lunes, septiembre 10, 2007

Hecho de piedra

por Rafael Pérez Castells

No soy el águila que sobrevuela las cumbres
ni la negra babosa que se mueve lentamente.
Soy unos ojos como ventanales
por los que entran las rocas fabulosas,
la luz azul que envuelve como un mar lejano las torres de piedra.

Salimos de la niebla en la mañana -
un microcosmos: ecos apagados, perlas flotando en el aire,
las nubes que llegaban al barranco mansamente -.

Somos cuatro y marchamos en silencio,
escuchamos jadear al que nos sigue,
miramos el lugar preciso donde afirmar la bota.

El calor nos alcanza, es una brisa interna
que alimenta las fuentes y los lagos subterráneos:
el cuerpo está saciado de este espacio pequeño, infinito.

Paramos a beber y comer higos y nueces.
La nieve sobre el músculo cansado
deja el frío de más de cien inviernos.

Hay una placa, un nombre y un día.
Debió caer por esta roca: un mal paso, un alud tardío
y se llevó en sus ojos muertos toda la vida hecha de piedra.

Volvemos - más no puede retener la memoria -
la senda se despliega en la pendiente,
la misma senda que, ahora, cuando estamos de vuelta nos sorprende
distinta,

¿será que en el descenso los atajos parecen nuevos
o los torcales entre el matorral bocas de piedra,
o será que al volver, cada canchal, aguja o collado,
reclaman su derecho a la revancha?

Abrí una ventana y vi los dientes de la Tierra,
apuntaban muy alto, por encima de nuestras cinturas,
por eso nos hirieron más profundamente,
donde se unen las sangres, nunca más separadas.

La niebla será casa a partir de este día glorioso,
una casa impalpable que habla abriendo el espacio
y al susurrar se cierra y nos ahoga.

Y al frío solitario en la vigilia
le calmará el rescoldo de las cumbres
que esperan nuestro vuelo sin destino.

Y la boca reseca de pedirle a la vida reposo
buscará en la memoria la frescura
de más de cien inviernos.

Éramos cuatro y somos uno, y aunque
nuestras sombras se alientan en distintos soles
un recuerdo de piedra nos mantiene.

Otros quedan colgados para siempre de las cuerdas
balanceándose sobre los neveros azules:
se les ve como sombras fulgurantes con la última luz.

Volvemos. La memoria está vacía de lo inútil
y llena de visiones sin palabras,
que leemos en las líneas de una mano de dedos formidables;

volvemos al fluir de nuestros actos
y aunque nos gustaría permanecer, volvemos
cargando en la mochila la emoción de la piedra,
tan luminosa y sólida,
que nos quema en la espalda y nos desgarra.

a Javier, Andrea y Ana

lunes, agosto 07, 2006

PAISAJES DE RECONQUISTA

UN CELTA

La senda de Tolivia es la única que se atreve a brincar sobre el abismo por un puentecillo infantil construido con varales de roble unidos con simples vilortas.

El río Mojizo, tributario del Sella, corre encajonado entre las rocas y oculto por la arbustería. El puentecillo, visto desde la carretera, parece sostenido en el aire por la gracia del milagro.

Contemplándole desde donde llaman la «Argayadona»—aguas abajo de Cueva-Orcil—vimos descender por una senda inverosímil un paisano que corría y saltaba con la seguridad de un gato montés; pasó el puentecillo y siguió la vereda; llegado a nuestro lado, después de mirarnos fijamente, sólo exclamó:

— ¡Mal camino, pero los hay piores!

— ¿Aún?

—Muchu más—contestó—. Esti, quitando la puente, no ye temible. ¡El míu! ¡El míu sí q’es arriscau!

Calló, y mirándome un momento, exclamó alegremente:

—jDios me valga! ¿Usté non ye don Juanín? Yo soy Martinón, el casero de Llué, que tie la casería tras de la peña de Niajo. ¿Ñon se acuerda?

En el instante vinieron a mi memoria múltiples hazañas de este famoso sajambriego, y con gran cordialidad acogimos su compañía.

Era de talla mediana, ancho y fornido. Los ojos tenían el tornasol de la endrina, y eran tan pequeños que bailaban en las cuencas profundas, sobre las que colgaban unas cejas del color del maíz. Sobre la boca, avanzaba la nariz, muy salediza, y la mandíbula, fuerte y pronunciada, era propia para desgarrar.

De este hombre se contaban increíbles hazañas de sangre y montería. Nadie como él sabía dardear con la mirada y descubrir entre lo más fragoso de la peña el rebeco saltarín y corredor; su último encuentro en el alto de una canal con una osa y dos oseznos, más parecía proeza de dioses mitológicos que de humildes mortales. A peñascazos se defendió del ataque de las fieras, que le acosaban ganándole el terreno en que podía sostenerse, hasta que con un sobrehumano esfuerzo logró asestar un golpe en la cabeza del oso, derrumbándole en el abismo. Y cuentan que cuando alguien le pregunta si en tan comprometida situación no tuvo miedo, sólo contesta:

— Non me dio tiempu ni pa tenele.

La frialdad de su charla aumentaba la intensidad de las tragedias en las que siempre desempeñó un papel principal.

Un día, en pleno invierno, con otros dos cazadores, encontraron la huella de una osa, que habían seguido por lugares inaccesibles. En el alto, en la oquedad de una peña, atalayaron la entrada del cubil y en él se metieron, y los tres salieron desgarrados, sangrantes, arrastrando el cuerpo del animal, que habían acuchillado. Los oseznos los llevaron a Sajambre, y los rapacines -ya encariñados con el peligro- les atosigaban para oírlos gruñir.

El caserío donde nos dijo que vivía está situado en el fondo de un abismo cercado de peñas escarpadas y frecuentado por las fieras, a las que suele espantar con teas encendidas.

La nieve todo lo cubre durante cinco meses, en los que nadie se atreve a cruzar por aquel desolado paraje, y sólo este celta es quien sabe sortear las avalanchas, escalar las agudas cimas de las peñas para buscar el rebeco, perseguir al oso y destrozar la cabeza del buitre con un tiro de bala.

Con su charla nos olvidamos del Sella, porque aquél nos señalaba las cumbres lejanas, que designaba a veces con nombres estrafalarios. Al doblar un recodo, el panorama que habíamos dejado atrás tomó a nuestra vista completamente cambiado. Yo le pregunté, señalando un humo tenue que empañaba el azul de la lejanía:

—Aquel humo, ¿es de Tolivia?

Y clavando la mirada como un dardo, respondió:

Ye de Tolivia... ¿Ñon ve un poquiñín del pueblu? Allí vese la casa del tío Pedrín, que quiso un argayo empujarle p’al ríu...

¿Quién fué ése?

Y sonriendo me contestó:

- ¡Ave María! El tío Pedrín, que ñon tuvo miedu a los argayus... Baxó unu y llevóse p’al ríu un hórreu con to lo de drento... «Tío Pedrin, que baxa otru!»—le decían—. Y na; el tío Pedrín quietu en su casa. «¡Otra casa p’al ríu!» ¡Na! ¡Quietu en la suya el tío Pedrín! «Tío Pedrín... que vien por la suya»! Y entos el tío Pedrín se encaró con las muyeres que le atosigaban y dixu: «¡Coñu! Si baxa que baxe, que mió casa ñon la dexo.» ¡Ñon la dexó!

Y lleno de admiración, terminó exclamando:

¡Ye valiente com’un toro!

¿Y vive el tío Pedro?

- Tie salud: él me amparó pa subir la mi muyer a Tolivia...

Permaneció un momento silencioso, y lacónicamente añadió:

¡Morrió este hibierno, en la última nevada!

En sus palabras por primera vez sentimos aletear una profunda tristeza, que quisimos agudizar preguntándole:

¿Estaba usted solo?

Solu, y así Dios me salve que no cuentu de verme en otra. Ocurriósela a la probe cerrar los güeyos cuando estábamos acoquinaos por la nieve y era imposible pedir ayuda a persona humana...

—Y entonces... ¿cómo se las arregló?

—¡Pos me vi en las del gatu: primeru pa atendela antes de morrir, y luego pa enterrala dispués de muerta...! Cuenta que túvela conmigo veinte días metida entre nieve pa que no goliese, y dispués tuve que llevala al costín pa Tolivia, sin más ayuda que la de Dios del cielu... Y gracias que non fui a parar con ella al otru mundu entre algún argayu de nieve, porque al más pintau daba miedu subir la collada; pero no había más remediu que llevala al cementerio, y por fin logrelu a pesar de tou. Cuando ya estaba arriba, Pedrín me dixo: «Lave María! ¿Qué traes, Martinón?» «La muyer, que me morrió ya va tres semanadas». «¿Salástela?»—me dijo—. «Ñon: metila entre nieve, y aquí está. ¡Di que toquen!» Y la dimos tierra...

La tragedia nos llenó de pavor y sentimos un intenso escalofrío; nos pareció más cerrado el paisaje, más hosco, más tenebroso que nunca; Martinón se frotó las manos sobre los zahones y se puso a liar un cigarro en hoja de maíz. Antes de encenderle lo quitó de la boca y me lo ofreció con galantería.

Al poco rato le dijimos adiós y seguimos andando entre las rocas erguidas osadamente en busca de las nubes que corren asustadas para no prenderse entre aquellos picachos ásperos y erguidos. El Sella seguía clamando en su cauce invisible.

PAISAJES DE RECONQUISTA
Un maravilloso rincón de España
Con un ensayo de
RAMÓN PEREZ DE AYALA
de JUAN DIAZ-CANEJA

lunes, junio 12, 2006

LA CONQUISTA DEL NARANJO, VERSIÓN DEL MARQUÉS

Como continuación al relato de la primera ascensión al Picu Urriellu, que en boca del Cainejo, publicamos el mes pasado, hoy transcribimos aquí el mismo relato, pero realizado por quien proyectó esta aventura, El Marques de Villaviciosa, Don Pedro Pidal. Ambos escritos pertenecen al mismo libro del cual hacíamos mención la vez anterior. Valga por tanto, este episodio, como cierra del pequeño homenaje que desde este blog queremos hacer a tan intrépidos personajes.

Bulnes, aldea de pastores y cazadores de robezos, es el pueblecillo de Asturias que más se arrima al corazón de Picos de Europa. Se va a él, desde Arenas de Cabrales, por un valle cerrado, en extremo pintoresco, lleno de acantilados y de rocas, por donde fluye el limpio río Cares, lleno de truchas, y como a unas dos horas de marcha por aquel paisaje dantesco, se abandona el río tomando a la izquierda por un sendero, en ziszás, el más escabroso y alucinante que vi en los días de mi vida.

Bulnes está encajonado entre murallas de piedra, y sólo al Este se perciben las praderías que dan acceso a la canal de Camburero. Entrad por esa canal endiablada, sin sendero alguno, y al cabo de un par de horas de marcha os encontraréis con una peña colosal, tallada a pico por sus cuatro costados. Esta peña, el más célebre pico de los Picos le Europa, es el Naranjo de Bulnes.

Schulz, el sabio alemán que con tanto entusiasmo llevó a cabo la topografía de Asturias le da en sus cálculos 2380 metros de altura y lo dibuja con la forma exacta de una columna, cilindro o chimenea de esa altura.

Prado le da 2592, afirmando de él que es el único pico cerrado al hombre y al robezo. El conde de Saint-Saud y monsieur Labrouche, en sus notables estudios orográficos de Los Picos de Europa, después de consignar que el nombre de Naranjo debe provenir de las estrías anaranjadas de su roca caliza, le atribuyen 2515 metros.

“Nosotros -dicen- no hemos ensayado escalar esta roca vertical, que nos parece inaccesible con los medios actuales. Pasamos por su vertiente occidental el 30 de julio de 1892, y M. de Saint Saud la ha examinado por su otra vertiente el 15 de agosto de 1893, acompañado de Rafael Concha, dicho el Monju. Este famoso cazador de Bulnes cree que sería, en rigor, posible intentar la ascensión empleando con anterioridad una semana, por lo menos, en tallar agarraderas sobre su panza lisa”.

A pesar de lo que afirma Prado, de lo que dicen Saint-Saud y Labrouche, y de lo que refieren del Monju, ¿no sería posible intentar la ascensión con una buena cuerda, sin necesidad de pasarse una o varias semanas en tallar la roca? ¿Y no sería posible intentarla con alguna esperanza de éxito? Que otros habían fracasado en la empresa, ya lo sabía yo; pero si no da uno más pasos que los que dieron otros, ¿dónde está el mérito, dónde la originalidad, dónde las iniciativas?

Acaso esos otros, con grandes atrevimientos y energías suficientes, no dispusieron de tiempo y medios adecuados para ello; es decir, de una buena cuerda de un día a propósito De todos modos, para juzgar uno por sí mismo de la mayor o menor inaccesibilidad del gigantesco, bizarro y formidable monolito, era necesario estudiarlo de cerca, verlo cara a cara, palpar sus muros verticales. Por eso el año pasado lo examiné por sus cuatro costados y juzgué totalmente inaccesibles las vertientes Sur, Este y Oeste. Respecto al lado Norte, me quedaron algunas dudas, y formé la resolución firme de deshacerlas al verano próximo, dado que los días eran ya muy cortos por aquel entonces y que no disponía de una cuerda alpina a propósito. Además tenía varios acompañantes, y por no sostener una disputa con ellos, que hubieran juzgado loco mi intento, consideré mejor dejarlo para cuando volviese solo.

¿Subir al Naranjo de Bulnes? ¡Qué hazaña de alpinista más grande!

Cada cual tiene su chifladura en este mundo, y yo prefiero denominar así mis caprichos que denigrar ligero los del prójimo, sin duda porque no los comprendo. Trepar por una roca pelada, con un precipicio a la derecha y otro a la izquierda, para sorprender algún robezo en alguna revuelta, o contemplar un grandioso panorama en la cima, o salvar la misma dificultad que a uno y a otro condure, será un placer de que se reirán muchos; pero es un placer soberano que me domina por completo, y ante el cual me considero... chiflado. Pero conste que no soy yo solo el que profesa esas aficiones. Desde que Whimper, el célebre inglés, el bardo de las montañas, se llenó de gloria al tocar la cumbre virgen del Monte Cervino, en Zermatt, y de los grandes jurásicos en el Mar de hielo del Monte Blanco, y de que sus libros, relatando sus escaladas, dieron la vuelta al mundo, una pléyade innumerable de hombres jóvenes de los Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Alemania, acuden todos los años a Suiza a probar las energías de su raza.

¿Qué idea me formaría de mí mismo y de mis compatriotas, si un día llegase a mis oídos la noticia de que unos alpinistas extranjeros habían tremolado, con sus personas, la bandera de su patria sobre la cumbre virgen del Naranjo de Bulnes, en España, en Asturias y en mi cazadero favorito de robezos?...

Esa posibilidad había que borrarla de las contingencias de lo porvenir, y para ello era de todo punto preciso llegar al santo, besar su peana y tratar de escalarlo, llevándose, con la imposibilidad de hacerlo uno propio, el juicio seguro de la imposibilidad de que lo efectuaran otros.

Por eso compré en Londres la mejor cuerda que encontré y me fui a Chamonix para “entrenarme” como dirían los franceses, haciendo la ascensión de la Aguja de Dru, afilado risco de 3775 metros sobre el Mar de Hielo, y una de las más difíciles ascensiones.

De vuelta a Asturias, llamé a Gregorio el Cainejo para hablarle de ni persistencia en estudiar de cerca el Naranjo, como le había dicho el año pasado.

Gregorio es un hombre fornido, cazador eterno de robezos, que vive en la peña, mientras las nieves no le arrojan al valle; sus pies descalzos agarran como ventosas en las cornisas inclinadas de los acantilados infinitos que cuelgan sobre los precipicios de los Picos de Europa; desaloja al robezo de sus más inexpugnables torres, y lo mismo duerme al pie de un ventisquero, que corre a cobrar un animal al fondo de un abismo. Gregorio era el hombre que me convenía.

El 4 de agosto de 1904, dormimos Gregorio y yo, al par de unas cabras, al acabar la canal de Camburero. Salimos al amanecer con dirección al Naranjo, y a las ocho de la mañana habíamos almorzado ya junto a una fuente que nace en las estribaciones mismas del coloso. Habíamos llega do al Pico de Orriellos, como también por otro nombre le llaman. Por el Norte, y conforme nos íbamos acercando, lo fuimos estudiando, con la perfecta claridad que lo permitían nuestros buenos Zeiss prismáticos.

Esta vertiente Norte, única sobre la que nos cabían dudas en cuando a su inaccesibilidad, era muy sencilla: un descanso o saliente de la peña en el primer tercio inferior de la misma, y dos grietas verticales hasta la cúspide. Examinadas bien estas grietas con los anteojos, comprendimos desde luego, que una de ellas, la de la derecha, era absolutamente impracticable. ¿Lo sería también la otra? He aquí un juicio que no podíamos emitir desde luego; lo teníamos demasiado lejos, dada su altura, y tan sólo podríamos formarnos uno aproximado desde su arranque; es decir desde el descanso o saliente del primer tercio inferior de la torre. Pero ¿ podríamos llegar a él? Habría que intentarlo. De este modo la ascensión, si era posible, se componía de dos partes: primera, a la grieta. Y segunda, por la grieta.

Fortalecidos por el almuerzo, nos pusimos de nuevo en marcha, no sin haber observado antes la imposibilidad en que nos encontrábamos de alcanzar directamente el saliente, descanso o casi comienzo de la grieta por el Oeste, dado que lo teníamos todo completamente cortado a pico. Atravesamos entonces la base Norte del Naranjo, para alcanzar el principio de las grietas por el Este, y en una hora, aproximadamente, llegamos a un punto en que tuvimos que dejar los morrales, 1os anteojos y los palos, todo, menos la cuerda, para marchar con el mayor desembarazo posible. Gregorio se descalzó, y yo ajusté de nuevo mis sólidas alpargatas.

¿Qué teníamos delante de nosotros?... La serie de llambrias y la llambrialina.

Llambria, dice el Diccionario de la Lengua, es: “Parte de las peñas que forma un plano muy inclinado y difícil de pasar”. Llambrialina llaman los montañeses a una llambria muy estrecha, muy lisa, muy inclinada y sin agarradero alguno, vertiendo sobre el precipicio. Excuso decir que a mí, a pesar de tener alguna experiencia de la roca, todo me parecían llambrialinas, y ordené a Gregorio formalmente no pasara adelante en cuanto llegásemos al verdadero peligro, a la temeridad; pues yo guardaba cierto interés por mi pellejo, y no lo tenía menor por el de mi amigo, noble y leal, y, además como yo, padre de familia,

Partió Gregorio solo a explorar el terreno, mientras yo permanecía sentado contemplándolo y lo vi agarrarse con los dedos crispados, deslizarse, alejarse poco a poco, y, por último, perderse de vista detrás de las llambrias. Un cuarto de hora, que me pareció un siglo, tardó en aparecer de nuevo y en gritarme que lo que veía (aún no era la grieta) “no le parecía tan malo”.

Saltó mi corazón de gusto, y echándonos la cuerda a la espalda, la emprendí con todo el seso del mundo a lo largo de las llambrias. Mis alpargatas ajustadas agarraban como pez en aquella roca, y donde enganchaban mis dedos, me parecía estar completamente seguro. Gregorio presenciaba mis operaciones desde el otro lado, y me indicaba sus pasos. En esto llegué a la llambrialina, y allí me detuve un poco a considerarla de cerca y a familiarizarme con lo que hasta entonces no había visto parecido, pues ni la cornisa inclinada ni el precipicio me proporcionaron nunca ese recelo particular que me ocasionaba el pulimento absoluto de la roca, que no parecía sino que la habían dado con papel esmeril y lustre encima. ¡Tal es el poder constante de las aguas! El Cainejo me gritaba que me descalzase; pero yo tenía más confianza en mis alpargatas especiales de acalle de la Salud.

Avanzando un pie para ver cómo agarraba la alpargata, hasta afianzarse, y luego el otro, con exquisito cuidado, y ambas manos sobre la izquierda para disminuir el peso, logré pasar los tres o cuatro metros de la llambrialina... Cuando llegué a Gregorio, le di una palmada en el hombro, significándole mi contento y mi seguridad, y después de tres o cuatro malos pasos, llegamos al descanso.

¡Qué mirada de contento, cambiamos en este primer triunfo de nuestro empeño! Cuando, mirando hacia abajo, veíamos el sitio donde habíamos almorzado, nos sorprendió sobremanera lo alto que nos encontrábamos en relación a lo bajo que nos parecía estar el descanso en comparación con lo que nos faltaba todavía para llegar a la cumbre. Echamos la vista al cielo, y sólo vimos una parte de la grieta; la otra la tapaban las nubes. Retroceder en aquel caso, hubiera sido cobardía manifiesta “¡Arriba, hasta donde podamos, Gregorio -le dije- y no piense en mí, que yo llevo seguridad completa! ¡Adelante!”.

Sin decir más, nos atamos fuertemente la cuerda a la cintura, cada uno por un extremo y empezamos la subida. El Cainejo tomó la delantera, lo más difícil, y yo seguí de cerca, poniendo los pies y las manos donde él había puesto los suyos, y así fuimos trepando un buen trecho.

A veces, mi compañero no alcanzaba el saliente a qué agarrarse y entonces, mi cabeza primero, y mi puño cerrado después, eran a modo de escabeles de un encumbramiento que no tenía nada de retórico. Una vez más en firme, sus buenos puños, tirando de la cuerda, contrarrestaban el efecto de la gravedad en mi persona. Y así subíamos, y subíamos sin cesar, sin pronunciar más palabras que aquellas de “muy bien”, “al pelo”, “adelante”, con lo que yo iba animando todo el tiempo al bravo amigo que tenía sin cesar por encima de mi cabeza.

Cuando la grieta se cerraba demasiado, poníamos la espalda a un lado y los pies al otro, empujando yo siempre al de arriba, tirando éste por mí a cada momento. No mirábamos abajo por no impresionarnos, por no distraernos de único objetivo, y porque los cinco sentidos nos eran sumamente precisos. Pero cuando, a hurtadillas, lancé una vez la vista por debajo de mí... no vi nada, estábamos en plena niebla, en la nube.

Feliz casualidad, que nos borraba el peligro, si no de la realidad, al menos de su visión, un tanto incómoda. Apenas habíamos subido algunos metros, cuando gritos de Gregorio y unos cuantos golpes en la peña llamaron mi atención sobre la inminencia de algún peligro, y me dejaron inmóvil, con la cabeza pegada a la roca. Una piedra más que regular, arrancada por la tirantez de la cuerda, pasaba roncando a algunos centímetros de mi oído. La oí desprenderse por encima de mí, y la sentí pasar a mí lado después... ¡nada!...Ni volvió a tropezar con la roca, ni la oí llegar a ninguna parte. Así, aunque la vista no nos decía gran cosa, el oído nos hacía comprender una porción de ellas alarmantes. Cuando se desprendía alguna otra, pegaba de nuevo la cabeza a la peña y tarareaba cualquier cosa, ya que me era imposible taparme los oídos.

De este modo fuimos subiendo por aquel canalizo estrecho e interminable, hasta que oí decir al Cainejo: “De aquí no pasamos, don Pedro”. ¿Qué bahía allí? ¿Qué clase de obstáculo se oponía a nuestro paso? ¿Era la pared vertical, el ángulo hacia fuera, la roca lisa? Nada de eso: era un saliente de roca a modo de panza de burro que obstruía la grieta, la chimenea, paso por donde nos escurríamos, avanzando sobre el precipicio por encima de la cabeza de Gregorio.

Éste tanteaba a derecha e izquierda, por ver si encontraba asidero alguno; pero todo era inútil Yo subí hasta llegar junto a él, y, por mi parte, también escudriñé, pero con igual resultado.

Habíamos llegado a lo verdaderamente impracticable, a lo inaccesible. Tenía yo mi cabeza a la altura de la cintura del Cainejo, y estábamos ambos quietos, sin decirnos nada, presintiendo la honda tristeza que iba a apoderarse de nosotros al comparar las penalidades sufridas con el poco fruto de nuestro esfuerzo.

No sabíamos a qué altura estábamos; pero presumíamos que no podría faltar mucho para llegar a la cumbre. La nube había empezado a clarearse por encima de nosotros, y era algo así como anuncio de un Paraíso perdido para los que iban ya teniendo la conciencia de no poder alcanzarlo. ¡Qué habrá allá arriba, en aquella cima inmaculada, adonde nunca llegaron los hombres! Así estábamos los dos, mudos, esperando sin duda que alguna inspiración divina nos determinase algo, cuando, para cambiar de postura, tropezó mi mano izquierda con una grieta oculta, que parecía estar hecha para ella. ¡Qué sujeción la que había encontrado!,,, “Gregorio -le dije-, yo tengo aquí un agarradero magnífico. Póngase usted sobre mis hombros primero, luego su pie izquierdo sobre mi mano derecha, y verá usted cómo le aúpo. Y una vez que usted pueda echar los brazos por encima de esa panza, si no está del todo lisa, ya se agarrará usted y se ayudará con las rodillas”. Pues, ¿qué? ¿ No había yo levantado 1a gran pesa, la Sultana, en el gimnasio de Sánchez? “Sin miedo, Gregorio” le dije. Así lo efectuó y echándome yo hacia atrás sobre la niebla para empujarlo hacia arriba, lo izé por encima de aquel estorbo maldito.

Una vez arriba, sus brazos se encargaron de mí, levantándome en vilo con la cuerda...

La nube había desaparecido, o nosotros la habíamos pasado; un cielo azul y un sol espléndido doraba a nuestra espalda el vértice de los Picos vecinos; el aire vivificante y puro de la montaña inundaba nuestros pulmones, veíamos la grieta en toda su longitud, y allá, al final de ella, donde se abría en forma de embudo, debería hallarse la cumbre... El instinto de triunfo, de la conquista, se apoderó de nosotros; subíamos con ansia, no reparábamos en peligros y no nos decíamos una palabra; todo sonreía a nuestra ambición desmedida, y cuando el embudo se abrió, y la vertical empezó a dejar de serlo, yo me desaté la cuerda, que abandoné al Cainejo, pasé a éste, y saltando, loco, ebrio de placer y de entusiasmo, entoné, al llegar a la cumbre, el más formidable ¡hurra! que di en los días de mi vida... Era la una y cuarto de la tarde.

El paisaje que divisábamos no era otro que el corazón de los Picos de Europa, visto en medio de ellos: glaciares, neveros, peñascales, torres, tiros, agujas, desfiladeros, vertientes, pedrizas, pozos, robezos empingorotados en alguna punta, o manadas de ellos paciendo a nuestros pies en e1 valle desierto, en la olla profunda, en el hoyo inmenso, tranquilo y solitario; algunos Picos, perdiéndose en las nubes, rebasándolas otros, y en todas partes el abismo, el precipicio, encarcelándonos en aquella roca encantada que había sido virgen por los siglos... Allí nos quedamos absortos contemplando un paisaje tan vasto, tan original y tan a lo Gustavo Doré, sin exageración alguna; y allí hubiéramos estado largo rato, si el tiempo no nos apremiase para una bajada, como todas, harto más difícil que la subida, y para la construcción de torres o señales que dieran testimonio de haber estado allá arriba. Desde la una y cuarto hasta las dos y cuarto, una hora justa, estuvimos fabricando, con ardor, pirámides, con las piedras deshechas por el rayo que encontramos en aquella cima inhospitalaria, sin rastro de vegetación alguna.

Una de ellas, hecha a la perfección por mi compañero, será la más duradera; la mía resultó bastante menos sólida. Tres o cuatro grandes piedras que pusimos una sobre otra, podían considerarse como una tercera torre. Al concluir ésta, era ya necesario empezar la bajada cuando antes. “¡Adiós, Picos de Europa, en cuyo corazón me hallo; cumbre divina queme prestaste asilo; grandioso panorama que contemplo!... ¡Adiós, región eterna de las nieves, alcázares de piedra soberanos, simas profundas que os tragáis las nubes!... ¡Adiós, pirámides que, en recuerdo de tanta belleza, fabricamos!... ¡Vosotras persistiréis, si el rayo no os deshace, allí donde nosotros brevemente pisamos, sin duda por la ley general de que la duración del placer se halla en razón inversa de la intensidad del mismo!... ¡Vosotras testificaréis nuestra subida, no para halago de necia vanidad, que no sentimos, sino como ejemplo y emulación a los esfuerzos, y como timbre de gloria para hacernos acreedores a una inmortalidad en el Paraíso de los Picos, en el verdadero, genuino y varonil Olimpo de los dioses!...”. Todo eso, y mucho más condensaba mi triste y supremo ¡adiós! a la cumbre sublime que abandonábamos para siempre, y mis naturales tendencias poéticas y filosóficas se acrecentaban a medida del hambre que se iba apoderando de nosotros.

No habíamos comido nada desde las ocho de la mañana: nos quedaban pocas energías, y era de todo punto preciso un nuevo esfuerzo, dejándose de romanticismos, para emprender con calma y plena posesión de la realidad nuestro descuelgo por aquellas rocas.

El procedimiento seguido fue el siguiente: para mí, como a la subida, lo más cómodo y hacedero, bajaba delante, cuándo de pecho, cuándo de espaldas al muro, y mi compañero me deslizaba, teniendo de la cuerda, hasta que tocaba punto firme.

En cuanto a Gregorio, ¿cómo bajaba sin que alguien, por arriba, le fuese teniendo y soltando cuerda? He aquí cómo nos. Arreglábamos: una vez que yo estaba en firme, comenzaba a subir de nuevo lo que podía y estirando el brazo, esperaba con mi puño cerrado, pegado a la peña, uno de los pies del Cainejo, quien de allí pasaba a la cabeza y al hombro. Cuando yo no podía más, entonces bajaba como “podía”, haciendo maravillas de equilibrio y agarre con los veinte dedos de sus extremidades.

Excuso decir que mientras se descolgaba de este modo, yo me agarraba con todas mis fuerzas a la peña y a la cuerda para poder resistir el tirón, si por acaso llegaba a despeñarse; que de no resistir, dado que íbamos atados con la cuerda, mi suerte hubiera sido igual a la suya. Hubo un paso en que no podía ya dar otro, y yo le oí murmurar: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Cómo subí yo por aquí?”.

Oírle decir esto y ordenarle imperiosamente que aguardase, todo fue uno, pues era necesario recapacitar lo que se pudiera, antes de exponernos de ese modo. “¿No habría por ahí -le dije-, algún pedazo de roca inseguro, de esos que desprendía la cuerda a la subida, al cual pueda usted atar la cuerda que rodea mi cintura? Una vez atada esa piedra por el medio, la mete usted en el fondo de la grieta, tirando luego de ella para cerciorarse de que esté bien segura, y no tiene usted otra cosa que hacer sino descolgarse por ella hasta mis hombros. En cuanto usted llegue a ellos, la cortamos, y que ese pedazo se quede ahí para que lo utilicen otros"... Sin faltar a la modestia, creo que no discurrí del todo mal, pero la práctica que puso el Cainejo para efectuar mis teorías, superaron al cálculo; y allí quedó un buen trozo de cuerda bamboleándose en el espacio: es de pita, y quizá tarde algunos años en pudrirse.

Los pasos que siguieron a éste, no le aventajaron mucho en comodidad, y a cada instante temía por mi compañero.

La panza maldita la bajamos por el procedimiento de la subida, y no hacía mucho tiempo que la habíamos abandonado, cuando una nueva imposibilidad de descenso para el Cainejo se nos presentó delante: ¿que haríamos? ¿Cortar la cuerda de nuevo? Eso sería exponernos a quedarnos sin ninguna, o poco menos, y para lo que aún nos faltaba era completamente indispensable Una nueva reflexión me sugirió una nueva idea:

-¿No habrá por ahí algún saliente firme de roca? -le pregunté-. Aquí hay uno -me dijo-. Pues desatémonos los dos y echemos la cuerda por encima; yo tendré aquí fuertemente los dos cabos y usted se descolgará por dos cuerdas, en vez de hacerlo por una; al llegar a mí, tirando de un extremo, nos quedaremos con ella.

Porfiaba el Cainejo que la cuerda no daría para tanto; yo le aseguraba que sí, y. por fin, los hechos me dieron la razón. Gregorio llegó a mis hombros sano y salvo, y tirando de un extremo... la cuerda no venía; se había enganchado arriba... Tirando por el otro extremo, aflojamos al contrario, tiramos de nuevo: nada. Entonces, haciendo un supremo esfuerzo, me subí lo que pude, imprimí un fuerte movimiento ascensional en S a la cuerda, y dando un buen tirón, nos quedamos con ella.

Cerca ya del primer gran saliente, descanso o silleta del Naranjo, adonde habíamos llegado por las llambrias y llambrialina, se empeñó Gregorio en que, torciendo un poco a la derecha, es decir, hacia ellas, tendríamos mejor medio de bajar. Enemigo yo de toda innovación en estos casos, y acordándome que más vale malo conocido que bueno por conocer, le declaré mi parecer contrario, salvando en absoluto mi responsabilidad si se decidía a ello, pues yo no quería contrariarle, dado que él iba siempre en lo peor, y que tenía una memoria cien veces superior a la mía en cuanto a recordar las sinuosidades de la peña por donde habíamos pasado.

Admiraba yo su memoria; tenía cierta fe en sus seguridades, y me abandoné a sus propósitos. “Crea usted -le dije- que yo, en su lugar, me perdería cien veces”; porque no hay que olvidar que la niebla nos envolvía por completo lo que si era cómodo en una grieta donde no cabía perderse, era sumamente peligroso allí donde la grieta, ramificándose en las llambrias, desaparecía. Por eso mis temores eran de sobra fundados, siendo así, que a las siete de la tarde ya no sabíamos dónde estábamos...” Lo ve usted”, fue todo lo que le dije.

Aguardamos un poco a ver si alguna brisa descorría la nube, y a ver si se hacía algún claro. Este apareció, y tan sólo divisamos una pared cortada a pico, a nuestra cabeza, y otra, cortada a pico también, a nuestros pies... Volvimos hacia atrás, a duras penas, escudriñando con ojo avizor cuanto pudimos por las llambrias, cambiando pareceres sobre el sitio hacia donde e caería la llambrialina. Nos desatamos; Gregorio, no sé cómo, se perdió en la nube; yo me quedé con la cuerda, pensando en la noche de muerte que íbamos a tener que pasar atados a las rocas, y, ante perspectiva tan poco seductora, redupliqué mis esfuerzos indagatorios, metiéndome por sitios de donde luego con gran dificultad salía.

Eran las siete y media; empezaba a oscurecer, y yo a pasar un mal rato, cuando resonó la voz de Gregorio: “¡Don Pedro, ya apareció la llambrialina¡ Se había orientado por el estiércol de un vencejo de montaña que vio a la subida. ¡Qué hombre!

Y aquí puede decirse que terminaron nuestras penas. La llambrialina, después de lo pasado, y atados, la atravesamos como si tal cosa. No lejos estaban los morrales. Cuando llegamos a ellos, un chorizo, cogido a escape y comido andando, nos llevó a la fuente de la mañana, que medio agotamos. La noche cerrada nos cogió a la entrada de la canal de Camburero. Nos perdimos de nuevo; dimos voces a los pastores, y tan solo contestaron las piedras que desprendían los robezos, a quienes habíamos despertado. Comprendimos que estábamos aún muy altos, y bajamos más y más por entre infames peñascales. Una voz honda y lejana respondió por fin a las nuestras. Los pastores nos habían oído. A las once de la noche entramos por sus cabañas. Era el 5 de agosto de 1904”.




miércoles, mayo 03, 2006

LA CONQUISTA DEL NARANJO, VERSION DE "EL CÁINEJO"

Aquí se relata, por parte de Gregorio Pérez Demaría, El Cainejo, la proeza realizada por él y por D. Pedro Pidal, Marques de Villaviciosa, en el verano de 1904, haciendo posible lo que nadie había conseguido nunca: La Conquista del Naranjo de Bulnes.

Este relato apareció en 1918 en el libro “Picos de Europa”, escrito por D. Pedro Pidal y D. José Fernández Zabala y también en la revista “Alpina” del Club Alpino Español.

Esta publicación se realiza sin cambiar nada, tal cual fue publicada, con la peculiar forma de expresarse de su protagonista.


“En el día 2 de agosto de 1904 estaba yo segando yerba encima del pueblo de Caín de arriba. Caminaba a buen paso un asturiano que se dirigía onde yo estaba segando y después de saludarnos me dice:

-Vengo a buscarte

-¿Y luego?

-Hoy llegó a la Vega de Ario D. Pedro Pidal y dijo que té había escrito una carta para que estuvieras hoy en la Vega de Ario, pero vino él primero que la carta..

-Bueno, dile a don Pedro que al ser de día estaré en la Vega.

Y marchó a escape, pues dijo no tener nadie en la majada. Bajé a la tarde a casa y después de cenar, como había buena luna, eché a andar. Llegué a la Vega muy de mañana y va me salió al entro D, Pedro. Nos saludamos y le pregunto:

-¿Quién ha venido con usted?

-Dos señores; de Oviedo uno, y de Gijón el otro.

Llegamos a la tienda de campaña y me los presentó, pues estaban durmiendo todavía en sus colchones de viento, pues estaban molestados a pesar de haber venido en caballo, Me dice:

-Bueno, ¿estás dispuesto a que vayamos hoy a hacer la ascensión a Torre Santa?

-Por mí cuando usted guste.

-Bueno, ya tengo yo preparado lo que hemos de llevar. Mira si hará falta más.

Me enseñó la morrala y veo una magnífica cuerda; me dijo haberla comprado en Londres, y que había comestibles bastantes para el día. Vestí mi morrala y echamos a andar, después de haber encargado a un mozo que, levantados los dos señores, los llevase a tomar una vista a la Torre de Jultayo, pues estaba cerca y era buena tierra, dando vista a Caín

Llegamos nosotros al Hoyo de la Capilla y como había buena agua nos pusimos a almorzar. Sacó D. Pedro su mapa y me preguntó:

-¿Cuála es Peña Santa de Enol?

Y se la enseñé, pues, aunque es un poco más baja que Torre Santa, como está delante de ésta, por la parte de Asturias se ve más tierra.

-Y ¿qué te parece? ¿Tendremos tiempo para subir a la dos?

-Si, señor. Hay día para todo.

Echamos a andas y mirando cómo corrían los rebecos que huían de nosotros. Nos dirigimos a la Peña Santa de Enol, que es la primera. En menos de una hora subimos a lo alto, donde había una pilastra echa a mano por el Conde de Saint Saud y sus guías. Sacó Don Pedro sus antiojos y recorrió desde allí hasta el mar y desde las Cordilleras del Puerto de Pajares hasta las montañas de Llanes, y más allá contra la provincia de Santander. Todo se veía, pues era un día escampao, sin una chispa de niebla, que era lo que deseaba Don Pedro. Bajamos en media hora onde teníamos la morrala y la cuerda, que para subir a esta Torre sabía yo que no hacía falta la cuerda. La vestí otra vez y echamos a andar para Torre Santa. Llegamos al pie y allí tuvimos que hacer uso de la cuerda; subimos aquel paso y la dejamos allí, pues de allí para arriba comprendí que no nos hacía falta; no porque sea buena tierra; pero vi que Don Pedro se atrevía tanto como yo o poco menos. Llegamos a lo más alto y nos encontramos con otra pilastra echa por el mismo Conde. Desde allí es el divisar tierra para la parte de Castilla, pues yo creo que se verá hasta más allá de las montañas de Sierra Morena (!!!). D. Pedro se asentó a mirar con los antiojos y yo como no había dormido nada la noche anterior, me quedé dormido sobre una llastra muy llana, cuando el ruido de unas fuertes voces me despertaron. Era D. Pedro que con los anteojos alcanzó a ver a los dos señores en la Torre de Jultayo, que a la sazón se levantaban para volver atrás. Les vociaba por ver si le oían, pero era imposible por la mucha distancia y la mucha altura que teníamos nosotros sobre ellos.

No se cansa nunca de mirar D. Pedro a un lado y a otro, hasta que tuve que darle prisa, que nos hacía falta el tiempo para volver a la Vega. Emprendimos la bajada que es larga, pero no es mala. Al bajar nos juntamos con dos cazadores de Soto Sajambre. Bajamos a comer a la Fuente de las balas; las hay de piedra roja, echas como a molde; por cierto que cogió algunas y las guardó; desde allí a la Vega todo es atravesar para adelante. Llevamos una tarde muy divertida, mirando los rebecos que saltaban a un lado y a otro, cómo salían de sestear para ponerse a cenar. De tiempo de tarde llegamos a la Vega a las seis media o las siete.

A otro día de mañana batieron la tienda, pues como el día antes, camino de Pena Santa, habíamos hablado de ir a hacer una tentativa al Naranjo de Bulnes y quedamos concertaos en eso, era preciso madrugar. Cargamos los caballos, apartamos lo necesario para nosotros, y les dice a los dos señores y a un mozo que les acompañaba:

-Bueno, si ustedes me permiten yo me marcho por aquí con Gregorio, a hacer la ascensión al Naranjo de Bulnes si nos es posible; bajan con esto a Covadonga y a Cangas, entregan esta tarjeta al señor Dosal, que me remita un coche a la Hermida para el día 7.

Nos despedimos y echamos a andar espalda con espalda. Bajamos a Ustón y al río Cares; allí almorzamos, pasamos al río Cares por un pontigo; emprendimos al Monte Llué arriba, que tiene una legua de largo; subimos a la Collada de Cerredo, tomamos el fresco un rato, pues desde allí a la Majada de Camburero, que teníamos que ir a dormir, todo era alante en travesía y casi por sombra. En la Majada de Orande, en una cueva que tiene una fuente; comimos y bebimos y allí mandamos razón por un pastor de Bulnes, a Inocencio, que subiera de mañana a Camburero, íbamos a ver si éramos de subir al Naranjo, para que nos ayudase algo; pero como le diera el aviso tarde, no subió. Echamos a andar, deseoso D. Pedro de dar vista al Naranjo, pero como Camburero está metido en un hoyo como media legua por bajo del Naranjo, hasta no llegar cerca no se nos ponía a la vista por donde nosotros íbamos; llegamos a un alto en e cima de Camburero y ya se nos presentó el pico cortao, liso y derecho por tres costaos; sacó D. Pedro los antiojos y de allí examinamos por onde pudiéramos embestir, dao caso que por lo que veíamos de allí pudiéramos subir a un descanso que nos presentaba menos de a la metá del pico.

Bajamos a la majada; nos preguntan los pastores el objeto de ir por allí sin escopetas; se lo hemos dicho y dicen ellos:

-Bien atrevidos los hubo en Bulnes y los hay también, y nunca subió arriba nadie; pero es que ni los rebecos tampoco.

-Pero nosotros, confiaos en nuestras mañas y nuestra buena cuerda, tenemos confianza.

A otro día, que era el 5. esperamos un poco por Inocencio; viendo que no venía, echamos a andar, almorzamos bien en una fuente al pie del mismo pico, le damos una vuelta y vemos que por el costao que mira al Norte podríamos subir al descanso que decíamos por la tarde. Dije:

-Bueno; quédese usted aquí; ahora voy a subir yo allá arriba si puedo y pasar a la horcada que veíamos ayer, que de allí ya se ve y registra de allí para arriba.

Me descalcé a pie puro, lo dejé allí con la morrala debajo de una piedra; embisto la peña; fui pasando y subiendo llastralezas y pasos medianos; perdí de vista a don Pedro por tener que atravesar hasta la horcada que decíamos allí; me asenté y lo registré bien: se veían unos saltos y unos canalizos que no pareció tan malo como resultó; volví atrás hasta llegar a la vista de mi compañero, y le digo a D. Pedro:

-¿Sabe Vd. que no se me hace tan malo como lo ponían? Se me figura lo peor de ahí aquí.

Y marchó hacia donde yo estaba, con tanta arrogancia como si fuera a subir por un valle arriba; le mandé que se asentara y esperase allí hasta que yo bajara onde él para ayudarle, que era muy malo todo aquello; así lo hizo; bajé onde estaba él y nos amarremos bien uno por cada punta de soga; como yo estaba ya descalzo, mis pies pegaban bien a la peña, pero también u mejor pegaban las alpargatas de D. Pedro. Fuimos subiendo poco a poco hasta una llambria que había que atravesar bastante pendicular y sin agarradero ninguno; pasé yo delante y con la cuerda favorecí a D. Pedro, y pasó también; y entonces me dijo D. Pedro:

- Sabes que esta lúcia de peña se parece aquel sitio que pasamos el año pasado, cuando pasemos desde Caín a Cuestaduja y a la Collada de Cerredo, aquella llastra que llamáis vosotros la llambrialinia? Y con este nombre se quedó y en verdad nos valió mucho para bajar.

Subimos otro poco más arriba y después tuvimos que travesar un cacho p’adelante hasta llegar al sitio donde había llegado yo primero, a un descanso que hacía la peña y se descubría la mayor parte de lo que faltaba por subir. Allí nos asentamos a descansar un poco y registrar con los antiojos cualo sería de lo malo lo mejor, pero todo nos pareció imposible, menos unos canalizos muy estrechos con algunos saltos de unos a otros y muy plomo arriba; y hemos dicho: si habemos de subir, tiene que ser por allí; y entonces, aunque la divina providencia lo hubiera ordenado, empiezan a reunirse ramos le niebla y se cerró por entero en un cuarto de hora y fue lo que nos favoreció, después de Dios y la cuerda, para subir y bajar, porque nos quitó el asombro que metía el mirar pa abajo. Fuimos subiendo poquito a poco un gran cacho para arriba, hasta que tropezamos un muy alto salto que formaba panza en el medio y derechaba tan plomo arriba como un árbol entornao y sin agarraderas ni sitio onde poner los pies. Empezó D. Pedro a registrar y me dijo:

-¿Sabes, Gregorio; que aquí hay un gran agarradero?

Se agarró bien una mano de él, afianzó bien los pies y me dijo:

-Apoya los pies sobre mis hombros.

Así lo hice y después sobre la cabeza, y después me empujó los pies con una mano y entonces me enganché mis manos a un buen agarradero y me eché fuera. Subí más arriba, aseguré bien los pies y le dije a don Pedro:

-Bueno, yo ya subí; prepárese usted.

-¿Estás ya bien seguro?

-Sí, señor

-Pues, arriba.

Empieza a esgatuñar y yo a tirar de la cuerda: en siguida llegó a mis pies, anduvimos otro cacho bueno para arriba que era menos malo, a la que tropezamos otro paso como el anterior; lo miramos bien y resolvimos valernos de las mañas que nos valimos para subir al otro; pero nos costó un poco más de trabajo por tener yo ya los pulsos algo cansados; pero por fin también subimos aquel paso. Ya decíamos nosotros: no llegamos nunca al alto, porque las piedras que desprendíamos nosotros y la cuerda por estar mal seguras, las oíamos bajar rugiendo; pero no oíamos dar abajo y por lo tanto nos creíamos ir ya may altos.

Anduvimos un poco más arriba y advertimos que la niebla se bajaba un tanto y que los rayos del sol pasaban por encima de nosotros y que se veía un cielo azul que daba gusto; ya advertimos que se bia lo más alto.

Soltamos la cuerda y la dejamos atrás y llegamos a la cumbre; nos asentamos sobre unas piedras un poquito, que subíamos cansados. Sacó D. Pedro los antiojos y empieza a mirar a todos laos, porque como la niebla estaba baja, echa una vega, se veía la mar de tierra y rebecos en aquella torre, en aquel pico, en aquel nevero, en aquel hoyo, en aquella verdiana, paciendo. ¡Qué gusto encontrarse en aquella altura y donde nadie había pisado! Tomamos unos caramelos por la mucha sed que teníamos y nos pusimos a trabajar para dejarlo a la vista las pruebas de la verdad; nos pusimos hacer en la parte más dominante una pilastra cada uno; yo la hice de mi altura, firme y bien construida; me manda D. Pedro que le asegure la suya; la retaque bien hasta dejarla segura; hicimos otra entre los dos con tres grandes piedras bien asentadas unas sobre otras, en forma que se ven de muy largo y se verán siempre, a menos que algún rayo o chispa eléctrica las derribe, que aquí se conocen que caen con frecuencia.

Emprendimos otra vez la bajada, que ya la considerábamos más difícil; fuimos bajando hasta encontrar la cuerda, nos volvimos a meter entre la niebla, bajemos hasta el último paso malo de la subida; se amarró bien D. Pedro por su cintura, con la cuerda que era bien segura, me aseguré yo para tener y bajó toda la largura de la cuerda; trato de bajar yo, pero no era posible; él no me podía ayudar, y yo no encontraba de que me agarrar; ya decía:

-Pero, Dios mío. ¿Cómo subiría yo por aquí?

Hasta que dice D. Pedro:

-Mira a ver si encuentras a qué agarrar la soga.

Reparé y vi un canalizo en la peña, hecho por las aguas; anudé bien la cuerda, la metí en el canalizo, la atesté bien con piedras, tiré de ella y vi que estaba segura; me agarré de ella y en un instante bajé donde D. Pedro; tiré de la navaja y corté la cuerda; anduvimos para abajo hasta el otro paso malo. Bajó D. Pedro y yo con la misma dificultad que arriba, hasta queme dice D. Pedro:

-Vas a terciar la cuerda detrás de aquel pico que hace la peña.

Digo:

-Doblada no va a alcanzar, que ya es más corta.

Nos soltamos; la doblé tras de el pico y bajaron las puntas hasta cogerlas D. Pedro; me agarré de ella y bajé enseguida. Echamos andar, y allí por evitar un paso algo mediano que había para bajar al descanso que hacía la peña, donde habíamos estado sentados al subir, determiné bajar por otro lao. D. Pedro no quería; más valía lo malo conocido que lo bueno por conocer y tenía razón. Seguí por allí y desorientamos. Dejé a D. Pedro asentado y empiezo a registrar por aquí y por allí; encontré una cagada de un pájaro que la vi por la mañana cuando fui y volví; bajé un poco más abajo y me encuentro con la llambrialina. Llamé a D. Pedro le dije:

-Aquí está la llambrialina.

-¿Tú estás seguro que lo es?

-Sí, señor.

-Fíjate bien.

Y el caso no era para menos: la niebla puesta, la noche encima, desorientados en la torre sin tener donde dormir, no siendo que nos atáramos a alguna peña con la cuerda. Volví a subir donde D. Pedro y bajó todo lo que dio la cuerda y me llama:

-Tienes razón, que esta es la llambrialina; ahoya ya estamos bien, que ya estamos cerca de abajo.

Bajemos otro poco y enseguida llegamos al sitio donde teníamos mi calzao y lo demás equipo.

Allí, besemos ambos la cuerda por ser la que nos ayudó a subir y bajar, miró su reló y eran las siete de la tarde. Cogimos un chorizo cada uno y echamos andar, llegamos a la fuente donde habíamos almorzao; secos de sed, bebimos, tomamos otro chorizo y buenas conservas y echamos andar, pero enseguida nos cogió la noche por unas pedrizas abajo, sin camino alguno y en terreno poco conocido. La niebla puesta y cerrada y de noche, trompicábamos a cada momento; no sabíamos por donde andábamos. Vociábamos a los pastores de la majada, pero no sentíamos responder a nadie: lo que sonaban eran peñas rodar por aquellas pedrizas y por aquello comprendíamos que estábamos muy altos. Aquí caíamos, allí nos levantábamos; fuimos bajando mucho más y volvimos a vociar, y entonces ya nos contestó una pastora, que como tenía sus vacas un poco desviadas de la majada, escureció ordeñándolas. Y como sabia que estábamos arriba y nos oyó vociar, nos esperó, por más que nosotros les habíamos dicho por la noche que si no éramos de subir al Naranjo no volvíamos por allí, que nos dirigíamos a los Tiros del Rey y al casetón de Áliva y de allí a las minas de Ándara,

Al sentido de las voces de la pastora, fuimos llegando poco a poco a bajar donde ella estaba sentada en nuestra espera. Como a mí me conocía. me dice:

-Trairéis güena sede; podéis beber lleche; sí, dale a D. Pedro.

Como estaba ya fresca y la sed era mucha, nos sabía a miel. Echamos andar, llegamos a la majada que ya estaba cerca, nos metimos en las cabañas con los pastores, tomamos más leche y cenamos bien; nos preguntaron enseguida que si habíamos subido al pico.

-Sí, nos costó trabajo bastante; pero subimos y para mejor creerlo, allá en lo más alto del pico,
dejamos señales verdaderas.

-¿Qué son?

-Tres pilastras hechas con nuestras manos, de la altura de un hombre que nos llevó una hora justa en hacerlas; no se caerán nunca, como algún rayo no las demuela, pues español ni extranjero estamos seguro que nadie las ha de tirar, y si subiera alguno, que no subirá, que haga otra u otras tres como las nuestras.

-¿Y desde abajo, desde la entrada del Jou sin tierra, se podrán ver ya?

-De allí y de donde quiera que se vea o alto, se ven muy bien.

-Pues mañana echamos para allá, a verlas también; se encuentran allá los robecos y suben hasta aquel descanso que hay al principio del pico y algunos cazadores también subieron allí; pero más arriba nunca vimos ni oímos que naide ni nada subiese

Dormiríamos como dos horas, porque luego amaneció; tomamos más leche y nos guiaron por el sendero que va a Sotres, donde nos dirigimos, y de Sotres a Ándara. D. Pedro se dirigió a la Hermida, donde le esperaba el coche; nos despedimos amorosamente y yo me volví por Bulnes para mi casa.”

jueves, marzo 30, 2006

CONSTRUCCIONES GANADERAS EN LA SIERRA DEL ARAMO

La Sierra del Aramo, situada en la cuenca central de Asturias, es un espacio de media montaña que, con una dirección cercana a la meridiana, separa los valles de los ríos Trubia y Riosa. Presenta una disposición alargada de dirección Norte-Sur, de unos 12 kilómetros, entre el Pico La Mostayal y el Alto de la Cobertoria. Esta unidad topográfica se reparte entre los concejos de Morcín, Riosa, Proaza, Quirós y Lena.

Los pueblos se sitúan a media ladera sobre ambas vertientes y presentan las características propias de un área de montaña asturiana. La organización del espacio revela un abandono total de la agricultura a favor de la ganadería. Esta actividad se desarrolla siguiendo un ciclo estacional de ocupación que se inicia en los pastos de ladera y finaliza en las zonas altas o puertos. Las construcciones de uso ganadero, por tanto, se encuentran en dos pisos: el primero, y a menor altura, está situado en las proximidades de los pueblos en relación con el aprovechamiento de los pastos comunales de las morteras, y el segundo, localizado por encima de los 1.400 metros, es de uso exclusivamente estival. El tipo de las construcciones varia según se ubiquen sobre las laderas o en el puerto y también, según su función: albergar crias o animales adultos, almacenar hierba y servir de refugio al vaquero.


Construcciones de ladera

Son edificios de mampostería ordinaria o en seco que utilizan como material básico de construcción la piedra caliza, arenisca y piedra toba, conocidas en la zona como piedra, piedra parda y piedra sarnosa respectivamente. La cubierta, con su entramado habitual de madera, es de teja y casi siempre a dos aguas; por debajo de la teja se disponían helechos o brezo como material aislante. Constan de dos alturas: el piso inferior se utiliza como cuadra y el superior como pajar. A tales edificios se les denomina según los concejos caseta (Quirós), cuadra (Riosa), cuadra de braña (Proaza) y corral (Morcín).

Dependiendo de la complejidad de su estructura, es decir, si cuenta con elementos adosados, portalá, etc. pertenecerán a cada uno de los tipos que vamos a describir.

o Tipo I: La construcción más abundante de las laderas es la cuadra-pajar, de planta rectangular, dos alturas y sin añadidos exteriores. Tiene forma cúbica y sólo presenta dos vanos en los muros: en el piso bajo, la puerta de entrada a la cuadra, y en el alto, el bocarón del pajar, situado, normalmente, en el muro posterior del edificio, aunque si el desnivel del terreno lo impide se traslada a un lateral.





o Tipo II: Introduce la novedad de la portalá, espacio techado anterior a la puerta que suele estar empedrado. Supone un mayor aprovechamiento del edificio pues permite al vaquero refugiarse en él e incluso hacer fuego, ya que en las esquinas se sitúa una losa de piedra triangular, chispera, bajo la que se puede encender una hoguera sin peligro de incendio para la cubierta. También suele disponer de repisas de piedra y alacenas. A veces se aprovecha la mitad superior de la portalá para construir un anexo del pajar conocido como pachareta.



o Tipo III: Puede considerarse como una evolución de la anterior. Presenta una portalá muy grande, la mitad de la cual está cerrada y tiene dos pisos: el inferior se utiliza como cabaña para el paisano y la superior es un pequeño pajar. Este tipo es una variante muy local puesto que sólo se localiza en Sobrovilla y Llindelafaya (Villamejín) y se les conoce como cuadras de braña.




Todos estos edificios de ladera cuentan como elementos de protección con llábanas en la cubierta, lajas de caliza que se sitúan en las zonas más expuestas al viento o en los aleros; la misma función cumplen los árboles que rodean el edificio, normalmente fresnos. De ellos se aprovechan las varas, forcaus, productos de la poda anual para la fabricación de xibatu (tejido de varas con el que se construyen portillas, suelos de pajar o treme y corzas) y las hojas con las que se alimenta el ganado.

Las construcciones se agrupan en brañas formando asentamientos dispersos en función de la orografía. La Sierra del Aramo ofrece una clara disimetría en sus vertientes. La occidental presenta una relieve escalonado que favorece la existencia de conjuntos de tipo nuclear o polinuclear claro, como sucede en La Collada y Tene (Las Agüeras) o Linares (Bermiego). Por el contrario, la extremada pendiente de la ladera este impide la concentración de las construcciones, que se disponen formando alineamientos hasta los 800 m. de altura, donde se inician los escarpes rocosos. Esta disposición se observa en los asentamientos de Code y Sollavega, pertenecientes a los pueblos riosanos de Felguera y Muriellos.

Un ejemplo característicos de las brañas tradicionales de la Sierra del Aramo lo constituye Ordiales. Se extiende por encima del pueblo quirosano de Muriellos, al que perteneces, y presenta una disposición nuclear formada por 31 construcciones, 30 de las cuales corresponden a la cuadra-pajar simple, definidida como Tipo I, y sólo una pertenece al Tipo II. Un rasgo de estas brañas es el predominio casi absoluto de uno de los tipos constructivos en detrimento de los restantes.

Construcciones del puerto


En las zonas altas la variedad tipológica es mayor que en las laderas, a pesar de que el material de construcción se reduce a grandes piedras irregulares de caliza y tapinos; en general son edificio pequeños, casi refugios elementales para ganado y vaqueros. Un característica del asentamientos es el total mimetismo con el paisaje, logrado por el aprovechamiento de las irregularidades del relieve como medio de protección. En esta plataforma superior del Aramo la presencia masiva de la caliza da lugar a un relieve derivado de la acción kárstica; su morfología es de continuas depresiones o dolinas que son los espacios elegidos para los asentamientos, llamados mayeus y constituidos por cabañas, bellares, rebates y, en ocasiones, cuadras.

o La Cabaña supone el albergue del vaquero que durante los meses de verano (desde San Juan a San Miguel) iba a vaqueriar al monte y no precisa una compleja estructura de habitación, pues la vida en el puerto se desarrollaba en las campas, encerrándose en la cabaña sólo para dormir. Tiene planta rectangular, con cubierta a un agua de teja o tapinos. Es de reducidas dimensiones y está ocupada en su mayor parte por una camera, camarín o camarote, lecho de madera elevado medio metro del suelo, sobre el que dormían cuatro o cinco personas, pues estos edificios solían utilizarse colectivamente. El resto del espacio se destina a llar y, empotradas en la pared, se hallan una o dos alacenas donde depositar las provisiones.



o El bellar es la construcción más representativa de la zona. Es de planta circular y se cierra con una falsa cúpula formada por la aproximación de las piedras que componen la cubierta; por encima, para cubrir los huecos, se dispone una capa de tapinos. En total, el edificio no supera los 180 cm. de altura en el exterior y constituye un cobijo elemental. Su estabilidad sólo es posible por el enorme grosor de los muros, 80-90 cm., dejando en el interior una reducida capacidad, únicamente apta para albergar xatos.


o La Cabaña-bellar es un tipo de variante peculiar que aúna las dos anteriores y que aparece en el mayeu de La Florida, de la parroquia de Muriellos (Quirós). Tiene planta rectangular y dos pisos; el inferior se utiliza para guardar los xatos y el superior es la habitación del paisano. Cada piso tiene entrada independiente aunque el acceso al piso alto también se puede hacer desde el bellar, ya que el camarote sólo ocupa la mitad de la superficie interior.


o El rebate es un recinto descubierto formado por un muro de piedra. Se utiliza para introducir el ganado que por determinadas razones debía estar aislado del resto. Puede acompañar a los bellares y las cabañas o aparecer exento.

o La cuadra, construcción de planta rectangular, sin pajar, de poca altura y, generalmente, con tejado de una sola vertiente. Su uso es esporádico, guardándose en ella, en caso de necesidad, el ganado adulto y no sólo las crías como en los bellares. De todas maneras, es una construcción poco frecuente en el puerto.

Estos asentamientos de las zonas altas presentan una disposición de tipo nuclear o polinuclear denso y se sitúan en las depresiones próximas a los puntos de agua, ya que las fuentes escasean.

Un ejemplo de situación actual nos la da el mayeu de Fompedrín (Riosa), al que se accede por una senda que parte desde L’Angliru, y se localiza entre los 1.460 y 1.480 m. Consta de 18 edificios, de los que 15 son bellares, 2 cabañas y un rebate, todos construidos exclusivamente en caliza y con el sistema de mampostería en seco. Actualmente está abandonado, hallándose 16 construcciones en ruina total, mientras que sólo 2 bellares se conservan en pie. Esta misma situación se da en el resto de los 19 mayeus localizados en el puerto: Llazarandín, La Covariega, Treslavega la Cuaña, Robles, La Veguillina, Los Cuadrazales, L’Angliru, Valdesiniestra, Campalaovia, El Toyo, Vallongo, Covachos, El Texu, La Xinestal, La Florida, La Bárgana y los Veneros.

Todos los mayeus citados reflejan la intensidad del aprovechamiento ganadero de la Sierra del Aramo en tiempos pasados, habiendo caído en desuso y ruina en las últimas décadas.




Fuente: García Fernández, Flor / Díaz Rodríguez, Sofía / Sagasti Gil, Jesús: Revista Ástura. Nuevos cartafueyos d’Asturies. Nº 6, Año 1987

viernes, marzo 03, 2006

EL RIO CARES Y LA CANAL DE TREA

Ante la inminencia de la ruta que el próximo día 25 de marzo pretendemos hacer por la Garganta Divina, presentamos aquí el relato de dicha ruta hecho por D. Pedro Pidal y D. Jose F. Zabala, allá por el lejano año de 1917. Nada que ver las condiciones en las que ellos hicieron la hoy en día denominada Ruta del Cares, con la que nosotros haremos y con la que hacen miles de turistas todos los años. Las condiciones han cambiado notablemente y ninguno de los malos pasos que relata el Marqués de Villaviciosa se realizan hoy. Dentro de las condiciones de ruta de montaña, con sus peligros de desprendimiento de piedras, la Ruta del Cares es hoy en día un paseo agradable y seguro, ya digo, con los condicionantes naturales.

Que nadie piense por tanto, que se mantienen los peligros que se relatan en este fragmento del libro PICOS DE EUROPA “CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO DE LAS MONTAÑAS ESPAÑOLAS, de PEDRO PIDAL y JOSE F. ZABALA. Publicado por NOEGA, [Gijón 1983] . Reproducción facsímil de la edición CLUB ALPINO ESPAÑOL.-MADRID 1918.


Río Cares y la canal de Trea (1)

Nace el río Cares en el puerto de Pan de Ruedas, y marchando de Sur a Nordeste, al comienzo de su curso, pasa junto a las aldeas de Caldevilla y Soto de Valdeón, y Posada de Valdeón (pueblo ya más importante), y Los Llanos después, hasta llegar junto a Cordiñanes, donde toma la dirección Norte, que conserva hasta Caín. La senda que baja por la derecha del río desde Posada de Valdeón, cruza el Cares por el puente de Cordiñanes, a media hora de Posada, y sigue ya por dicho lado hasta ver a la derecha la ermita de la Virgen de la Corona (cuya fundación data, según la tradición local, de la fecha de la coronación de Pelayo), en que la garganta se estrecha enormemente y hace el efecto, más que de una garganta, de una cueva honda abierta en el techo por una grieta que da paso a la luz.

Toda esta garganta está a su vez llena de innumerables cuevas, espaciosas y dilatadas, arregladas por la mano del hombre, y, según los naturales del país, todo aquel camino está sembrado de enterramientos, como si fuera un inmenso osario.

No ofrece duda alguna que aquello fué en alguna edad pasada habitado por muchedumbre de gentes que en aquel lugar impenetrable buscaron seguro refugio. Y ya merecía la pena de que se hicieran detenidas excavaciones en aquellas cuevas y en aquella aparente cueva honda que constituye el camino de los Caínes.

En un punto pasa el camino por debajo de una de estas piedras, que en su caída quedó suspendida como la clave de un arco, distante del suelo poco más de un metro. Una estacada de tres metros de altura, con su puerta, cierra la hoz y el río un poco más adelante. Allí comienza la tierra de Caín, que puede compararse a un redil. Los ganados andan sueltos por todas partes, sin pastores ni perros que los guarden, porque el río entra más abajo en una estrecha canal de paredes verticales, por donde sólo un pájaro pudiera pasar; a los lados cierran el término peñas inaccesibles, y todo él se halla cerrado y formado de terreno tan fragoso, que los carros son allí muebles inútiles, no menos que las caballerías; así es que hasta la recolección de la hierba se hace sin otros vehículos que las espaldas de los vecinos.

Entre la ermita y Caín se encuentra el llamado Pozo de los Lobos, en el fondo de una cañada transversal, que, en lo más bajo, cierran zarzas y estacadas por ambos lados. La disposición del terreno es tal que, cuando uno de aquellos animales tiene la mala suerte de dejarse ver hacia aquel paraje, se le considera como una presa casi segura. Los vecinos concurren entonces por obligación al toque de las campanas del valle. Unos ganan los altos para que la fiera no pueda dirigirse sino hacia la parte inferior de la cañada, donde otros la esperan resguardados en una especie de pequeños chozos que tienen la entrada mirando al río, y salen con chuzos a hostigarla y empujarla hasta que la obligan a tirarse al pozo. Casiano de Prado refiere que en Caín, en cuarenta y seis años, se habían cogido sesenta y tantos lobos y sólo un oso, porque este último animal anda siempre por los sitios más apartados, por las peñas más altas y por las cavernas, donde hay que ir a cazarlos (Prado).

Pasada la ermita, un rústico puente salva el río, aunque el camino no continúa a la izquierda, y antes de llegar a la desembocadura del torrente del Mueño (cabra montés), que viene a la derecha, otro puentecillo lleva la senda al lado derecho del río.

Esta garganta del Cares, que entre los macizos de Torre de Cerredo y Peña Santa corre de Sur a Norte, primero, de Oeste a Este después, y de Sur a Norte de nuevo, se llama Garganta de los Caínes en su primer tercio. «¡Y hace honor a su nombre!—dice Burguete.—Ya en ella, cuando se alcanza a divisar por estar el caminante encima de la grieta que le da entrada, no hay otro sendero de marcha que el propio cauce del río, cauce socavado por las aguas en la peña. Se pasa, a la par que el río, por un túnel, mejor dicho, un agujero que aquél abrió en la roca. Las enormes paredes de la peña, en uno y otro grupo de los picos, parecen verticales, y como rara vez se ve el final de ellas ni el filete azul del cielo, produce aquella enorme grieta de piedra una sensación de aplastamiento, de anodadamiento y de congoja.»

Un enorme risco, Cueto el Pando, obstruye, al parecer, el paso por la estrechísima garganta. El sendero trepa por él en violentísimo ziszás por escalones de piedra o madera y troncos como los que ofrecen algunas cavernas y minas mal labradas. El paso se efectúa en algunas partes a favor de rollizos hasta de ocho metros de largos, trabados unos con otros y tendidos de peñón a peñón, sin pretiles, suerte de viaductos a que llaman armaduras.

«Otras veces—escribe Prado en su folleto — se camina sobre planchas sustentadas por hierros engastados en las rocas o por otros medios. En los escurrideros, o sea en las peñas rasas e inclinadas, a que llaman llambrias, se forma la senda, orillándola por la parte inferior con madera o cualesquiera palos tendidos a lo largo y sujetos a favor de la raíz de alguna mata, de algún nudo de la roca o de rollos y zoquetes de madera introducidos en agujeros que la roca, naturalmente, ofrece con frecuencia cuando es caliza, como allí sucede, algunos de los cuales pudiera creerse habían sido abiertos a mano. «Dios los hizo, señor», me decía el guía, y yo estaba bien lejos de creer otra cosa

.»Los lobos mismos miran con respeto aquellos pasos y no se aventuran a salvarlos, según ya dije; no es preciso más para venir en conocimiento de lo que puedan ser. El ganado los salva, porque se halla enseñado, porque se le obliga a ello si es preciso. Como las hierbas, por otra parte, cuanto a mayor altura vegetan son más sabrosas, tiene que trepar de continuo por aquellos derrocaderos para buscarlas, adquiriendo así toda la destreza que pudiera necesitar. Sin embargo, con bastante frecuencia se despeñan los pobres animales, sobre todo las vacas. A los hombres les sucede otro tanto, y se cuentan allí las catástrofes más lastimosas. Ocupándose mucho en la caza de rebecos discurren por las peñas con la mayor agilidad y confianza; pero esa confianza es la que los pierde. Por eso siempre se ha dicho que «el mejor nadador es del agua», refrán que por aquellos pueblos se halla sustituido con ese otro, más triste mente expresivo: «los de Caín no mueren, sino se despeñan.»

Salvado ya Cueto el Pando, se baja hasta unos canchales, por cuya arista sigue el camino con el precipicio a derecha e izquierda del río, que a chorros escapa por entre las grietas de las paredes y la peña central para seguir su camino en dos mitades, gruñente y fiero.

Desde allí alcanzáis a adivinar, materialmente colgado en la roca de la izquierda, el pueblo de Caín de Arriba, de donde es fama se mataron tres, de cuatro hombres que eran, por el simple resbalón que dió uno de ellos, en ocasión de conducir un muerto a Caín de Abajo, que aparece en el fondo y donde radica el único cementerio de los dos pueblos.

A las dos horas y media de marcha, desde Posada, se llega a Caín (490 metros), situado en la estribación Este de la Peña Santa, y debajo precisamente del Jou Santu; Caín—dice Sandoval—es todavía el pueblo de veinte vecino que conoció don Casiano de Prado; sin embargo, el verano de 1917 lo vivían, además, accidentalmente, de veinte a treinta obreros de las obras del canal que desde dicho pueblo a Camarmeña construye una compañía bilbaína. A pesar de este exceso de población, no les faltó cama y una cena no muy abundante, porque no pidieron, ni les dieron, lo único que en Caía abunda: la cecina de rebeco.

Un poco molestos por las pulgas—los polvos insecticidas se imponen para pernoctar en los pueblos—, durmieron, no obstante, bien, y al día siguiente, se hicieron acompañar como guía para la Canal de Trea, del vecino Lorenzo Pérez, el mejor conocedor de ella, y recomendable por su buena voluntad, agilidad, valor y por la sinceridad con que anuncia las dificultades del camino.

Esta Canal, que don Casiano de Prado creía sólo transitable por los pájaros, es, en realidad, fuerte, aunque ya no haya, como en los tiempos de aquél, ninguna varga que pasar. Estas vargas existen en la Llambria, que es el atajo que por la margen izquierda del Cares va a Poncebos. La dificultad de este atajo, y a la vez la habilidad y valor, realmente extraordinarios, de Lorenzo, puede inducirse del dato siguiente: la compañía del Salto le paga 20 pesetas por cada carretilla de mano que lleve a Caín, y por abreviar una hora—desde Pon- cebos tarda tres—va por la Llambria, en vez de seguir el sendero, y es el único de todo el contorno que lo hace. En unión de su mujer, transporta cajas de 32 kilos y ganan 12 pesetas y media diarias cada uno; aunque en esta clase de transporte siguen lo que ellos llaman el camino.

Arranca éste, a la salida de Caín, de la orilla derecha del Cares, por encima del molino, y sube hasta ganar el collado de la Tranvia (650 metros), que es un paso muy estrecho, cortado verticalmente sobre el río, y a una altura sobre éste de 190 metros. Se encuentra después una quebradura de la roca, pendiente y lisa, que se salva, por una escalera de madera de haya de 32 escalones; gracias a ella no hay necesidad de emplear la cuerda. Y en compensación de tanta subida, hay una bajada rapidísima para pasar a la margen izquierda, atravesando el puente de Trea, y por una serie de subidas y bajadas muy fuertes, entre los tilos y las hayas, dominando barrancos imponentes y alcanzando a ver sólo pedazos muy pequeños de cielo y agudos picos que lo escalan, se pasa nuevamente a la margen derecha por el puente de los Papos.

Por más abajo de Caía se une a la Canal de Trea la Canal de la Ferrera (Saint-Saud) o Bu-Farrera (Burguete), por la que, desde Caín, en seis horas, se puede llegar a Covadonga bordeando Peña Santa y pasando junto al lago Enol.

La angostura de la Canal es en este punto tan grande, que las piedras que arrancan los barrenos en una de sus paredes y las que al desescombrar se mueven, rebotan en la de enfrente, haciendo, para el viajero, particularmente difícil la salida del puente, de suyo no muy buena, agravada entonces porque en el sitio en que el camino da vuelta a la roca, y a una altura de 50 metros sobre el río, aquél es un montón de piedras movedizas en las que no es fácil hacer pie firme. Hay después de esto una subida violenta, terminada por uno de los pasos más difíciles de la Canal: el Sedu Llinabiu, que es una cornisa estrecha, terminada en una chimenea muy pequeña, pero muy pendiente, cortada verticalmente, a una altura sobre el río de 290 metros. La salida, en cambio es una pradera—el Pando de Culiembro, a 770 metros—, que es el más cómodo y el mejor punto de vista de todo el camino; se divisan: al Sur, y en último término, la Torre de Santa Bermeja; a Poniente, los puertos de Osdón y de Ario; al Norte y al Este, los agudos picos que dominan Camarmeña, Bulnes y los contrafuertes de los colosos del macizo central, Torre del Llambrión y Torre de Cerredo, que advertimos a nuestra espalda en algunos momentos.

Después de este sitio tan agradable hay una bajada en ziszás muy violentos, para pasar por última vez a la margen izquierda, atravesando el puente de Culiembro; a su entrada hay unos 20 metros de un desnivel tan grande y una roca tan resbaladiza, que está todo el paso envaretado, es decir, con unas barandillas de madera que en realidad protegen muy poco. Lo mismo ocurre a la salida: hay que subir una roca por un sendero muy malo, y que nosotros encontramos pésimo, porque la lluvia impedía que las alpargatas agarraran en el piso; pero con calma y la eficacísima ayuda de Lorenzo todas las dificultades se vencieron. Esta salida está también protegida por varas, pero creo que es peligroso confiarse en ellas.

El camino mejora después notablemente a gran altura sobre el río; pero ancho y retirado algunos metros del borde del precipicio, es, a pesar de sus subidas, un verdadero descanso para los que vienen de arriba.

A dos horas de marcha desde el puente de Trea, en donde el río comienza a describir una curva muy amplia hacia el Este, recibe por la derecha al río Bulnes, que baja por una estrecha canal, uniéndose ambos junto al puente del Haya, bajo el pueblo de Camarmeña, que vemos colgado arriba y a nuestra izquierda, en la ladera que por este lado limita al río. Momentos después únese al Cares el río Duje, que baja desde el Puerto de Aliva y las vegas de Sotres por la Canal de la Rumiada, y ya acrecidas sus aguas por estos dos tributarios, amansa su fiereza al ensanchar su cauce, pasando bajo el puente Poncebos, por el que el camino cruza a la derecha del río, uniéndose entonces con el sendero que viene de Sotres y Tielve, siguiendo el curso del Duje.

A pesar de la mezcla de aguas, el Cares sigue siendo el río de una transparencia sorprendente, aun para los que conocen las del Sella y del Dobra. Las piedras y las truchas se ven como a través de una lupa de diafanidad desconocida, y aun sus pozos no tienen la negrura insondable de los del Sella, sino una misteriosa y clara opacidad.

Estas aguas tienen, además, una misión trágica: son las que recogen a los despeñados por las paredes de la Canal. El guía Lorenzo, que tiene cuarenta y tres años, ha conocido, sólo de Caín, que tiene 20 vecinos, 14 despeñados; él mismo perdió en tres meses a su madre y dos tíos, y conserva en la parte alta del frontal una enorme cicatriz, causada por una de sus temeridades en aquellas rocas que tanto quiere, y que ojalá no le sean una vez definitivamente traidoras.

El río entra en Canal Negra, siempre descendiendo, aunque ahora con menos violencia que por la Canal de Trea, y siguiendo la Cañada de Guardales se llega a Arenas de Cabrales, antes de cuyo pintoresco pueblo al río Cares, se unen las aguas del río Casaño.

(1) Datos tomados de la Memoria de Casiano del Prado, del libro Rectificaciones históricas, del general Burguete, y de la conferencia dada por el Dr. Sandoval, en la Residencia de Estudiantes, en noviembre de 1917, además de las observaciones personales de los autores.