían, pero era imposible por la mucha distancia y la mucha altura que teníamos nosotros sobre ellos.

No se cansa nunca de mirar D. Pedro a un lado y a otro, hasta que tuve que darle prisa, que nos hacía falta el tiempo para volver a la Vega. Emprendimos la bajada que es larga, pero no es mala. Al bajar nos juntamos con dos cazadores de Soto Sajambre. Bajamos a comer a la Fuente de las balas; las hay de piedra roja, echas como a molde; por cierto que cogió algunas y las guardó; desde allí a la Vega todo es atravesar para adelante. Llevamos una tarde muy divertida, mirando los rebecos que saltaban a un lado y a otro, cómo salían de sestear para ponerse a cenar. De tiempo de tarde llegamos a la Vega a las seis media o las siete.

A otro día de mañana batieron la tienda, pues como el día antes, camino de Pena Santa, habíamos hablado de ir a hacer una tentativa al Naranjo de Bulnes y quedamos concertaos en eso, era preciso madrugar. Cargamos los caballos, apartamos lo necesario para nosotros, y les dice a los dos señores y a un mozo que les acompañaba:

-Bueno, si ustedes me permiten yo me marcho por aquí con Gregorio, a hacer la ascensión al Naranjo de Bulnes si nos es posible; bajan con esto a Covadonga y a Cangas, entregan esta tarjeta al señor Dosal, que me remita un coche a la Hermida para el día 7.

Nos despedimos y echamos a andar espalda con espalda. Bajamos a Ustón y al río Cares; allí almorzamos, pasamos al río Cares por un pontigo; emprendimos al Monte Llué arriba, que tiene una legua de largo; subimos a la Collada de Cerredo, tomamos el fresco un rato, pues desde allí a la Majada de Camburero, que teníamos que ir a dormir, todo era alante en travesía y casi por sombra. En la Majada de Orande, en una cueva que tiene una fuente; comimos y bebimos y allí mandamos razón por un pastor de Bulnes, a Inocencio, que subiera de mañana a Camburero, íbamos a ver si éramos de subir al Naranjo, para que nos ayudase algo; pero como le diera el aviso tarde, no subió. Echamos a andar, deseoso D. Pedro de dar vista al Naranjo, pero como Camburero está metido en un hoyo como media legua por bajo del Naranjo, hasta no llegar cerca no se nos ponía a la vista por donde nosotros íbamos; llegamos a un alto en e cima de Camburero y ya se nos presentó el pico cortao, liso y derecho por tres costaos; sacó D. Pedro los antiojos y de allí examinamos por onde pudiéramos embestir, dao caso que por lo que veíamos de allí pudiéramos subir a un descanso que nos presentaba menos de a la metá del pico.

Bajamos a la majada; nos preguntan los pastores el objeto de ir por allí sin escopetas; se lo hemos dicho y dicen ellos:

-Bien atrevidos los hubo en Bulnes y los hay también, y nunca subió arriba nadie; pero es que ni los rebecos tampoco.

-Pero nosotros, confiaos en nuestras mañas y nuestra buena cuerda, tenemos confianza.

A otro día, que era el 5. esperamos un poco por Inocencio; viendo que no venía, echamos a andar, almorzamos bien en una fuente al pie del mismo pico, le damos una vuelta y vemos que por el costao que mira al Norte podríamos subir al descanso que decíamos por la tarde. Dije:

-Bueno; quédese usted aquí; ahora voy a subir yo allá arriba si puedo y pasar a la horcada que veíamos ayer, que de allí ya se ve y registra de allí para arriba.

Me descalcé a pie puro, lo dejé allí con la morrala debajo de una piedra; embisto la peña; fui pasando y subiendo llastralezas y pasos medianos; perdí de vista a don Pedro por tener que atravesar hasta la horcada que decíamos allí; me asenté y lo registré bien: se veían unos saltos y unos canalizos que no pareció tan malo como resultó; volví atrás hasta llegar a la vista de mi compañero, y le digo a D. Pedro:

-¿Sabe Vd. que no se me hace tan malo como lo ponían? Se me figura lo peor de ahí aquí.

Y marchó hacia donde yo estaba, con tanta arrogancia como si fuera a subir por un valle arriba; le mandé que se asentara y esperase allí hasta que yo bajara onde él para ayudarle, que era muy malo todo aquello; así lo hizo; bajé onde estaba él y nos amarremos bien uno por cada punta de soga; como yo estaba ya descalzo, mis pies pegaban bien a la peña, pero también u mejor pegaban las alpargatas de D. Pedro. Fuimos subiendo poco a poco hasta una llambria que había que atravesar bastante pendicular y sin agarradero ninguno; pasé yo delante y con la cuerda favorecí a D. Pedro, y pasó también; y entonces me dijo D. Pedro:

- Sabes que esta lúcia de peña se parece aquel sitio que pasamos el año pasado, cuando pasemos desde Caín a Cuestaduja y a la Collada de Cerredo, aquella llastra que llamáis vosotros la llambrialinia? Y con este nombre se quedó y en verdad nos valió mucho para bajar.

Subimos otro poco más arriba y después tuvimos que travesar un cacho p’adelante hasta llegar al sitio donde había llegado yo primero, a un descanso que hacía la peña y se descubría la mayor parte de lo que faltaba por subir. Allí nos asentamos a descansar un poco y registrar con los antiojos cualo sería de lo malo lo mejor, pero todo nos pareció imposible, menos unos canalizos muy estrechos con algunos saltos de unos a otros y muy plomo arriba; y hemos dicho: si habemos de subir, tiene que ser por allí; y entonces, aunque la divina providencia lo hubiera ordenado, empiezan a reunirse ramos le niebla y se cerró por entero en un cuarto de hora y fue lo que nos favoreció, después de Dios y la cuerda, para subir y bajar, porque nos quitó el asombro que metía el mirar pa abajo. Fuimos subiendo poquito a poco un gran cacho para arriba, hasta que tropezamos un muy alto salto que formaba panza en el medio y derechaba tan plomo arriba como un árbol entornao y sin agarraderas ni sitio onde poner los pies. Empezó D. Pedro a registrar y me dijo:

-¿Sabes, Gregorio; que aquí hay un gran agarradero?

Se agarró bien una mano de él, afianzó bien los pies y me dijo:

-Apoya los pies sobre mis hombros.

Así lo hice y después sobre la cabeza, y después me empujó los pies con una mano y entonces me enganché mis manos a un buen agarradero y me eché fuera. Subí más arriba, aseguré bien los pies y le dije a don Pedro:

-Bueno, yo ya subí; prepárese usted.

-¿Estás ya bien seguro?

-Sí, señor

-Pues, arriba.

Empieza a esgatuñar y yo a tirar de la cuerda: en siguida llegó a mis pies, anduvimos otro cacho bueno para arriba que era menos malo, a la que tropezamos otro paso como el anterior; lo miramos bien y resolvimos valernos de las mañas que nos valimos para subir al otro; pero nos costó un poco más de trabajo por tener yo ya los pulsos algo cansados; pero por fin también subimos aquel paso. Ya decíamos nosotros: no llegamos nunca al alto, porque las piedras que desprendíamos nosotros y la cuerda por estar mal seguras, las oíamos bajar rugiendo; pero no oíamos dar abajo y por lo tanto nos creíamos ir ya may altos.

Anduvimos un poco más arriba y advertimos que la niebla se bajaba un tanto y que los rayos del sol pasaban por encima de nosotros y que se veía un cielo azul que daba gusto; ya advertimos que se bia lo más alto.

Soltamos la cuerda y la dejamos atrás y llegamos a la cumbre; nos asentamos sobre unas piedras un poquito, que subíamos cansados. Sacó D. Pedro los antiojos y empieza a mirar a todos laos, porque como la niebla estaba baja, echa una vega, se veía la mar de tierra y rebecos en aquella torre, en aquel pico, en aquel nevero, en aquel hoyo, en aquella verdiana, paciendo. ¡Qué gusto encontrarse en aquella altura y donde nadie había pisado! Tomamos unos caramelos por la mucha sed que teníamos y nos pusimos a trabajar para dejarlo a la vista las pruebas de la verdad; nos pusimos hacer en la parte más dominante una pilastra cada uno; yo la hice de mi altura, firme y bien construida; me manda D. Pedro que le asegure la suya; la retaque bien hasta dejarla segura; hicimos otra entre los dos con tres grandes piedras bien asentadas unas sobre otras, en forma que se ven de muy largo y se verán siempre, a menos que algún rayo o chispa eléctrica las derribe, que aquí se conocen que caen con frecuencia.

Emprendimos otra vez la bajada, que ya la considerábamos más difícil; fuimos bajando hasta encontrar la cuerda, nos volvimos a meter entre la niebla, bajemos hasta el último paso malo de la subida; se amarró bien D. Pedro por su cintura, con la cuerda que era bien segura, me aseguré yo para tener y bajó toda la largura de la cuerda; trato de bajar yo, pero no era posible; él no me podía ayudar, y yo no encontraba de que me agarrar; ya decía:

-Pero, Dios mío. ¿Cómo subiría yo por aquí?

Hasta que dice D. Pedro:

-Mira a ver si encuentras a qué agarrar la soga.

Reparé y vi un canalizo en la peña, hecho por las aguas; anudé bien la cuerda, la metí en el canalizo, la atesté bien con piedras, tiré de ella y vi que estaba segura; me agarré de ella y en un instante bajé donde D. Pedro; tiré de la navaja y corté la cuerda; anduvimos para abajo hasta el otro paso malo. Bajó D. Pedro y yo con la misma dificultad que arriba, hasta queme dice D. Pedro:

-Vas a terciar la cuerda detrás de aquel pico que hace la peña.

Digo:

-Doblada no va a alcanzar, que ya es más corta.

Nos soltamos; la doblé tras de el pico y bajaron las puntas hasta cogerlas D. Pedro; me agarré de ella y bajé enseguida. Echamos andar, y allí por evitar un paso algo mediano que había para bajar al descanso que hacía la peña, donde habíamos estado sentados al subir, determiné bajar por otro lao. D. Pedro no quería; más valía lo malo conocido que lo bueno por conocer y tenía razón. Seguí por allí y desorientamos. Dejé a D. Pedro asentado y empiezo a registrar por aquí y por allí; encontré una cagada de un pájaro que la vi por la mañana cuando fui y volví; bajé un poco más abajo y me encuentro con la llambrialina. Llamé a D. Pedro le dije:

-Aquí está la llambrialina.

-¿Tú estás seguro que lo es?

-Sí, señor.

-Fíjate bien.

Y el caso no era para menos: la niebla puesta, la noche encima, desorientados en la torre sin tener donde dormir, no siendo que nos atáramos a alguna peña con la cuerda. Volví a subir donde D. Pedro y bajó todo lo que dio la cuerda y me llama:

-Tienes razón, que esta es la llambrialina; ahoya ya estamos bien, que ya estamos cerca de abajo.

Bajemos otro poco y enseguida llegamos al sitio donde teníamos mi calzao y lo demás equipo.

Allí, besemos ambos la cuerda por ser la que nos ayudó a subir y bajar, miró su reló y eran las siete de la tarde. Cogimos un chorizo cada uno y echamos andar, llegamos a la fuente donde habíamos almorzao; secos de sed, bebimos, tomamos otro chorizo y buenas conservas y echamos andar, pero enseguida nos cogió la noche por unas pedrizas abajo, sin camino alguno y en terreno poco conocido. La niebla puesta y cerrada y de noche, trompicábamos a cada momento; no sabíamos por donde andábamos. Vociábamos a los pastores de la majada, pero no sentíamos responder a nadie: lo que sonaban eran peñas rodar por aquellas pedrizas y por aquello comprendíamos que estábamos muy altos. Aquí caíamos, allí nos levantábamos; fuimos bajando mucho más y volvimos a vociar, y entonces ya nos contestó una pastora, que como tenía sus vacas un poco desviadas de la majada, escureció ordeñándolas. Y como sabia que estábamos arriba y nos oyó vociar, nos esperó, por más que nosotros les habíamos dicho por la noche que si no éramos de subir al Naranjo no volvíamos por allí, que nos dirigíamos a los Tiros del Rey y al casetón de Áliva y de allí a las minas de Ándara,

Al sentido de las voces de la pastora, fuimos llegando poco a poco a bajar donde ella estaba sentada en nuestra espera. Como a mí me conocía. me dice:

-Trairéis güena sede; podéis beber lleche; sí, dale a D. Pedro.

Como estaba ya fresca y la sed era mucha, nos sabía a miel. Echamos andar, llegamos a la majada que ya estaba cerca, nos metimos en las cabañas con los pastores, tomamos más leche y cenamos bien; nos preguntaron enseguida que si habíamos subido al pico.

-Sí, nos costó trabajo bastante; pero subimos y para mejor creerlo, allá en lo más alto del pico,
dejamos señales verdaderas.

-¿Qué son?

-Tres pilastras hechas con nuestras manos, de la altura de un hombre que nos llevó una hora justa en hacerlas; no se caerán nunca, como algún rayo no las demuela, pues español ni extranjero estamos seguro que nadie las ha de tirar, y si subiera alguno, que no subirá, que haga otra u otras tres como las nuestras.

-¿Y desde abajo, desde la entrada del Jou sin tierra, se podrán ver ya?

-De allí y de donde quiera que se vea o alto, se ven muy bien.

-Pues mañana echamos para allá, a verlas también; se encuentran allá los robecos y suben hasta aquel descanso que hay al principio del pico y algunos cazadores también subieron allí; pero más arriba nunca vimos ni oímos que naide ni nada subiese

Dormiríamos como dos horas, porque luego amaneció; tomamos más leche y nos guiaron por el sendero que va a Sotres, donde nos dirigimos, y de Sotres a Ándara. D. Pedro se dirigió a la Hermida, donde le esperaba el coche; nos despedimos amorosamente y yo me volví por Bulnes para mi casa.”

jueves, marzo 30, 2006

CONSTRUCCIONES GANADERAS EN LA SIERRA DEL ARAMO

La Sierra del Aramo, situada en la cuenca central de Asturias, es un espacio de media montaña que, con una dirección cercana a la meridiana, separa los valles de los ríos Trubia y Riosa. Presenta una disposición alargada de dirección Norte-Sur, de unos 12 kilómetros, entre el Pico La Mostayal y el Alto de la Cobertoria. Esta unidad topográfica se reparte entre los concejos de Morcín, Riosa, Proaza, Quirós y Lena.

Los pueblos se sitúan a media ladera sobre ambas vertientes y presentan las características propias de un área de montaña asturiana. La organización del espacio revela un abandono total de la agricultura a favor de la ganadería. Esta actividad se desarrolla siguiendo un ciclo estacional de ocupación que se inicia en los pastos de ladera y finaliza en las zonas altas o puertos. Las construcciones de uso ganadero, por tanto, se encuentran en dos pisos: el primero, y a menor altura, está situado en las proximidades de los pueblos en relación con el aprovechamiento de los pastos comunales de las morteras, y el segundo, localizado por encima de los 1.400 metros, es de uso exclusivamente estival. El tipo de las construcciones varia según se ubiquen sobre las laderas o en el puerto y también, según su función: albergar crias o animales adultos, almacenar hierba y servir de refugio al vaquero.


Construcciones de ladera

Son edificios de mampostería ordinaria o en seco que utilizan como material básico de construcción la piedra caliza, arenisca y piedra toba, conocidas en la zona como piedra, piedra parda y piedra sarnosa respectivamente. La cubierta, con su entramado habitual de madera, es de teja y casi siempre a dos aguas; por debajo de la teja se disponían helechos o brezo como material aislante. Constan de dos alturas: el piso inferior se utiliza como cuadra y el superior como pajar. A tales edificios se les denomina según los concejos caseta (Quirós), cuadra (Riosa), cuadra de braña (Proaza) y corral (Morcín).

Dependiendo de la complejidad de su estructura, es decir, si cuenta con elementos adosados, portalá, etc. pertenecerán a cada uno de los tipos que vamos a describir.

o Tipo I: La construcción más abundante de las laderas es la cuadra-pajar, de planta rectangular, dos alturas y sin añadidos exteriores. Tiene forma cúbica y sólo presenta dos vanos en los muros: en el piso bajo, la puerta de entrada a la cuadra, y en el alto, el bocarón del pajar, situado, normalmente, en el muro posterior del edificio, aunque si el desnivel del terreno lo impide se traslada a un lateral.





o Tipo II: Introduce la novedad de la portalá, espacio techado anterior a la puerta que suele estar empedrado. Supone un mayor aprovechamiento del edificio pues permite al vaquero refugiarse en él e incluso hacer fuego, ya que en las esquinas se sitúa una losa de piedra triangular, chispera, bajo la que se puede encender una hoguera sin peligro de incendio para la cubierta. También suele disponer de repisas de piedra y alacenas. A veces se aprovecha la mitad superior de la portalá para construir un anexo del pajar conocido como pachareta.



o Tipo III: Puede considerarse como una evolución de la anterior. Presenta una portalá muy grande, la mitad de la cual está cerrada y tiene dos pisos: el inferior se utiliza como cabaña para el paisano y la superior es un pequeño pajar. Este tipo es una variante muy local puesto que sólo se localiza en Sobrovilla y Llindelafaya (Villamejín) y se les conoce como cuadras de braña.




Todos estos edificios de ladera cuentan como elementos de protección con llábanas en la cubierta, lajas de caliza que se sitúan en las zonas más expuestas al viento o en los aleros; la misma función cumplen los árboles que rodean el edificio, normalmente fresnos. De ellos se aprovechan las varas, forcaus, productos de la poda anual para la fabricación de xibatu (tejido de varas con el que se construyen portillas, suelos de pajar o treme y corzas) y las hojas con las que se alimenta el ganado.

Las construcciones se agrupan en brañas formando asentamientos dispersos en función de la orografía. La Sierra del Aramo ofrece una clara disimetría en sus vertientes. La occidental presenta una relieve escalonado que favorece la existencia de conjuntos de tipo nuclear o polinuclear claro, como sucede en La Collada y Tene (Las Agüeras) o Linares (Bermiego). Por el contrario, la extremada pendiente de la ladera este impide la concentración de las construcciones, que se disponen formando alineamientos hasta los 800 m. de altura, donde se inician los escarpes rocosos. Esta disposición se observa en los asentamientos de Code y Sollavega, pertenecientes a los pueblos riosanos de Felguera y Muriellos.

Un ejemplo característicos de las brañas tradicionales de la Sierra del Aramo lo constituye Ordiales. Se extiende por encima del pueblo quirosano de Muriellos, al que perteneces, y presenta una disposición nuclear formada por 31 construcciones, 30 de las cuales corresponden a la cuadra-pajar simple, definidida como Tipo I, y sólo una pertenece al Tipo II. Un rasgo de estas brañas es el predominio casi absoluto de uno de los tipos constructivos en detrimento de los restantes.

Construcciones del puerto


En las zonas altas la variedad tipológica es mayor que en las laderas, a pesar de que el material de construcción se reduce a grandes piedras irregulares de caliza y tapinos; en general son edificio pequeños, casi refugios elementales para ganado y vaqueros. Un característica del asentamientos es el total mimetismo con el paisaje, logrado por el aprovechamiento de las irregularidades del relieve como medio de protección. En esta plataforma superior del Aramo la presencia masiva de la caliza da lugar a un relieve derivado de la acción kárstica; su morfología es de continuas depresiones o dolinas que son los espacios elegidos para los asentamientos, llamados mayeus y constituidos por cabañas, bellares, rebates y, en ocasiones, cuadras.

o La Cabaña supone el albergue del vaquero que durante los meses de verano (desde San Juan a San Miguel) iba a vaqueriar al monte y no precisa una compleja estructura de habitación, pues la vida en el puerto se desarrollaba en las campas, encerrándose en la cabaña sólo para dormir. Tiene planta rectangular, con cubierta a un agua de teja o tapinos. Es de reducidas dimensiones y está ocupada en su mayor parte por una camera, camarín o camarote, lecho de madera elevado medio metro del suelo, sobre el que dormían cuatro o cinco personas, pues estos edificios solían utilizarse colectivamente. El resto del espacio se destina a llar y, empotradas en la pared, se hallan una o dos alacenas donde depositar las provisiones.



o El bellar es la construcción más representativa de la zona. Es de planta circular y se cierra con una falsa cúpula formada por la aproximación de las piedras que componen la cubierta; por encima, para cubrir los huecos, se dispone una capa de tapinos. En total, el edificio no supera los 180 cm. de altura en el exterior y constituye un cobijo elemental. Su estabilidad sólo es posible por el enorme grosor de los muros, 80-90 cm., dejando en el interior una reducida capacidad, únicamente apta para albergar xatos.


o La Cabaña-bellar es un tipo de variante peculiar que aúna las dos anteriores y que aparece en el mayeu de La Florida, de la parroquia de Muriellos (Quirós). Tiene planta rectangular y dos pisos; el inferior se utiliza para guardar los xatos y el superior es la habitación del paisano. Cada piso tiene entrada independiente aunque el acceso al piso alto también se puede hacer desde el bellar, ya que el camarote sólo ocupa la mitad de la superficie interior.


o El rebate es un recinto descubierto formado por un muro de piedra. Se utiliza para introducir el ganado que por determinadas razones debía estar aislado del resto. Puede acompañar a los bellares y las cabañas o aparecer exento.

o La cuadra, construcción de planta rectangular, sin pajar, de poca altura y, generalmente, con tejado de una sola vertiente. Su uso es esporádico, guardándose en ella, en caso de necesidad, el ganado adulto y no sólo las crías como en los bellares. De todas maneras, es una construcción poco frecuente en el puerto.

Estos asentamientos de las zonas altas presentan una disposición de tipo nuclear o polinuclear denso y se sitúan en las depresiones próximas a los puntos de agua, ya que las fuentes escasean.

Un ejemplo de situación actual nos la da el mayeu de Fompedrín (Riosa), al que se accede por una senda que parte desde L’Angliru, y se localiza entre los 1.460 y 1.480 m. Consta de 18 edificios, de los que 15 son bellares, 2 cabañas y un rebate, todos construidos exclusivamente en caliza y con el sistema de mampostería en seco. Actualmente está abandonado, hallándose 16 construcciones en ruina total, mientras que sólo 2 bellares se conservan en pie. Esta misma situación se da en el resto de los 19 mayeus localizados en el puerto: Llazarandín, La Covariega, Treslavega la Cuaña, Robles, La Veguillina, Los Cuadrazales, L’Angliru, Valdesiniestra, Campalaovia, El Toyo, Vallongo, Covachos, El Texu, La Xinestal, La Florida, La Bárgana y los Veneros.

Todos los mayeus citados reflejan la intensidad del aprovechamiento ganadero de la Sierra del Aramo en tiempos pasados, habiendo caído en desuso y ruina en las últimas décadas.




Fuente: García Fernández, Flor / Díaz Rodríguez, Sofía / Sagasti Gil, Jesús: Revista Ástura. Nuevos cartafueyos d’Asturies. Nº 6, Año 1987

viernes, marzo 03, 2006

EL RIO CARES Y LA CANAL DE TREA

Ante la inminencia de la ruta que el próximo día 25 de marzo pretendemos hacer por la Garganta Divina, presentamos aquí el relato de dicha ruta hecho por D. Pedro Pidal y D. Jose F. Zabala, allá por el lejano año de 1917. Nada que ver las condiciones en las que ellos hicieron la hoy en día denominada Ruta del Cares, con la que nosotros haremos y con la que hacen miles de turistas todos los años. Las condiciones han cambiado notablemente y ninguno de los malos pasos que relata el Marqués de Villaviciosa se realizan hoy. Dentro de las condiciones de ruta de montaña, con sus peligros de desprendimiento de piedras, la Ruta del Cares es hoy en día un paseo agradable y seguro, ya digo, con los condicionantes naturales.

Que nadie piense por tanto, que se mantienen los peligros que se relatan en este fragmento del libro PICOS DE EUROPA “CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DE LAS MONTAÑAS ESPAÑOLAS, de PEDRO PIDAL y JOSE F. ZABALA. Publicado por NOEGA, [Gijón 1983] . Reproducción facsímil de la edición CLUB ALPINO ESPAÑOL.-MADRID 1918.


Río Cares y la canal de Trea (1)

Nace el río Cares en el puerto de Pan de Ruedas, y marchando de Sur a Nordeste, al comienzo de su curso, pasa junto a las aldeas de Caldevilla y Soto de Valdeón, y Posada de Valdeón (pueblo ya más importante), y Los Llanos después, hasta llegar junto a Cordiñanes, donde toma la dirección Norte, que conserva hasta Caín. La senda que baja por la derecha del río desde Posada de Valdeón, cruza el Cares por el puente de Cordiñanes, a media hora de Posada, y sigue ya por dicho lado hasta ver a la derecha la ermita de la Virgen de la Corona (cuya fundación data, según la tradición local, de la fecha de la coronación de Pelayo), en que la garganta se estrecha enormemente y hace el efecto, más que de una garganta, de una cueva honda abierta en el techo por una grieta que da paso a la luz.

Toda esta garganta está a su vez llena de innumerables cuevas, espaciosas y dilatadas, arregladas por la mano del hombre, y, según los naturales del país, todo aquel camino está sembrado de enterramientos, como si fuera un inmenso osario.

No ofrece duda alguna que aquello fué en alguna edad pasada habitado por muchedumbre de gentes que en aquel lugar impenetrable buscaron seguro refugio. Y ya merecía la pena de que se hicieran detenidas excavaciones en aquellas cuevas y en aquella aparente cueva honda que constituye el camino de los Caínes.

En un punto pasa el camino por debajo de una de estas piedras, que en su caída quedó suspendida como la clave de un arco, distante del suelo poco más de un metro. Una estacada de tres metros de altura, con su puerta, cierra la hoz y el río un poco más adelante. Allí comienza la tierra de Caín, que puede compararse a un redil. Los ganados andan sueltos por todas partes, sin pastores ni perros que los guarden, porque el río entra más abajo en una estrecha canal de paredes verticales, por donde sólo un pájaro pudiera pasar; a los lados cierran el término peñas inaccesibles, y todo él se halla cerrado y formado de terreno tan fragoso, que los carros son allí muebles inútiles, no menos que las caballerías; así es que hasta la recolección de la hierba se hace sin otros vehículos que las espaldas de los vecinos.

Entre la ermita y Caín se encuentra el llamado Pozo de los Lobos, en el fondo de una cañada transversal, que, en lo más bajo, cierran zarzas y estacadas por ambos lados. La disposición del terreno es tal que, cuando uno de aquellos animales tiene la mala suerte de dejarse ver hacia aquel paraje, se le considera como una presa casi segura. Los vecinos concurren entonces por obligación al toque de las campanas del valle. Unos ganan los altos para que la fiera no pueda dirigirse sino hacia la parte inferior de la cañada, donde otros la esperan resguardados en una especie de pequeños chozos que tienen la entrada mirando al río, y salen con chuzos a hostigarla y empujarla hasta que la obligan a tirarse al pozo. Casiano de Prado refiere que en Caín, en cuarenta y seis años, se habían cogido sesenta y tantos lobos y sólo un oso, porque este último animal anda siempre por los sitios más apartados, por las peñas más altas y por las cavernas, donde hay que ir a cazarlos (Prado).

Pasada la ermita, un rústico puente salva el río, aunque el camino no continúa a la izquierda, y antes de llegar a la desembocadura del torrente del Mueño (cabra montés), que viene a la derecha, otro puentecillo lleva la senda al lado derecho del río.

Esta garganta del Cares, que entre los macizos de Torre de Cerredo y Peña Santa corre de Sur a Norte, primero, de Oeste a Este después, y de Sur a Norte de nuevo, se llama Garganta de los Caínes en su primer tercio. «¡Y hace honor a su nombre!—dice Burguete.—Ya en ella, cuando se alcanza a divisar por estar el caminante encima de la grieta que le da entrada, no hay otro sendero de marcha que el propio cauce del río, cauce socavado por las aguas en la peña. Se pasa, a la par que el río, por un túnel, mejor dicho, un agujero que aquél abrió en la roca. Las enormes paredes de la peña, en uno y otro grupo de los picos, parecen verticales, y como rara vez se ve el final de ellas ni el filete azul del cielo, produce aquella enorme grieta de piedra una sensación de aplastamiento, de anodadamiento y de congoja.»

Un enorme risco, Cueto el Pando, obstruye, al parecer, el paso por la estrechísima garganta. El sendero trepa por él en violentísimo ziszás por escalones de piedra o madera y troncos como los que ofrecen algunas cavernas y minas mal labradas. El paso se efectúa en algunas partes a favor de rollizos hasta de ocho metros de largos, trabados unos con otros y tendidos de peñón a peñón, sin pretiles, suerte de viaductos a que llaman armaduras.

«Otras veces—escribe Prado en su folleto — se camina sobre planchas sustentadas por hierros engastados en las rocas o por otros medios. En los escurrideros, o sea en las peñas rasas e inclinadas, a que llaman llambrias, se forma la senda, orillándola por la parte inferior con madera o cualesquiera palos tendidos a lo largo y sujetos a favor de la raíz de alguna mata, de algún nudo de la roca o de rollos y zoquetes de madera introducidos en agujeros que la roca, naturalmente, ofrece con frecuencia cuando es caliza, como allí sucede, algunos de los cuales pudiera creerse habían sido abiertos a mano. «Dios los hizo, señor», me decía el guía, y yo estaba bien lejos de creer otra cosa

.»Los lobos mismos miran con respeto aquellos pasos y no se aventuran a salvarlos, según ya dije; no es preciso más para venir en conocimiento de lo que puedan ser. El ganado los salva, porque se halla enseñado, porque se le obliga a ello si es preciso. Como las hierbas, por otra parte, cuanto a mayor altura vegetan son más sabrosas, tiene que trepar de continuo por aquellos derrocaderos para buscarlas, adquiriendo así toda la destreza que pudiera necesitar. Sin embargo, con bastante frecuencia se despeñan los pobres animales, sobre todo las vacas. A los hombres les sucede otro tanto, y se cuentan allí las catástrofes más lastimosas. Ocupándose mucho en la caza de rebecos discurren por las peñas con la mayor agilidad y confianza; pero esa confianza es la que los pierde. Por eso siempre se ha dicho que «el mejor nadador es del agua», refrán que por aquellos pueblos se halla sustituido con ese otro, más triste mente expresivo: «los de Caín no mueren, sino se despeñan.»

Salvado ya Cueto el Pando, se baja hasta unos canchales, por cuya arista sigue el camino con el precipicio a derecha e izquierda del río, que a chorros escapa por entre las grietas de las paredes y la peña central para seguir su camino en dos mitades, gruñente y fiero.

Desde allí alcanzáis a adivinar, materialmente colgado en la roca de la izquierda, el pueblo de Caín de Arriba, de donde es fama se mataron tres, de cuatro hombres que eran, por el simple resbalón que dió uno de ellos, en ocasión de conducir un muerto a Caín de Abajo, que aparece en el fondo y donde radica el único cementerio de los dos pueblos.

A las dos horas y media de marcha, desde Posada, se llega a Caín (490 metros), situado en la estribación Este de la Peña Santa, y debajo precisamente del Jou Santu; Caín—dice Sandoval—es todavía el pueblo de veinte vecino que conoció don Casiano de Prado; sin embargo, el verano de 1917 lo vivían, además, accidentalmente, de veinte a treinta obreros de las obras del canal que desde dicho pueblo a Camarmeña construye una compañía bilbaína. A pesar de este exceso de población, no les faltó cama y una cena no muy abundante, porque no pidieron, ni les dieron, lo único que en Caía abunda: la cecina de rebeco.

Un poco molestos por las pulgas—los polvos insecticidas se imponen para pernoctar en los pueblos—, durmieron, no obstante, bien, y al día siguiente, se hicieron acompañar como guía para la Canal de Trea, del vecino Lorenzo Pérez, el mejor conocedor de ella, y recomendable por su buena voluntad, agilidad, valor y por la sinceridad con que anuncia las dificultades del camino.

Esta Canal, que don Casiano de Prado creía sólo transitable por los pájaros, es, en realidad, fuerte, aunque ya no haya, como en los tiempos de aquél, ninguna varga que pasar. Estas vargas existen en la Llambria, que es el atajo que por la margen izquierda del Cares va a Poncebos. La dificultad de este atajo, y a la vez la habilidad y valor, realmente extraordinarios, de Lorenzo, puede inducirse del dato siguiente: la compañía del Salto le paga 20 pesetas por cada carretilla de mano que lleve a Caín, y por abreviar una hora—desde Pon- cebos tarda tres—va por la Llambria, en vez de seguir el sendero, y es el único de todo el contorno que lo hace. En unión de su mujer, transporta cajas de 32 kilos y ganan 12 pesetas y media diarias cada uno; aunque en esta clase de transporte siguen lo que ellos llaman el camino.

Arranca éste, a la salida de Caín, de la orilla derecha del Cares, por encima del molino, y sube hasta ganar el collado de la Tranvia (650 metros), que es un paso muy estrecho, cortado verticalmente sobre el río, y a una altura sobre éste de 190 metros. Se encuentra después una quebradura de la roca, pendiente y lisa, que se salva, por una escalera de madera de haya de 32 escalones; gracias a ella no hay necesidad de emplear la cuerda. Y en compensación de tanta subida, hay una bajada rapidísima para pasar a la margen izquierda, atravesando el puente de Trea, y por una serie de subidas y bajadas muy fuertes, entre los tilos y las hayas, dominando barrancos imponentes y alcanzando a ver sólo pedazos muy pequeños de cielo y agudos picos que lo escalan, se pasa nuevamente a la margen derecha por el puente de los Papos.

Por más abajo de Caía se une a la Canal de Trea la Canal de la Ferrera (Saint-Saud) o Bu-Farrera (Burguete), por la que, desde Caín, en seis horas, se puede llegar a Covadonga bordeando Peña Santa y pasando junto al lago Enol.

La angostura de la Canal es en este punto tan grande, que las piedras que arrancan los barrenos en una de sus paredes y las que al desescombrar se mueven, rebotan en la de enfrente, haciendo, para el viajero, particularmente difícil la salida del puente, de suyo no muy buena, agravada entonces porque en el sitio en que el camino da vuelta a la roca, y a una altura de 50 metros sobre el río, aquél es un montón de piedras movedizas en las que no es fácil hacer pie firme. Hay después de esto una subida violenta, terminada por uno de los pasos más difíciles de la Canal: el Sedu Llinabiu, que es una cornisa estrecha, terminada en una chimenea muy pequeña, pero muy pendiente, cortada verticalmente, a una altura sobre el río de 290 metros. La salida, en cambio es una pradera—el Pando de Culiembro, a 770 metros—, que es el más cómodo y el mejor punto de vista de todo el camino; se divisan: al Sur, y en último término, la Torre de Santa Bermeja; a Poniente, los puertos de Osdón y de Ario; al Norte y al Este, los agudos picos que dominan Camarmeña, Bulnes y los contrafuertes de los colosos del macizo central, Torre del Llambrión y Torre de Cerredo, que advertimos a nuestra espalda en algunos momentos.

Después de este sitio tan agradable hay una bajada en ziszás muy violentos, para pasar por última vez a la margen izquierda, atravesando el puente de Culiembro; a su entrada hay unos 20 metros de un desnivel tan grande y una roca tan resbaladiza, que está todo el paso envaretado, es decir, con unas barandillas de madera que en realidad protegen muy poco. Lo mismo ocurre a la salida: hay que subir una roca por un sendero muy malo, y que nosotros encontramos pésimo, porque la lluvia impedía que las alpargatas agarraran en el piso; pero con calma y la eficacísima ayuda de Lorenzo todas las dificultades se vencieron. Esta salida está también protegida por varas, pero creo que es peligroso confiarse en ellas.

El camino mejora después notablemente a gran altura sobre el río; pero ancho y retirado algunos metros del borde del precipicio, es, a pesar de sus subidas, un verdadero descanso para los que vienen de arriba.

A dos horas de marcha desde el puente de Trea, en donde el río comienza a describir una curva muy amplia hacia el Este, recibe por la derecha al río Bulnes, que baja por una estrecha canal, uniéndose ambos junto al puente del Haya, bajo el pueblo de Camarmeña, que vemos colgado arriba y a nuestra izquierda, en la ladera que por este lado limita al río. Momentos después únese al Cares el río Duje, que baja desde el Puerto de Aliva y las vegas de Sotres por la Canal de la Rumiada, y ya acrecidas sus aguas por estos dos tributarios, amansa su fiereza al ensanchar su cauce, pasando bajo el puente Poncebos, por el que el camino cruza a la derecha del río, uniéndose entonces con el sendero que viene de Sotres y Tielve, siguiendo el curso del Duje.

A pesar de la mezcla de aguas, el Cares sigue siendo el río de una transparencia sorprendente, aun para los que conocen las del Sella y del Dobra. Las piedras y las truchas se ven como a través de una lupa de diafanidad desconocida, y aun sus pozos no tienen la negrura insondable de los del Sella, sino una misteriosa y clara opacidad.

Estas aguas tienen, además, una misión trágica: son las que recogen a los despeñados por las paredes de la Canal. El guía Lorenzo, que tiene cuarenta y tres años, ha conocido, sólo de Caín, que tiene 20 vecinos, 14 despeñados; él mismo perdió en tres meses a su madre y dos tíos, y conserva en la parte alta del frontal una enorme cicatriz, causada por una de sus temeridades en aquellas rocas que tanto quiere, y que ojalá no le sean una vez definitivamente traidoras.

El río entra en Canal Negra, siempre descendiendo, aunque ahora con menos violencia que por la Canal de Trea, y siguiendo la Cañada de Guardales se llega a Arenas de Cabrales, antes de cuyo pintoresco pueblo al río Cares, se unen las aguas del río Casaño.

(1) Datos tomados de la Memoria de Casiano del Prado, del libro Rectificaciones históricas, del general Burguete, y de la conferencia dada por el Dr. Sandoval, en la Residencia de Estudiantes, en noviembre de 1917, además de las observaciones personales de los autores.


viernes, febrero 03, 2006

VALDEON

Para entender este artículo, el último de esta serie, lector, es preciso que pongas las manos como un cuenco, igual que si fueras a recibir en ellas un don, y las inclines levemente hacia abajo. Tus dos dedos meñiques dejarán entre ellos y los dos anulares un hueco. Pues bien. Así es el valle de Valdeón, del que te voy a hablar. La punta de los dedos casi toca el mar (quince kilómetros en línea recta). El pulpejo de tus manos es el borde de la meseta. los dos dedos pulgares son el macizo central (el de la derecha, con dos mil seiscientos cuarenta metros) y el macizo occidental (el de la izquierda, con dos mil quinientos ochenta y nueve). Por el fondo corre el río Cares. Al borde del hueco del fondo está el pueblo de Caín. Y allí empieza la alucinante garganta del Cares, sin duda alguna el espectáculo geológico más impresionante de la Península Ibérica. No sé si de Europa también. En ninguna parte de España la corteza terrestre ha sufrido una rotura más espectacular.

El valle tiene cinco pueblos y cuatro mil habitantes. Los pueblos protagonistas de esta crónica son Posada de Valdeón, en el centro del valle y que es su cabeza, y Caín, al fondo y sólo a quinientos metros de altura sobre el nivel del mar (tan próximo). Estas cifras te darán una idea del tremendo espectáculo que el hombre contempla desde la hondonada. y terminada esta lección de cosas, vamos a Valdeón, compañero, que ésta es la última jornada por ahora.

Para ser fiel al esfuerzo humano conmovedor que realizan estos cuatro mil compatriotas, metidos en esta concha de piedra, alegres, fuertes, magníficos, como cuatro mil héroes, yo debiera haber mandado esta crónica por telegrafía sin hilos. Es el único procedimiento que tiene Valdeón de comunicarse con el mundo. Hay una estación radiotelegráfica, así como no hay analfabetos, y así como hay una fonda con calefacción y habitaciones con baño y agua caliente. El esfuerzo realizado por estos españoles está en razón inversa del que por ellos ha realizado la sociedad.

Se llega a Valdeón por dos puertos que comunican el valle con la meseta. El puerto de las Panderuelas (y no de Panderueda, como dicen los mapas y la Administración, que tanto han estropeado en un siglo de petulante ignorancia la toponimia española, que algún día habrá que corregir, y a la que habrá que devolver toda su belleza) y el puerto de Pandetraves. Hasta el primero se llega por una pista mala desde la carretera del Pontón, que sale de Riaño. Hasta el segundo, que es el que seguimos en jeep, se entra desde Portilla de la Reina por una carretera que termina bruscamente en lo alto del puerto a mil quinientos metros de altura.

(Portilla de la Reina es una de las ocho «burgadas» que constituyen una antigua jurisdicción que fue de doña Constanza, la debeladora del rito mozárabe, guapa borgoñesa, de quien, andando el tiempo, la cosa fue a parar al infante don Tello. Por la tierra andan muchas leyendas sobre el paso de doña Constanza por allí. Dicen que a su hija doña Urraca —nuestro admirado personaje— se le curaron allí unas calenturas.)

En Pandetraves empieza el camino heroico. La carretera ha quedado transformada, a partir de un corte geológico muy bello y curioso, en una pista por donde se tira el jeep de don Paco, hasta que descendemos cuatrocientos metros en una distancia de un kilómetro. El jeep marcha entre setos de urces, endrinos y una especie muy rara de flores espinosas como cardos morados en forma de estrella. Por allí han pasado hasta el día de hoy dos o tres automóviles. Un jeep nunca.

Éste es el primero. Los primeros niños del valle, pasada la «cancilla» de Santa Marina de Valdeón (la «cancilla» es la cancela de madera que cierra el acceso a cada pueblo para que no se escapen los ganados por el único camino que existe), echan a correr para dar la novedad a los de otros pueblos.

El paisaje se humaniza. Hemos pasado de los altos puertos a las primeras tierras bajas. De mil quinientos metros estamos en media hora en novecientos. Es Posada de Valdeón. Todavía hay trigos tardíos en la tierra, y los peina el viento con ese ruidillo cereal que no se parece a ninguno.

Casi al alcance de nuestra mano, desde el asiento del jeep se pueden tomar de los arbustos los meruéndanos (esa baya que aquí llaman arándano y que tanto le gusta al oso del Monte Corona) o las camuesas de Repinaldo, grandes como membrillos, olorosas y dulces. Un pequeño paraíso crece en la gran hoya al abrigo de los dioses de roca que tienen aún neveros donde refresca el rebeco. Yo nunca había visto regar prados sin explanar ni abancalar. Ese emocionante esfuerzo del hombre por hacer de este valle un edén aislado ha llegado a dar con el secreto de envolver en una melena de agua un cerro por medio de un ingenioso sistema. Una vez elevada el agua a lo alto se deja que en un sinnúmero de venillas, a las que alimentan tres o cuatro arterias, vayan siguiendo las diminutas curvas de nivel, de modo que el cerro queda empapado. Se oye el fluir del agua con un rumor para nosotros inédito. Ciertamente, compañero tienes razón: éste es el buen vasallo, aquel de que hablábamos en Malacoria.

El sol marca las once sobre La Peña. Allí todo el mundo mira el reloj natural éste: cuando el primer rayo pega contra un farallón bermejo que cae a pique sobre el valle, son las once. Son, en efecto, cuando encontramos al fabuloso, al increíble personaje que es Daniel Abascal, de la casta de los pobladores de América. Chico, físicamente insignificante, es una especie de gigante, sin el cual el valle suspendería hasta la respiración. Es un español de los de antes. Él es el que ha hecho la fonda de la calefacción y los cuartos de baño. Él es quien ha conseguido la estación de radio que comunica cada dos horas con León «la novedad». Lo mismo vende penicilina que una bomba para achicar agua. Yo le compré un jersey, porque hacía frío: treinta y cinco pesetas. Daniel Abascal, hijo de pasiego, parachutado sobre Valdeón como un arcángel, ha organizado la vida del valle. En las épocas de mayor escasez, Valdeón, aislado del mundo, estuvo abastecido por las caravanas de carros de Abascal. Los vecinos de los pueblos más pobres, donde la aspereza no permite cultivos, cosechan tila en un bosque de tilos enorme que hay en el fondo del valle. Los cainejos son los que más «pelan» tila; unos cinco mil kilos de flor. Se la venden a Abascal y Abascal la exporta. Cuando le digo que a dónde, me contesta con cierto desdén majestuoso: «A Londres, para los soponcios de las inglesas...».

Queda camino largo y duro. A nuestra derecha, hasta el pueblecito de Cordiñanes, nos escoltan las Torres, como allí llaman a los picos. La del Llambrión tiene dos mil seiscientos cuarenta metros (nosotros estamos a ochocientos, luego el paredón que se alza como un ascua de oro iluminado por el sol tiene más de mil ochocientos metros por encima de nuestra cabeza). Pasado el Monte Corona —límite de penetración de los dos o tres automóviles a que nos referíamos—, abrimos al motor de explosión un camino inédito hasta la desembocadura del arroyo de la Peguera en el río Cares. Allí tenemos que dejar el «jeep» y seguir a pie. El agua del Cares es aquí como un aguamarina transparente y verdosa por las piedras del fondo. Cuando nos agachamos a beber, se levanta de la orilla una muchedumbre de mariposas azulina. El bosque de tilos, oscuro, con un aire de bosque germánico (tal como se imagina uno los bosques germánicos legendarios y tal como son los bosques del Báltico, en efecto), está cruzado por una gran empalizada de varas de avellano entretejidas en forma de una «V» que abre sus brazos hacia las canales que bajan de Peña Santa (otros mil novecientos metros a nuestra izquierda sobre nuestras cabezas) y tiene su vértice en una especie de torre cilíndrica de unos dos metros de altura, que es el «chorco» de los lobos. Cada brazo de esta «V» tiene un par de miles de metros. Una vez al año el alcalde del concejo de Valdeón, montero mayor, preside la cacería de los lobos, que son empujados por los ojeadores desde las alturas y bajan sin darse cuenta del engaño hasta el vértice de la trampa, donde caen al «chorco». Luego los ahorcan como a unos malhechores, pendientes de un árbol. Vieja lucha de la que, a fuerza de siglos, va saliendo vencedor el hombre.

El paraje es de una solitaria grandeza impresionante. Hacia arriba viven los rebecos y el águila. Y también los hombres de Caín, los «sherpas» de la Peña, que viven de la caza, del pastoreo, de no se sabe qué. Me parece que algo viven de hartazgos de sol y de horizonte. Se comprende que aquel gran caballero de las cumbres, Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa de Asturias, se hiciera enterrar (con poca tierra; con roca más bien) en la Torre de Ordiales. Allá arriba está, compañero: «paternóster» por su alma.

Caín es el punto más bajo de Valdeón. Apenas veinte casas, todas habitadas por gente de La Peña (le llaman «La Peña» a todo el macizo central). Mueren en esta proporción: por cada muerte natural, tres despeñados. Llevamos cinco kilómetros endemoniados desde el «chorco» de los lobos. Reforzamos la física los dos cincuentones (don Paco y yo), junto a una fuente helada, la fuente de Caín, que mueve un molino diminuto. La molinera es la viuda de un sherpa despeñado hace unos años. Se ha casado con otro, con Bonifacio Sadia, a quien llaman «el diablo de la Peña». Alguna vez, a la luz de la luna, ha subido hasta sitios a donde se cree que sólo el diablo puede subir, entre los seres no angélicos.

Empieza aquí el indescriptible espectáculo de la garganta del Cares. El río inicia su canción de gesta entre dos gigantescos murallones, apenas separados por un par de metros en algunos sitios. Una grieta de luz se abre como la faja de una ecuatorial monstruosa a una altura increíble. Un viento de Dios, quién sabe cuántos años hace, llevó a una roca la semilla de un roble que ha nacido allá arriba y se inclina sobre la pared de enfrente como buscando algo. A lo mejor reproducirse al otro lado. Por el muro de roca, a plomo desde casi dos mil metros (constantemente piedras de todos tamaños se desprenden como proyectiles hacia la sima), va una senda tallada por los ingenieros de una empresa hidroeléctrica hasta Puente Poncebos, al pie de Camarmeña. Unas veces por túneles, otras por puentes de madera, la senda pasa entre el macizo central y el occidental en doce kilómetros. No sé si sería posible trazar por aquí una carretera. Sería la más bella de Europa y una de las más bellas del mundo. Creo que jamás podrá ser vencida por el hombre la garganta del Cares: por lo menos por el hombre motorizado. (Aseguran que un capataz de Viesgo ha pasado por aquí en motocicleta. Puede ser una leyenda más de La Peña.)

Retrocedemos desde la mitad del camino. Hay que regresar de día a Valdeón y subir el puerto con luz del sol. (Vas cansado, ¿eh, compañero? Cinco de ida y cinco de vuelta son diez kilómetros de Peña para los que no estabas cortado...) Apenas hemos reconquistado el jeep, recibimos el pago del esfuerzo, lector. Una pareja de urogallos (el pájaro más elegante y bravío de la fauna europea) nos vuela ruidosamente, con un ruido de motor, casi al alcance de la mano. Don Paco (no sé si te he dicho que don Paco es don Paco González, el famoso «otorrino» de León) da gritos de alegría como un niño. El rey alado de la selva europea, tan esquivo, tan difícil de ver y de cazar, nos ha querido hacer este saludo. Te lo brindo, lector. Yo no había visto nunca nada semejante. Gracias a Dios, don Paco y yo somos viejos cazadores y, por lo. tanto, incapaces de abatir a un ser tan bello. (Urogallos, rebecos, neveros, sol. ¡Ay, compañero, yo casi no puedo aguantar esto!)

Daniel Abascal nos espera. Ha averiguado quiénes somos. Don Paco es muy popular hasta en La Peña. Le están esperando mocetones a quienes les quitó las amígdalas de chicos. Abascal tira la casa por la ventana. Nos retiene, porque además no podemos subir el puerto. La pista está ocupada por sus catorce carros, que «meten convoy» esta noche. Se les oye bajar dando tumbos y el valle repite, como una caracola, los gritos de los carreros. Unos chicos con un bígaro van avisando que baja la caravana. Al frente, a caballo, uno de los yernos de Abascal dirige la marcha. Tiene todo una grandeza viril, de pueblo vital que se defiende unido. El pequeño Abascal, tan insignificante, contempla todo aquello como un patriarca. (Todo aquello es el aceite para el invierno —también para la lámpara del Santísimo—, y el pan, y las puntillas, y la lana, y el lienzo, y la quinina, y la tubería de plomo, y la herramienta, y el vino, también el vino para consagrar.)

Cuando pasa el último carro y ha salido la luna, que da en La Peña con su luz fría y femenina, subimos el puerto. En el alto de Pandetraves volvemos a encontrar la carretera. Hay allí, abandonado a la noche honrada de estos españoles que no quisieron ser foramontanos, un tesoro: todo lo que no han podido cargar los carros de Abascal (cajas, montones de materiales, fardos) queda bajo la custodia de una noche clara y honesta, hasta el amanecer. Hace frío. (Y tú, compañero, me ibas a decir una tontería: me ibas a decir que esto parece una jornada de película del Oeste. ¡A que sí!)

Rodamos por Tierra de la Reina hacia León. Encendido como un fanal, el parador de Riaño nos restaura. Por Cistierna (donde aún arden en las entrañas de la tierra mineral los bosques que encendió un rayo hace millares de años para hacer la hulla) pasamos hacia el valle de Rueda del Almirante, donde se ha recogido mucho lino. San Miguel de Escalada, gloria de la mozarabía, con sus mil años, está allí. En las tabernas hay calendarios que anuncian las cervecerías «La Modelo» y «Acapulco», de Méjico. De allí es Pablo Díez, un patricio hispanomejicano que envasa tres millones de botellas de cerveza diarias. Los tapones los hacen unos zamoranos del Sayago: ocho millones diarios, Vamos en silencio don Paco y nosotros. Verdaderamente estamos muy impresionados. ¡Qué vasallo! ¡Es España, compañero!

León, 5 de septiembre de 1953

Del libro NUEVO VIAJE DE ESPAÑA “La ruta de los foramontanos”
de (VICTOR DE LA SERNA)

jueves, enero 19, 2006

ASCENSION A LOS PICOS DE EUROPA

CASIANO DE PRADO

En 1845 comencé en las montañas de León y Palencia una serie de viajes e investigaciones, aunque interrumpidas algún año, que no han concluido todavía. Desde lo alto de Peña Corada, la más meridional de ellas, hacia la parte del Esla, he visto por la primera vez aquellos picos que me señalaban los pastores, y entré desde luego en deseos de subir a sus cimas. En 1851 hice al efecto una primera tentativa, que me salió fallida por las nieblas y la lluvia que sobrevinieron cuando ya me hallaba a alguna elevación. En 1853 traté de renovarla, y Mrs. de Verneuil y de Loriere, mis colegas en la Sociedad Geológica de Francia, con quienes había viajado ya en otra ocasión, luego que lo supieron se decidieron a acompañarme, pero tampoco he logrado entonces mi objeto, sino parte, como voy a referir.

Nos reunimos en Riaño, según habíamos convenido, y desde allí, siguiendo el curso del Esla por el valle de la Reina, llegamos a Portilla, donde hicimos noche. Nuestro patrón se nos ofreció por guía como conocedor que decía ser del terreno adonde nos dirigíamos. Aceptamos, y en esto hicimos mal, porque si sabía de los caminos ordinarios, que es por lo común lo suficiente, esto no nos bastaba a nosotros.

La regla en tales casos es tomar guía en el pueblo a cuyo término pertenece el punto o puntos que uno desea recorrer.

Era el día 28 de julio. Emprendimos la marcha muy de mañana, no sin observar antes las enormes masas colgadas sobre las casas de la población, de una roca sumamente dura a que en el país llaman “piedra habosa”, y es un conglomerado de cantos rodados de gran dureza que forma en algunas partes montes muy elevados, como la Peña de Curavacas, el Pico Lezna, los Collados de Naranco y otros.

Después de una marcha de 10 kilómetros por un país sumamente agreste y solitario, en que no se ven más que chozas de pastores, llegamos a la majada de Remoña, que se halla ya fuera de la cuenca orográfica del Duero, lo mismo que los picos a que nos dirigíamos. Allí dejamos los caballos siguiendo a pie, a tomar la Canal de Liordes, entre la Peña Remoña y la llamada Torre de Salinas, donde hay una trocha en extremo pendiente, y que ni aun con los recovecos que forma viene a ser en algunos puntos una escalera de peldaños informes.

A su conclusión pisamos el primer nevero y subimos en derechura a la Torre antedicha, en cuya pendiente nos hallábamos, por habernos dicho el guía que aquel pico era el que dominaba los demás. Poro la verdad es que lo ignoraba, no menos que el camino que debiéramos haber seguido, según luego supimos, para vencerlo con la menor fatiga posible, pues nos llevaba por la umbría, casi toda cubierta de nieve, que en algún punto atravesamos por un conducto a manera de cañón de bóveda que las aguas habían abierto en ella. Mucho tuvimos que sudar para llegar a la cumbre. ¡Arriba estamos!, pudimos exclamar por fin; pero nuestra satisfacción se vio, no obstante, algún tanto turbada, porque en estas expediciones no cree uno haber logrado su objeto si no puede decir que ha llegado a lo más alto, y desde luego conocimos que en ese caso no nos hallábamos nosotros.

De tres barómetros que habíamos sacado de París y Madrid, sólo uno llegó al punto sin haberse desgraciado, justamente el más viejo, que había servido ya en la isla de Candia y otras partes del Oriente de Europa al geólogo Mr. Raulin. Lo montamos y hemos visto que nos podíamos hallar a una altura de 2.500 metros, poco más o menos; sobre el nivel del mar. En cuanto al termómetro, señalaba 14,5 grados a las doce del día.

Contemplamos por largo rato el terreno que nos circundaba. ¡Cuántas peñas altísimas, de cuyos extraños perfiles que se proyectaban con fuerza en el azul del cielo, purísimo aquel día, no podíamos apartar los ojos! Naturalmente, debía de ocurrírsenos el preguntar los nombres de las más notables, pero nuestro buen guía los ignoraba. Decía que nos hallábamos en las Peñas de Liordes, y en esto no iba fuera de camino, porque tal nombre tiene, en efecto, el grupo que forman las principales, tomado acaso del de una famosa majada que se halla en el centro del camino, y del que más adelante hablaré.

Habíamos hecho subir una botella de vino, con que reparamos nuestras fuerzas. A Mr. de Verneuil se le ocurrió luego que podría servirnos para dejar allí, dentro de ella, nuestras tarjetas. Pero el guía, luego que se hizo cargo de lo que intentábamos, tomándolo acaso por una niñería, nos dijo y nos aseguró que por allí no iba nadie, y que sería lástima quedarse en aquel sitio, perdida una cosa que a él le vendría bien para el ajuar de su casa. Tal ocurrencia nos dejó parados. Al fin le dimos la razón: a lo menos el pobre y sencillo montañés debió de creerlo así al verse complacido. Pero, ¡oh inestabilidad de las humanas satisfacciones! Al tomar la tal baratija escurriósele de entre las manos y fue rodando por la nieve con más velocidad de la que él quisiera, a tiempo que, en la dirección que había tomado, un peñón la esperaba (a lo menos así lo parecía) para poner término a aquella escena. El descalabro no pudo ser más completo.

El bajar rara vez es tan penoso como el subir, y en parte lo hicimos cómodamente, y aun con placer, dejándonos escurrir por tres veces, sentados sobre la nieve, a lo que en aquellas montañas se llama "desvilgar", y en verdad que se hace sin peligro cuando la pendiente no pasa de ciertos límites y la nieve no está helada. Hubo, sin embargo, un momento en que yo me sentí arrastrar con demasiada violencia; pero para templar el movimiento, me bastó echarme de espaldas durante uno o dos segundos, volviendo después a incorporarme.

Comimos con el mejor apetito en la majada de Remoña, teniendo al lado una buena pella de nieve para enfriar nuestros vinos, y después volvimos Portilla, donde hicimos noche. Al día siguiente resolvimos ir a Caín, y nos dirigimos al puerto de Pan de Traves, desde donde anduvimos casi una legua en cuesta para llegar a Santa Marina, primer pueblo de Valdeón, por las vueltas que forma el camino. Otra legua después, bajando siempre, llegamos a Prada, siguiendo la orilla derecha del Cares, que en Asturias pierde su nombre, desaguando en el Deva, que baja de la Liébana. En Prada descansamos un rato y seguimos a Caín, que se halla legua y media más abajo, tomando en Posada por la orilla izquierda del río. Cordiñanes se deja a la derecha, después de andar dos kilómetros. Otros dos kilómetros antes de Caín dejamos los caballos. Desde allí al valle no es más que una hoz cubierta de piedras sueltas, muchas de ellas de gran tamaño, que fueron arrastradas por el río en las avenidas o que se desprendieron de aquellos derrumbaderos. En un punto pasa el camino por debajo de una de estas piedras, que en su caída quedó suspendida como la clave de un arco, distante del suelo poco más de un metro.

Una estacada de tres metros de altura con su puerta, cierra la hoz y el río un poco más adelante. Allí comienza la tierra de Caín, que puede compararse a un redil. Los ganados andan allí sueltos por todas partes sin pastores ni perros que los guarden, porque el río entra más abajo en una estrecha canal de paredes verticales por donde sólo un pájaro pudiera pasar; a los lados cierran el término peñas inaccesibles, y todo él se halla cerrado y formado de terreno tan fragoso, que los carros son allí muebles inútiles, no menos que las caballerías; así es que hasta la recolección de la yerba se hace sin otros vehículos que las espaldas de los vecinos.

A las tres y media de la tarde marcaba el barómetro, montado sobre el puente que allí tiene el río, 727,5 milímetros, lo que quiere decir que nos hallábamos bastante más bajos que las llanuras de Castilla.

Veinte vecinos tiene el pueblo, que se halla dividido en dos barrios, Caín de Abajo y Caín de Arriba, ambos a la izquierda del río y distantes uno de otro 300 metros. Su riqueza consiste, principalmente, en ganados. Cogen también algún lino y semillas y fabrican queso, que van a vender a Arenas de Cabrales, en Asturias.

En la ladera derecha, un poco más arriba del puente y a unos 450 metros de distancia, nace una fuente caudalosa, o por mejor decir, un río, cuyas aguas se precipitan al principal por un cauce a medio formar, cubierto de peñones apenas visibles por los grandes rizos y globos de espuma que los cubren. El estruendo que forman es tal, que a su inmediación apenas se puede hablar, no siendo a gritos. Llamase la fuente de la Jarda.

Una vecina del pueblo, a cuya casa habíamos ido a parar, brindónos con una pequeña merienda, que aceptamos de muy buen grado. Componíase de manzanas, de miel y de queso, que es tenido por el mejor de las montañas de León, si se exceptúa acaso el de Cebrero, con pan moreno o con borona, a escoger, pues en aquel concejo, así como en el de Sajambre, ya se coge maíz, lo mismo que en toda la vertiente septentrional de la cordillera Cantábrica. El vino procedía de las riberas del Duero y no era regalado; pero tampoco pecaba de desagradable. Se parecía mucho a los de Francia, y sin duda alguna le aventajaría si en su preparación se procediese con un poco más de esmero. Dimos las gracias por su agasajo a doña María, que éste era el nombre de nuestra huéspeda, y salimos de allí tan complacidos como de un festín tenido en Londres o en París.

Al volver a Prada, donde habíamos de pasar la noche, nos llevaron a ver el pozo de los Lobos, que se halla cerca del sitio donde nos esperaban los caballos, en el fondo de una caña da transversal que en lo más bajo cierran zarzas y estacadas por ambos lados. La disposición del terreno es tal que, cuando uno de aquellos animales tiene la mala suerte de dejarse ver hacia aquel paraje, se le considera por una presa casi segura. Los vecinos concurren entonces por obligación al toque de las campanas del valle. Unos ganan los altos, para que la fiera no pueda dirigirse sino hacia la parte inferior de la cañada, donde otros la esperan resguardados en una serie de pequeños chozos, que tienen la entrada mirando al río, y salen con chuzos a hostigarla y empujarla, hasta que la obligan a tirarse al pozo. Según allí se nos dijo, en cuarenta y seis años se habían cogido sesenta y tantos lobos y sólo un oso, porque este último animal anda siempre por los sitios más apartados, por las peñas más altas y por las cavernas, adonde hay que ir a cazarlos.

En Prada paramos en casa del primer contribuyente del Concejo, que era alcalde aquel año y nos recibió con la mejor voluntad, porque allí no hay posadas ni es tránsito aquél para ninguna parte. Esto quiere decir que en aquella tierra, lo mismo que en la mayor parte de las montañas de León, se viaja como en los tiempos antiguos se hacía en todos los países, siendo entonces la hospitalidad uno de los deberes más sagrados.

Luego que nuestro patrón hubo oído la relación de la jornada que habíamos hecho en el día anterior, nos manifestó que se nos había guiado mal y que habíamos andado extraviados. Tenía setenta y tres años de edad, y era acaso la persona más enterada de las cosas de aquella tierra. Entonces pudimos saber los nombres de todas las peñas del contorno y que la montaña a que habíamos subido se llamaba la Torre de Salinas. Manifestónos que la más elevada era la Torre de Llambrión; y preguntándole si lo sabía porque alguno lo hubiese medido, nos contestó que lo decía porque cuando se descomponía el tiempo allí era donde agarraba la primera nube, y en acercándose el invierno allí era también donde aparecía la primera nieve, en lo cual no iba fuera de razón. Verdad es que ahora resulta que otra peña le iguala y aun le excede algo en altura; pero también es cierto que no se ve desde el valle […]

Al año siguiente emprendí de nuevo la marcha para aquellas montañas, no ya con el objeto de hacer una simple excursión, sino un reconocimiento algún tanto detenido de los terrenos del partido de Riaño, tarea que me había impuesto para aquel verano, y no podía prescindir de plantar el barómetro y el teodolito en lo más alto de las peñas de Liordes. Por Sajambre gané el puerto de Dovres, situado en un terreno apenas hollado y aguanoso además. Allí entré en el término de Valdeón, bajando a pie por un espeso monte de hayas y robles, cortado por todas partes de profundos barrancos, materialmente atestados de árboles, ya casi podridos la mayor parte, que los huracanes sin duda habían echado a tierra. Al fin de la bajada se hallan Caldavilla y Soto de Valdeón, en un valle transversal que tiene la cabecera en la collada de la Vieja, por donde se va a Valdeburón y el puerto de Pan de Ruedas, en el camino que va a Oseja de Sajambre y que termina en Posada, cabeza del concejo. Posada, Prada y Los Llanos puede decirse no forman más que un sólo pueblo, tan corta es la distancia que los separa. De suerte, que son ocho los que forman aquel concejo, y su población 904 habitantes […]

Como el tiempo no acababa de afirmarse, me trasladé de aquel valle al de Vegacerneja, y después a Escaro y Riaño, reconociendo el terreno. El 11 pude ya volver a Santa Marina a medio día, y después de comer y preparar la expedición, me dirigí a la majada de Liordes para pasar allí la noche, adonde esta vez subieron también los caballos llevados de la rienda.

Nos hallábamos a 1.880 metros sobre el mar, y a pesar de que la temperatura es tal en aquel punto, que ni aun en la fuerza de los calores se ven allí moscas ni mosquitos, no fue preciso hacer fuego.

A las dos de la mañana me levanté para observar el tiempo, pero nada indicaba que dejase de serme favorable. El cielo estaba despejado, el aire no se movía, y la naturaleza entera parecía hallarse en el más profundo reposo; sólo le turbaban el trémulo resplandor de los relámpagos sin truenos que de tiempo en tiempo se divisaban a lo lejos por la parte del Nordeste, o las estrellas fugaces que cruzaban por la esfera en diferentes direcciones y cuya luz me parecía mucho más viva que cuando se las observa desde las tierras bajas. Nunca como en la soledad de aquel sitio y en el silencio que me rodeaba el espectáculo del cielo estrellado hizo en mi alma una impresión tan profunda, y durante algún tiempo permanecí como en un éxtasis. Volví luego a mi yacija, pero ya no me fue posible cerrar los ojos.

Levantéme a las cinco, y ya el sol doraba las crestas de los montes cuando me puse en marcha con toda la cuadrilla: éramos siete hombres, entre los cuales se hallaba el ingeniero de minas D. Joaquín Boguerín, que era entonces mi ayudante. Por la falda del Sur se iba en menos tiempo, pero la subida a lo último es terrible, según había visto anteriormente, aunque no haya que pisar nieve en ningún punto; aun en invierno es poca la que allí puede detenerse, desprendiéndose en mueldas y boladas a lo hondo de los barrancos tan pronto como toma algún espesor. Resolvimos, pues, efectuar la ascensión por la umbría, aunque el camino es bastante más largo.

Fue preciso salvar, desde luego, la cuerda que se presentaba al Norte y va de la Torre de Llambrión al Collado de las Nieves, punto que sirve de mojonera común a las provincias de Oviedo, León y Santander. Esta primera subida no es muy penosa, y desde lo alto se presentó a nuestra vista otra cuerda más elevada, a que corresponden la Peña de Moñas, ya en Asturias, la Torre de Cerredo y el Cueto de Tazano. Bajamos a la cañada que entre las dos cuerdas se forma, y tomando a la izquierda a poco hemos entrado en la primera nieve. Pronto nos acometió la sed; pero en aquellas grandes alturas no hay manantial alguno. Agrietado y horadado el terreno, cubierto de piedra suelta, el agua se pierde en lo interior tan pronto como cae de las nubes o se produce por el deshielo, y fue preciso tratar de deshacer alguna nieve, pero se licuaba con tanta dificultad, que hubimos de contentarnos con humedecer la boca.

No había helado aquella noche, al parecer, y se marchaba bien: acaso esto consistía en que el sol había obrado ya sobre la nieve. La que cae en las montañas, si no se derrite pronto, pasa al estado de “nevé” que no se diferencia del hielo, sino en que no se halla en masas continuas y transparentes, como el de los carámbanos de las fuentes y cascadas, o el que se forma en la superficie de los ríos y lagos. Constituye una suerte de arenisca o almendrilla, cuyos granos se hallan aglutinados entre sí.

Cuando la pendiente comenzó a hacerse demasiado fuerte, dispuse que uno fuese delante, haciendo peales con un martillo, pues si alguno se escurriese no se sabe dónde iría a parar. En aquel nevero sería imposible bajar como tres años antes había hecho con mis compañeros de viaje, no sólo por la inclinación que ofrecía, sino también porque no se alcanzaba a ver dónde y cómo acababa. ¡Qué yermo aquél, poblado sólo de rebecos que huían delante de nosotros con forme seguíamos avanzando!

En la parte más alta y de mayor pendiente se veía en la nieve, o sea en el “nevé”, una serie de surcos paralelos, muy próximos unos a otros, y en un «thalweg» que allí se formaba entraban hacia adentro presentando un hermoso aspecto. Estos surcos no pueden proceder de otra cosa que de hallarse allí la nieve formando capas, como se ve en los Alpes, en las que son perpetuas. Yo creo que aquéllas lo son también, y habiendo sido el anterior invierno uno de los de menos nieve en todo este siglo, la que tenía a la vista podía proceder de una época bien remota. La disposición de los surcos era tal, que las capas no podían menos de hallarse inclinadas hacia afuera, lo que atribuyo al asiento que pudo haber sufrido la masa por su continua tendencia a descender […]

Ya bastante cerca de la cumbre comenzaron las mayores dificultades de la jornada. Los instrumentos pasaron de mano en mano en algunos puntos, y hubo que subir y bajar como por paredes, para lo cual tuve que descalzarme. La nieve, a lo ultimo, iba desapareciendo, lo que atribuyo, ya a la influencia de los vientos de tierra, ya a que allí se hacía lo que en aquellas montañas se llama con propiedad un ventisquero o una ventera, como se ve hasta en las calles de los pueblos cuando nieva, que en muchos puntos apenas se conserva nunca la nieve, por el viento que la traslada y acumula en otros.

¡Ea! Cuando menos lo pensaba me encontré en lo alto. En verdad que la plaza era bastante estrecha: ocho metros de largo y tres por lo más ancho. Apenas nos podíamos mover. Al tiempo de subir se levantaban de cuando en cuando algunas ráfagas de viento del Sur muy fuertes, y si nos cogieran en lo alto, seguramente hubiéramos tenido que echarnos a tierra, por lo cual lo primero que hice fue montar y observar el barómetro. Eran las once de la mañana y marcaba 559,30 milímetros; el termómetro unido al mismo, 12,7 grados, y el expuesto al aire libre 12 6. Felizmente, el viento no se dejó sentir mientras permanecimos allí, y la calma era perfecta. El cielo estaba despejado en lo alto. A lo lejos, en los llanos de Castilla y León, había calima. La Liébana, hoya, o por mejor decir hoyo, que en tiempos anteriores se llamó provincia por su situación aislada, sin duda, y cuya altura sobre el nivel del mar es bastante menor que la de Caín, se veía cubierta de nubes, que gradúo se hallaban 1.000 metros más bajas que la Torre de Llambrión.

He aquí la altitud de los Picos de Europa, según pude deducir de las observaciones en el punto de estación: La Torre de Llambrión, 2.676 metros; la Torre de Cerredo, 2.678, a la distancia de 2.858; la Peña de Moñas, 2.636, a la de 4.060; la Peña Santa, 2.605 a la de 9.184; el Naranjo de Bulnes, 2.592, a la de 4.302; la Torre de Salinas, 2.505, a la de 2.572; el Carbanal, 2.407, a la de 7.750; la Torre de Friero, 2.403, a la de 3.060; el collado de las Nieves, 2.368, a la de 2.470.

Este último se halla sobre la Liébana y en la unión, como ya dije, de las tres provincias de León, Oviedo y Santander; la Peña Santa en la raya de las de León y Oviedo; la Peña de Moñas y el Naranjo de Bulnes ya corresponden a la de Oviedo; las demás son de León, incluso la Torre de Cerredo, pues la raya no pasa por lo alto de la misma, sino por una traviesa, o sea, canal, que tiene inmediatamente al Norte. De todas estas peñas la única que en aquel país se tiene por inaccesible al hombre y aun a los rebecos es el Naranjo de Bulnes, magnífica pirámide, cuya forma, vista desde la Torre de Llambrión, se parece mucho a la de un cono truncado, que es casi un cilindro.

A pesar de la grande elevación del punto en que nos hallábamos, mucho estrechaban el horizonte las montañas inmediatas. Sólo por las abras que se hacían, en las que caen hacia el Sur, o más bien al segundo y tercer cuadrante, se veían otras más lejanas. El Espigüete, que tan imponente se presenta cuando se le observa desde los páramos de Valladolid o Palencia, ¡cuán humillado me parecía desde allí! ¡Cuán otro su magnífico perfil! Difícilmente lo hubiera reconocido, a no ser por la señal que en su cúspide había dejado dos años antes; y respecto de otras montañas, me sucedía lo propio: de tal modo varía el aspecto que ofrecen, según la situación del punto desde donde se las observe.

En rigor, no había subido a lo más alto, que era a lo que yo aspiraba; pero no por eso creía frustrada mi expedición. Y aun cuando la geología no tuviese ningún atractivo para mí y al encaramarme a aquellas cumbres no llevase otro objeto que contemplar el magnífico panorama que se ofrecía a mi vista, ¿pudiera no contar aquellas horas entre las más gratas de mi vida? Pero no; por más que desde mis más tiernos años tuviese gran afición a subir a los montes sin otro objeto que recrear la vista y hacer acaso prueba de mis fuerzas y robustez, otros eran los móviles que ahora me dirigían: estudiar unos terrenos cuya constitución física y geológica era desconocida y verme en ocasión de ser en algún modo útil a la ciencia que reveló al mundo en nuestra edad tantos hechos asombrosos, que es hoy día objeto de la particular atención de todos los Gobiernos, y a cuyo culto dedican tantos hombres esclarecidos sus desvelos y fatigas, derramados por todos los ámbitos de la tierra; sobre todo, fijar con la posible exactitud las circunstancias de un hecho que en ninguna otra región se ha observado todavía. El terreno carbonífero en la cordillera Cantábrica alcanza una altitud a que ni con mucho llega en ninguna otra; y si no es también el más rico en combustible, casi puede asegurarse que no es otra la causa que las repetidas y tremendas convulsiones y la denudación que allí sufrió el terreno. Pero no es ahora otro mi objeto que destruir la prevención con que se miran los viajes y correrías por nuestras bellas montañas y el desvío con que acaso se mira su estudio […]

Texto: DE PRADO, C.: «Ascensión a los Picos de Europa», Peñalara, nº 26y27 (febrero-marzo de 1916).

Fotos: JAFPA